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Jesús Herrero Marcos
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01 Egipto. Iconografía

Iconografía

Con respecto a otros asuntos de más profundidad, como son todos los relacionados con las estructuras conceptuales que dan forma y sostienen las cuestiones de carácter ético o moral, que al final son las que conforman el envoltorio general de todas las religiones, hay que apuntar que no se trata de buscar comparaciones entre las distintas religiones, sino más bien de comprobar que, en realidad, todas fundamentan sus doctrinas sobre principios e ideas universales que luego, con el tiempo, se van perfilando y adaptando a una serie de circunstancias entre las que podríamos señalar las geográficas, intrínsecamente relacionadas con las climáticas. De estos dos factores depende en gran medida el desarrollo vital de un pueblo, que siempre tendrá que adaptar su conducta a esas circunstancias para sobrevivir porque, en el fondo, de eso se trata.

Egipto, hablando en términos generales, disfrutó en su momento de unas características especialmente favorables: Tenía el Nilo a su disposición, el cual procuraba, con sus inundaciones, la posibilidad de desarrollar una agricultura rica y abundante a la que suele ir, indisolublemente asociada, la ganadería. Estas particularidades facilitaban la vida del pueblo y en el fondo dibujaban perfectamente los perfiles teológicos y morales de la religión en todos los aspectos, los unos describiendo sus teofanías y su escatología y los segundos dictando e imponiendo un código ético, moral y jurídico para facilitar la convivencia de la sociedad.

 

Las inundaciones del Nilo propiciaron una abundante agricultura a todo lo largo de sus orillas

Las inundaciones del Nilo propiciaron una abundante agricultura a todo lo largo de sus orillas.

 

Y hablando de códigos éticos, en Egipto podemos ver con meridiana claridad algunos. Por ejemplo el que manifiesta el difunto en la sala de Maat, donde se va a pesar su corazón para decidir si puede acceder o no a los campos de Iaru. En el capítulo 125 del Libro de los Muertos el difunto lleva a cabo una confesión negativa en la que declara: «No maté ni cometí iniquidad; no disminuí las ofrendas de los templos ni robé los bienes de ningún dios; no robé ni falseé el peso de las balanzas; no tuve comercio con mujer casada ni forniqué; no fui indolente; no fui sordo a la verdad; no fui depravado ni pederasta; no actué sin conciencia; no me enfurecí contra el dios ni blasfemé contra él; no inspiré temor…», y así podríamos seguir con algunas decenas más de enunciados morales, según las versiones, más o menos amplias, del “Libro de los Muertos”, pero al final no tendríamos más remedio que pensar en los “Diez Mandamientos” o las “Tablas de la Ley” que Yahveh entregó a Moisés en el Sinaí (Éxodo, 20) y que no son sino los primeros pasos de una nueva estructura moral al estilo de la que los hebreos ya habían conocido en el país de los faraones. Si hubiera que señalar alguna diferencia, aparte de la puramente lingüística, sería para aclarar que los egipcios asumían como propios los principios éticos comunes, es decir, los entienden desde dentro, mientras que al pueblo hebreo los principios le venían de fuera, y se le imponen en forma de prohibiciones, si bien es justo señalar que no solo como característica típica del autoritarismo o fundamentalismo de la religión hebrea, sino más bien como necesidad urgente e ineludible a causa de la necesidad extrema de supervivencia por la precaria situación que les provocaba su vida de nómadas y su paso por el desierto que, en este caso del Éxodo, debería de entenderse más como período de prueba y resistencia espiritual que como espacio físico.

 

Escena del pesaje del alma en el capitulo 125 del Libro de los Muertos

Escena del pesaje del alma en el capítulo 125 del Libro de los Muertos.

 

Dentro también del espacio de las estructuras morales sobre las que se asienta la convivencia de un pueblo como el egipcio, no podemos dejar pasar por alto el que es considerado como un auténtico manual y cuya importancia no solo reside en este hecho sino, además, por ser considerado como el primero de la historia, al menos con esas características de extensión y complejidad y, por si fuera poco, por sus valores literarios. Se trata de las “Máximas de Ptahhotep”, personaje que fue visir del faraón Djedkare-Iseri (V dinastía, 2405-2367 a.C. aprox.) que ya en su vejez tuvo a bien escribir para enseñanza de futuras generaciones y la suerte, compartida con el resto de la humanidad, de que se haya conservado (actualmente el papiro “Prisse” que contiene las “Máximas” se guardan en la Bibliotheque Nationale de París).

El texto repasa una serie de aspectos relacionados con el comportamiento de las personas como la humildad y la vanidad; el arte de discutir y debatir; el arte de no perder el tiempo; el arte de escuchar al prójimo; de cómo entender la seducción de las cosas banales; el arte de evitar la avidez; de la solidaridad con la esposa y la familia; de la necesidad de ser imparciales, indulgentes y benevolentes; de la necesidad de combatir o apartarse del mal; del necesario desapego de los bienes materiales y de la necesidad de emplear la palabra con justicia y un largo etc.

Ni más ni menos de lo que podríamos esperar de cualquier sociedad civilizada contemporánea, aunque en la actualidad no todo el mundo ha alcanzado semejante nivel de civilización, o la haya perdido lamentablemente.

El de Ptahhotep es un código ético cuyos enunciados podríamos encontrar prescritos, si bien con otras palabras, en el mismo “Sermón de las Bienaventuranzas” (Mateo 5, 3; Lucas 6, 20), a lo que habría que añadir el antecedente del Eclesiástico (1- 42 ). En el caso del Eclesiástico las similitudes van más allá de lo previsible y tal vez sea, por sus particularidades literarias, heredero directo del egipcio. Desde el prólogo ya se anuncian las mismas intenciones de trasmitir la sabiduría de los antepasados para que las tengan en cuenta los posibles alumnos y sirvan a su progreso en ambos casos. Y luego, en el Eclesiástico, se sigue con una “colección de sentencias” de corte idéntico, amplia y sin resquicios que luego será utilizada en muchos pasajes bíblicos.

No hace falta hacer hincapié en la constatación de coincidencias en el enunciado de principios universales que surgen en paralelo en distintas geografías y culturas, sobre todo si estas se asoman al “mare nostrum” cuyas corrientes, en este caso culturales, bañaron todas las playas.

 

Templo de Amada a orillas del lago Nasser El faraon ante Isis Thot Ptah y Selmet

Templo de Amada a orillas del lago Nasser. El faraón ante Isis, Thot, Ptah y Selmet.

 

Entre las muchas tradiciones al uso, y relacionadas con el mundo de la escatología, se encuentran muchos rituales que surgieron en la cultura egipcia. Como por ejemplo el que se produce justo antes de introducir al difunto en la tumba. El sacerdote sem era el encargado de realizar los rituales de “apertura de la boca”. Para ello el oficiante tocaba con una azuela ceremonial la boca, los ojos y los oídos de la momia para que el difunto pudiera hablar, comer, oír y ver, es decir, se trataba de habilitar el funcionamiento de sus sentidos en la nueva vida del “más allá”. El Libro de los Muertos recoge el hechizo puntualmente y en él se da cuenta de cómo el dios Ptah abre la boca y desata las ligazones y ataduras con que el dios Seth ha sellado los sentidos del personaje al morir. Y también cómo es purificado y lavado para poder llegar limpio a presencia de los dioses. El sacerdote recita:

«Que seas repuesto,

que sean regenerados tu vigor y tu juventud.

Escucha mi voz y renace con el conjuro. Oye mi conjuro.

Sé renovado, que tu cuerpo reviva, que se encajen tus huesos y sean firmes tus miembros».

 

«Que tus músculos sean reforzados,

tu espina dorsal se levante derecha nuevamente,

tus ojos vean por ti,

tus pies caminen para ti,

tus oídos se abran para ti,

tu lengua hable para ti,

tu voz se escuche,

tus labios suenen,

tu corazón vuelva a latir.

Acompaña a Osiris y sé renovado en presencia del dios.»

 

En el salmo 51 (Miserere), de la Biblia se habla exactamente de lo mismo:

«Líbrame de la sangre, Dios de mi salvación

y aclamará mi lengua tu justicia,

abre, Señor, mis labios,

y publicará mi boca tu alabanza…

…Rocíame con el hisopo y seré limpio

Lávame y quedaré más blanco que la nieve»…

Todo lo cual se sigue recitando en nuestros días en la ceremonia del entierro de los difuntos, lo que da una idea de cómo determinadas costumbres rituales han perdurado miles de años.

 

No menos popular y famoso es el himno de Akhenaton (XVIII dinastía, 1353-1336 a.C.), también llamado “faraón hereje” por prescindir de todos los dioses egipcios para adorar tan solo a Atón, el dios sol, y que también tiene influencias directas en el salmo 104 de la Biblia.

Las características descriptivas de Akhenatón con respecto al dios solar son evidentes y van más allá de lo anecdótico. Se describe detalladamente el poder y la fuerza de los rayos de Atón para producir y mantener la vida de todas las criaturas y la desolación que produce su ausencia cuando el sol se pone en el horizonte y se extienden las tinieblas. Pero sobre todo es el concepto de “luz-vida” lo que perdurará en el Cristianismo que, en palabras de Jesucristo, se traducirá en el ya conocido “Yo soy la luz y la vida” o “la luz que ilumina el camino”, que finalmente encontraremos reflejado en todos los ámbitos físicos (arquitectura y orientación de los edificios y motivos iconográficos de elementos arquitectónicos) y los puramente espirituales.

 

Y precisamente sobre la luz y ateniéndonos a las características solares de algunas religiones, es como se construyen los templos en muchas de ellas. En el caso de Egipto el hecho es patente. Como demostración basta recordar el conocido templo de Abu Simbel, actualmente reubicado en las orillas del lago Nasser, al sur de Nubia. Fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1979. Se trata en realidad de dos templos construidos por Ramsés II para conmemorar la batalla de Kadesh y fueron dedicados a sí mismo y a su consorte Nefertari y, de paso, sirvieron para recordar a los nubios el poder omnímodo del faraón.

La orientación con la que se construyó el templo mayor en su emplazamiento original permite al sol penetrar hasta el fondo del santuario para iluminar las estatuas de Ra-Horajtes, Amón y el propio Ramsés, dejando en sombra a Ptah por ser el dios del inframundo, lo cual no deja de ser un alarde de cálculo. El fenómeno se produce en la actualidad los días 22 de octubre y 22 de febrero (un día antes en su lugar original), es decir, sesenta y un días antes y sesenta y uno después del solsticio de invierno. Las fechas están supuestamente relacionadas con la onomástica de Ramsés y su coronación como faraón de Egipto aunque, como es lógico pensar, hay muchas controversias al respecto.

 

El templo de Abu Simbel construido por Ramses II

El templo de Abu Simbel construido por Ramses II.

 

Pero lo importante a considerar en este caso es la utilización simbólica de la luz solar para iluminar y cargar de energía, en una fecha determinada, las imágenes de la divinidad, cosa que también es aplicable en todos los casos a las iglesias románicas, uno de cuyos ejemplos más paradigmáticos lo encontramos en la iglesia de San Juan de Ortega (Burgos) en el equinoccio de primavera, cuando un rayo de sol crepuscular incide, el 21 de marzo, en el capitel de la Anunciación, lo cual sucede justamente nueve meses antes de la Navidad, expresando simbólicamente con ese rayo el momento de la concepción de la Virgen de esta manera tan espectacular y bella.

 

Capitel de la Anunciacion en la iglesia burgalesa de San Juan De Ortega

Capitel de la Anunciación en la iglesia burgalesa de San Juan De Ortega.

Aunque el hecho de la orientación solar de las iglesias no siempre es tan asombroso como en los ejemplos precedentes, sí es necesario apuntar su utilización sistemática en la propia construcción de los templos, siempre orientados en el eje “este-oeste” para recibir en las cabeceras románicas la primera luz del sol, “la luz que ilumina el camino” y rompe las tinieblas nocturnas, símbolo de la oscuridad del pecado. Una constante que mantendrá en la “claridad” los presbiterios (el lugar más sagrado) de todos los templos románicos, y en una penumbra que favorece la oración y la introspección de los fieles ubicados en el resto del edificio, ya que las construcciones románicas siempre disponen sus ventanas en tamaños y orientaciones secundarias en las naves. Justo todo lo contrario que sucederá en el gótico, donde la luz penetra a raudales a través de grandes y elevados ventanales.

 

Politeísmo – Monoteísmo

En Egipto la estructura teofánica se asienta sobre las “tríadas” de dioses compuestas por padre, madre e hijo. Es decir, una unidad familiar que conforma la célula básica de conservación y supervivencia de la especie humana, que es la forma más lógica y entendible de comprender a este respecto el entramado teológico, no solo de la religión egipcia, sino también de la mayor parte de las culturas y religiones a lo largo de la historia. La religión cristiana, de carácter universal, pero en este caso subrayando el acento solar (dioses masculinos propios de las sociedades patriarcales), no admite diosas en el núcleo estructural de la familia. Por lo tanto el planteamiento del famoso “misterio de la Santísima Trinidad”, excluye por definición a la “diosa madre”. El problema de trasformar este clásico núcleo teofánico natural se resuelve con el trío Padre, Hijo y “Espíritu Santo”, quedando la Virgen María como simple madre necesaria para no desnaturalizar completamente la célula “familiar” y para justificar la presencia y condición humana de un “Hijo” que viene a salvar a la humanidad de sus pecados. La presencia de la “Madre de Dios” es, por otro lado, ineludible para que los adeptos, o fieles, puedan aceptar sin contratiempos la anomalía de la falta de “diosa madre” habitual en todas las demás culturas. Se le dota, pues, a la Virgen, de un nuevo estatus que, se mire por donde se mire, no deja de ser una pirueta mística asentada y justificada, como siempre, por la “fe” y por el “misterio” (de la Santísima Trinidad en este caso) y, por lo tanto, como tal misterio, no es necesario entender con la razón o la lógica y, para los responsables eclesiales, tampoco es necesario explicar o darle demasiadas vueltas porque, como ya se dijo, es un misterio. El mago se saca de la chistera una paloma y la convierte en el Espíritu Santo.

 

De izquierda a derecha Neftis Isis Osiris y Horus Los tres ultimos madre padre e hijo respectivamente una de las triadas clasicas de la cultura egipcia

De izquierda a derecha Neftis, Isis, Osiris y Horus, Los tres últimos madre, padre e hijo respectivamente, una de las tríadas clásicas de la cultura egipcia.

 

Pero lo importante de todo esto es que se tiene en cuenta la “estructura familiar” para asentar y consolidar el andamiaje, aunque sea con unas características rebuscadamente distintas y que, básicamente, sirven para marcar diferencias con las otras religiones que, por supuesto, no son las “verdaderas”.

 

Conjunto familiar clasico conservado en el Museo del Louvre

Conjunto familiar clásico conservado en el Museo del Louvre.

 

Dentro del sistema familiar de los dioses egipcios, y desde un punto de vista iconográfico, no podemos pasar por alto la “tríada” de referencia egipcia compuesta por Osiris, Isis y Horus que suelen presidir no solo las paredes de los templos en general sino también, y sobre todo, en el caso de Isis y Horus, la abundantísima estatuaria de la madre con el hijo, este último habitualmente representado sobre la figura sedente de la madre, un patrón iconográfico copiado por el cristianismo en todas las representaciones de la “Virgen con el Niño”, también muy abundantes en los templos cristianos no solo en el románico, sino en todas las épocas del arte. De alguna manera la “Madre de Dios” recobra el protagonismo perdido a causa de las necesidades teológicas impuestas por el matiz “solar” introducido desde el ámbito cultural indoeuropeo y adoptado por el cristianismo. Con ello viene a hacerse justicia a personaje tan singular e imprescindible y, a pesar de todo, soslayado.

 

Iconografia de Isis y Horus que se conserva en el Hermitage de San Petersburgo

Iconografía de Isis y Horus que se conserva en el Hermitage de San Petersburgo.

 

Talla romanica de la Virgen con el Niño conservada en la iglesia de Iguacel Aragón

Talla románica de la Virgen con el Niño conservada en la iglesia de Iguacel (Aragón).

 

También veremos a Horus sobre las rodillas de Isis en muchos templos egipcios recibiendo ofrendas de algunos dioses menores, o reyes o emisarios de otras naciones que vienen a reconocer, y no solo desde un punto de vista diplomático por decirlo eufemísticamente, la grandeza de su divina figura. Y para enfatizarlo de manera especial, algunos de estos personajes son representados con las características físicas de los pueblos más remotos que imaginarse pueda, lo cual se simboliza con distintivos étnicos propios de la raza negra, provenientes normalmente de Nubia, en los confines más alejados del imperio.

Escenas de este corte podremos verlas reflejadas en los relieves de las fachadas de bastantes templos egipcios, siendo tal vez uno de los más significativos el de Edfu, en la orilla occidental del Nilo. No es necesario recordar la iconografía, también extensa en los templos cristianos, de las conocidas representaciones de “la Adoración de los Magos”, que no solo sigue los mismos planteamientos iconográficos que en Egipto, sino también los conceptuales.

 

Pilono de acceso al templo de Isis en Filae

Pilono de acceso al templo de Isis en Filae.

 

Lo mismo sucede con la utilización de los animales en las representaciones físicas de los dioses. De lo que se trata básicamente es de describir las cualidades de la divinidad a través de las características zoomórficas y zoológicas de los animales de las distintas especies faunísticas. En Egipto las representaciones son conformadas con cuerpo humano generalmente y rematadas por la cabeza del animal representativo. Así por ejemplo, Anubis, representado con cabeza de chacal, es animal habitante del desierto y merodeador de las necrópolis y, por lo tanto, genéricamente asociado a la vigilancia y protección del mundo de ultratumba. Relacionado de esta manera con la escatología y con el mundo de Osiris, puede ser considerado como el dios de los difuntos. Es dios titular, además, de los sacerdotes embalsamadores, dios protector de las necrópolis, conductor del difunto a la sala de Maat, o “sala de las dos verdades” donde habrá de ser pesado su corazón en la balanza de la diosa y, finalmente, acompañante y protector del difunto en el difícil y tenebroso mundo de ultratumba.

Horus es, a su vez, representado habitualmente con figura humana y cabeza de halcón. Se trata de un dios de características solares y, por lo tanto, relacionado con Ra. Es el protector del faraón hasta el punto que el propio rey es considerado como un “Horus en la tierra”, uno de cuyos títulos será “Horus de oro”. Una de sus misiones será proteger la barca de Ra en su recorrido nocturno para lo cual suele ser representado arponeando a la serpiente Apofis que simboliza las fuerzas malignas. Esta iconografía tiene muchas similitudes simbólicas con las representaciones románicas del águila atacando a una serpiente y también con la de san Miguel alanceando al dragón, habitual en capiteles de claustros y portadas.

 

La belicosa diosa Sejmet en una representacion en el templo de Wadi el Sebua

La belicosa diosa Sejmet en una representación en el templo de Wadi el Sebua.

 

Sejmet es representada con cuerpo de mujer y cabeza de leona. Asume las funciones de la energía destructiva del sol cuando está encolerizada, por lo que fue considerada como diosa de la guerra. Pero en contrapartida, y ateniéndonos al significado de su nombre (la Poderosa), los médicos la adoptaron como diosa protectora, ya que con sus atributos de fuerza era capaz de doblar la eficacia de los remedios curativos.

En el caso de Apis al cuerpo humano se le añade una cabeza de toro, animal que fue considerado en Egipto como heraldo de los dioses y símbolo de la fecundidad, algo que se incluye también en uno de los títulos habituales del faraón, a quien se considera “Toro poderoso”. Hathor es su homóloga femenina y es representada con cabeza de vaca, animal que fue adoptado como símbolo de la fertilidad materna y, por ende, diosa protectora de las madres y los lactantes.

 

Este mismo proceso asociativo entre animales y dioses para describir las virtudes y particularidades de estos últimos a través de las cualidades de los primeros, fue adoptado por el cristianismo, como podemos observar, por ejemplo, en el “Tetramorfos”, que suele acompañar al Dios en Majestad, o Pantocrátor, en los tímpanos y presbiterios de las iglesias románicas. Toro, león y águila –además del ángel–, tres animales mitificados ya, o deificados, en la cultura egipcia y que son representantes de tres de los Evangelistas. Tres animales que hemos elegido como ejemplo no por casualidad evidentemente.

 

Pantocrator y Tetramorfos en la fachada oeste de la iglesia de Santiago en Carrion de los Condes Palencia

Pantocrator y Tetramorfos en la fachada oeste de la iglesia de Santiago en Carrión de los Condes (Palencia).

 

También otros muchos animales de distintas especies son, en el románico, trasposición simbólica de los vicios y virtudes de los humanos, y los encontraremos inundando literalmente todos los elementos arquitectónicos del templo. Muchos de ellos siguen siendo referencia sicológica descriptiva de estos vicios y virtudes y serán recogidos en la época medieval como tales en los “bestiarios”, a modo de catálogo o compendio, en forma de extraordinarias y sorprendentes miniaturas de gran belleza plástica.

2 comentarios.

  1. Romeo Mersch dice:

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  2. Antonio G. dice:

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