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Jesús Herrero Marcos
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06 Abundio y su perro

 

Abundio es un jubilado tarugo. En realidad nadie sabe su verdadero nombre porque Abundio es más bien calificativo. Es solitario y no se junta con nadie. Pasea a su perro, un chucho escuálido y despeluchado, cuando no hay nadie en el parque y, solo ocasionalmente, se le ve a lo lejos cuando todo el mundo se reúne por las tardes en el parque. Abundio tiene cara de bruto, es regordete y bajito y lleva a su perro siempre atado. A veces se le acerca algún can de la manada vespertina y entonces se le oye gritar con voz autoritaria y poderosa: «¡Aten a ese perro»!, y entonces el dueño del abanto le da la orden de volver en el acto.

Poco a poco la asamblea canina se ha ido enterando, lógicamente a través de los conserjes del barrio, que Abundio es lo que parece. Era peón de albañil, ahora jubilado, y tiene una hija trabajando de dependienta en una farmacia de la zona, lo que le da para sentirse como un emperador, en fin, alguien tan importante como para decir a los demás lo que tienen que hacer.

Pero un buen día Félix, otro de los del grupo canino, observó cómo el chucho de Abundio hacía sus cosas mientras su propietario miraba alrededor vigilante por si alguien le veía haciéndose el despistado con sus obligaciones higiénicas. Félix no pudo reprimirse y le recordó que había que recoger lo que su perro iba dejando tras los setos y Abundio, pillado “in fraganti”, contestó abrupto que eso era abono para el verde, y entonces Félix le remató llamándole cerdo victoriano y otras lindezas que se le fueron ocurriendo.

 

Abundio en el parque

Abundio en el parque.

Félix informó esa misma tarde a la asamblea y desde entonces se le llama Abundio, y cada vez que aparece a lo lejos recordando a alguien que ate a su perro, se le contesta que “cuando él recoja lo del suyo”, y entonces se da la vuelta y desaparece. Después ya no se le volvió a ver más por el parque, aunque alguien se le encontró un buen día observando las labores de abrir las zanjas y agujeros que el Ayuntamiento suele abrir por doquier en la vía pública. Abundio huele las obras de lejos y se presenta en el teatro de operaciones con su chaleco multibolsillos, una cachaba rematada por una nobiliaria pelota amarilla de golf y una viserilla de dudoso gusto. Allí comienza a dar instrucciones a los obreros a diestro y siniestro y hasta los abronca de vez en cuando para demostrar sus enormes conocimientos profesionales y su cualidad de jefe.

Pero tanta osadía tuvo su respuesta un día en que un operario, harto ya de tanta interferencia de semejante individuo, le lanzó distraídamente una palada de barro a sus zapatillas deportivas limpísimas y nuevísimas y le dejó hecho un cristo mientras le conminaba a quitarse de allí porque estaba estorbando, así que Abundio, ante la contundencia de la diatriba, se tuvo que largar con el rabo entre las piernas, y desde entonces solo se acerca a las obras cuando está seguro de que nadie le reconoce. Pero hasta con todo tipo de precauciones se siente inseguro y, poco a poco, se va limitando a contemplar el mundo desde su ventana, donde se siente un poco más a salvo y puede despotricar sin la oposición de nadie y a su gusto contra todo y contra todos.

Hay sólo 1 comentario.

  1. Dee Bazydlo dice:

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