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Jesús Herrero Marcos
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09 Koko

A Koko se lo llevaron a Alicia un miércoles por la mañana. Era una bola peluda de ojos verdes totalmente asustada por el abrupto cambio de escenario. Venía de la Once y tenía mes y medio. Era un pastor alemán de pelo largo.

Alicia empezó a volcarse con Koko y Koko a seguirla a todas partes menos cuando dormía, como es lógico. Como Alicia trabajaba por las tardes Koko se quedaba en casa con Alex, un novio que se había echado y que trabajaba por las mañanas. Así que el problema de la soledad canina quedaba perfectamente resuelto.

A los dos días Koko ya había aprendido a hacer sus cosas en el parque. Era listo como el hambre, aunque la verdad es que comía fatal. Mordisqueaba el pienso más bien para matar el rato, pero se ve que la separación obligada de su madre y sus hermanos le debió causar un cierto estado depresivo que le cerraba el estómago.

Todo se arregló cuando Alicia habló con Simón, el veterinario de la ONCE y este le recetó unas latas de paté canino. A partir de ahí la cosa cambió y todo empezó a normalizarse.

Al cuarto mes Koko empezó a ir a la oficina de Alex, el cual trabajaba en un Ministerio, y allí causó un cierto revuelo por la atípica presencia de un perro en dependencias del Estado. Pero ya se sabe que los futuros “perros Guía” de la ONCE tienen ese privilegio de entrar en todas partes no solo porque se lo permita la legislación vigente, sino porque hay que educarles y socializarles para cumplir sus funciones básicas, que son las de posibilitar a los invidentes el acceso a todas partes con normalidad y sin sobresaltos. Es una cuestión de lógica.

Koko aprendió con sus circunstanciales dueños a caminar y desenvolverse con soltura por todos los espacios públicos, medios de transporte incluidos y a comportarse incluso mejor que algunos humanos.

Poco a poco empezó a hacer un intenso ejercicio que le convirtió en lo que uno de los miembros de la asamblea canina del parque describió como “perrazo”, sensación que producía no solo por su tamaño sino por la abundancia de brillante pelo que aumentaba la apariencia de su volumen natural, a lo que habría que añadir su mirada profunda e inteligente que conquistaba a propios y extraños.

 

Dibujo al pastel de Gwendoline Taylor

Dibujo al pastel de Gwendoline Taylor.

En el parque perseguía moscardones que libaban entre las flores; en el monte iba detrás de los conejos y, cuando se terciaba, de las mariposas; miraba con ojos interrogantes a las amapolas mecidas por el aire y ladeaba la cabeza en un gesto de interpelación como preguntándoles qué tipo de bicho eran o qué peligro representaban. Alex se reía y a veces hasta pensaba en matricular a Koko en Filosofía y Letras.

Para acostumbrarle a los ruidos, sobre todo de los petardos que a veces sueles descontrolar totalmente a los canes, Alex lo llevaba a ver fuegos artificiales cuando había y al Club de Tiro de Madrid en la época de los campeonatos de tiro al plato. Koko se sentaba a diez metros de las escopetas y bostezaba como diciéndole a Alex que aquello era un rollo y el ruido no le intimidaba en absoluto, razón por la cual causaba la admiración de los concursantes que solían contarle a Alex anécdotas sobre las espantadas de sus perros en situaciones semejantes.

A los ocho meses Alicia y Alex llevaron a Koko a la ONCE para hacerle las radiografías que habrían de determinar si padecía “displasia de cadera”, una disfunción que podría apartarle definitivamente de su cometido de “perro Guía”. Pero pasó la prueba sin problemas y continuó su educación con normalidad.

Viajó en el coche de sus mentores por toda España y parte de Francia, donde son más comprensivos con los problemas caninos, aunque aquí se avanza también hacia la normalidad. Recorrió bosques y montañas, calles y museos, se mezcló con la gente en manifestaciones ruidosas, iglesias silenciosas y frescas, sobre todo en verano, escuchó conciertos en el Auditorio Nacional y visitó exposiciones de pintura y escultura, incluso una vez estuvo en el teatro. Solo le faltó echarse novia, pero claro, eso no podía ser, porque al cumplir un año y tres meses regresó de nuevo a la ONCE para recibir el adiestramiento definitivo que le convertiría en perro guía. Y en eso se convirtió. Le tocó en suerte a un invidente de Palma de Mallorca y allí se fue.

Pasado unos años el invidente murió y Koko se pasó tumbado más de una semana en el recibidor de la casa esperando el regreso de su dueño que ya nunca iba a volver. Su mujer, viendo que Koko llevaba ya varios días sin comer y sin apenas beber, llamó a la ONCE desesperada, vinieron a buscarle y se lo llevaron de nuevo a sus instalaciones para romper la cadena de desolación que aprisionaba a Koko.

En poco tiempo se recuperó totalmente y fue puesto al día en su adiestramiento. De nuevo fue asignado a otro invidente, en este caso un joven atlético y optimista que vivía en una localidad en las laderas del Pirineo oscense. Allí adquirió nueva vida y una potencia física descomunal porque estaba todo el día en el monte con su nuevo dueño. Se bañaba en las torrenteras del río, saltaba enormes troncos y paredones de piedra, se subía a todas las rocas para otear el horizonte como un vigía mítico, aunque luego acudía como una oveja a la llamada de su amo.

Pero una noche aciaga sufrió una torsión de estómago. De nada sirvió la intervención del veterinario de un pueblo vecino. Koko murió sufriendo unos dolores terribles, no menos terribles que los que sufrió su amo con su muerte. Llamó llorando a Alicia para contarle lo sucedido y al día siguiente, ya de vuelta al pueblo con el enorme corpachón de Koko inerte en el coche de un amigo, fue recibido por todos los vecinos de la localidad, los cuales le habían cavado una tumba a los pies de un árbol centenario donde Koko solía tumbarse a sestear cuando bajaba de la montaña mientras su amo, sentado a su lado, se refrescaba. Como Koko se había hecho muy popular en el pueblo, el entierro fue multitudinario.

Y allí quedó, a la sombra de ese enorme árbol venerable al que ahora suele acudir la gente a merendar y a contar anécdotas sobre su vida y milagros. Está claro que el hombre es el mejor amigo del perro.

Hay sólo 1 comentario.

  1. Henry Coldivar dice:

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