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12 Regino y Millán, todo por la patria.

En realidad nadie sabe nada sobre el pasado de Regino y todo en torno a él se conoce en el ámbito de las sospechas y conjeturas, algo que el común de las gentes practica con asiduidad e imaginación. Los cuchicheos con pretensiones de veracidad circulan siempre con fluidez inusitada.

Regino anda ya más cerca de los sesenta que de los cincuenta. Es bajito y exhibe unos músculos tremendos en los brazos, que es lo único que enseña con un cierto aire de prepotencia. Se diría que su autoestima reside precisamente ahí, y en sus andares marciales. Camina permanentemente como desfilando en una formación militar, que es de donde procede según los comadreos plebeyos de sus vecinos. Regino tiene una mandíbula cuadrada muy a juego con sus bíceps, ojos negros profundos y siempre vigilantes y en su mirada se aprecia claramente algún tipo de enfermedad mental, normalmente controlada con las pertinentes pastillas que, por los síntomas, anda más cerca de la esquizofrenia que de cualquier otra.

Siempre está dispuesto a ayudar a sus vecinos lo necesiten o no, cosa que él decide siempre con determinación y seguridad. Sus decisiones o intervenciones suelen producirse cuando él considera que es necesaria la exhibición de fuerza, particularmente la suya. Y como vive en un pueblo marinero del norte, estas exhibiciones suenen producirse en el entorno del puerto, donde siempre hay algún barco descargando pescado o algún bote que arrastrar hasta el amarre o alguna lancha que hay que introducir en el agua. Todo ello lo hace siempre por iniciativa propia y desinteresada y, sobre todo, con mucho cuidado porque no le gusta nada mancharse la ropa, que siempre luce impoluta y sin una sola arruga. La ropa de Regino consiste siempre en inmaculados uniformes militares de los tres ejércitos indistintamente. Un día aparece vestido de legionario, otro de almirante o paracaidista o zapador y, las más de las veces, de una mezcla de casacas, guerreras, pantalones y botas un tanto caótica, según se levante ese día.

Nunca le falta un correaje negro y brillante del que suele colgar cartucheras y fundas de pistolas o machetes. En cualquier caso no suele haber peligro porque tanto las fundas como las cartucheras están vacías. Todo lo más suele llevar a la vista los mangos de las armas blancas, pero desprovistos de hoja, o algún destornillador de gran tamaño, lo cual siempre causa cierto respeto o admiración a los forasteros y veraneantes, que es lo que a él le gusta. Tampoco exhibe insignias militares, sobre todo las relacionadas con rangos y escalafones, más que nada por no molestar a cualquier general de tres al cuarto que pudiera cruzarse en su camino.

Lo que sí lleva siempre son un par de medallas colgadas en las camisas o guerreras. Nadie sabe muy bien de qué tipo son, pero a él le sirven para enhebrar conversación contando tremendos actos heroicos y combates cuerpo a cuerpo en la ya olvidada Guerra de África, donde según él apioló a más de cincuenta moros, de una tacada, un día que fue a darse una vuelta al atardecer por los alrededores del acuartelamiento que se encontraba en pleno territorio enemigo. El famoso grito de “A mí la Legión”, que suelen gritar los legionarios para pedir auxilio, solo lo dio Regino para que sus compañeros, pasado ya el peligro, pudieran venir a contemplar la escabechina. De ello sus convecinos han deducido que su pasado es legionario y que todo lo demás es producto de su imaginación, sobre todo si tenemos en cuenta que cuando lo de África él todavía no había nacido.

A Regino le regaló una vecina un perro de aguas que siempre le acompaña a todas partes, incluso a votar cuando hay elecciones. Ante la urna Regino ordena a su perro la posición de firmes mientras deposita su papeleta, la cual siempre lleva escrito el nombre de su general, que es de quien se fía “porque los políticos –dice- sólo van a lo suyo”.

El perro de Regino se llama Millán, como no podía ser menos, pero no tiene nada de marcial a pesar de los denodados esfuerzos de “Regi” por moldear sus andares al estilo de la cabra legionaria. Imposible. Millán no traga y no le da la gana aprender. Tan solo obedece la orden de “firmes” y tampoco es que su postura sea la más adecuada. Simplemente se sienta y espera impasible a que Salustiano termine lo que está haciendo y arranque en alguna dirección más o menos concreta.

 

Regino y Millan

Regino y Millán.

 

Hoy en el puerto Regino ha ayudado voluntariosamente a extraer las redes de un barco que necesitaban reparación urgente. A modo de compensación se ha llevado un kilo de sardinas que seguramente compartirá con Millán después de que la patrona de la pensión donde vive las haya pasado por la sartén.

La patrona, la señora Andrea, una señora gorga y bonachona, está encantada con Regino. Nunca da problemas. Ella solo se limita a hacerle la comida y lavarle la ropa. Pero no se la plancha porque el caballero legionario se la plancha él solito, más que nada para que nadie la toque sin necesidad y para asegurarse de que no hay una sola arruga. En eso es obsesivo.

Hay que decir también que Regino es bastante autosuficiente. En realidad es capaz de prepararse el solo sus comidas y de hacerse la cama con celeridad cuartelaría, como si tuviera que pasar revista, y de otras muchas cosas. En lo que único que se despista si doña Andrea no está, es en tomarse la medicación que le ha prescrito el médico, lo cual le produce algunos problemas de vez en cuando. Los problemas siempre son los mismos: Se le olvida tomar las pastillas un par de días seguidos, a causa de lo cual le sobreviene una crisis, pierde los papeles, se viste de legionario y se cuelga con los brazos del puente que cruza la ría. Entonces suele gritar para llamar la atención y antes de cinco minutos suele aparecer siempre el jeep de la Benemérita, que tiene el cuartelillo al lado, y el teniente le conmina a subirse de nuevo al puente so pena de ponerle una inyección en el culo, y entonces Regino grita, como en los tebeos, eso de “Noooo, eso nooooo”, y se sube a pulso hasta el otro lado de la barandilla del puente. Mientras tanto Millán, que conoce ya el protocolo, permanece en posición de firmes a la espera de que Regino reaparezca. Luego el teniente se lleva a los dos al ambulatorio para administrarle una dosis doble al legionario y fin del problema.

Millán, como se ve, acompaña a Regino a todas partes, incluso a la consulta del médico. Ya están acostumbrados y además no molesta. Incluso el médico, un chico joven y espabilado, suele tener en el cajón de la mesa algunas galletas especiales para perros. Terminado el acto, Regino se levanta, se recoloca sus dos medallas ganadas heroicamente, se cuadra militarmente y sale de la consulta seguido de Millán, desfilando de nuevo camino del puerto por si alguien necesitara de su imprescindible ayuda.

Hay sólo 1 comentario.

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