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Jesús Herrero Marcos
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02 Doña Felisa y don Fernando

Felisa tiene dos perros. Son blanquitos, con el pelo rizado, pequeñitos y cascarrabias. Uno de ellos ladra a todo lo que se mueve. El otro solo gruñe. Está claro que son macho y hembra porque uno se llama Cuco y la otra Cuca, pero no porque se aprecien sus particularidades de género, en ambos casos ocultas por los ampulosos rizos. Además Cuco lleva un lacito azul sujetándole un mechón en la cabeza. El de Cuca es, naturalmente, rosa.

Felisa a veces ladra y a veces gruñe. Es gordita y cursi y suele dejar un denso rastro de olor a colonia cara. A pesar de ello los perros no le ladran, posiblemente a causa de una repentina insuficiencia respiratoria.

El marido de Felisa es delgadito y tímido y se llama Fernando. Siempre hace lo que le manda Felisa sin rechistar y siempre con cara de resignación. Fernando y Felisa no tienen hijos. No se saben los motivos, pero eso es lo de menos porque para ella con los perros ya es suficiente, inútil justificación porque su edad reproductiva ya está olvidada. El caso es que los pobres animalitos son los destinatarios de sus trasferencias emocionales de carácter maternal a falta de otra cosa. Al marido no le trasfiere nada que no sean las órdenes pertinentes para realizar tareas de todo tipo, ya sean domésticas, administrativas o sexuales, porque en la cama es ella la que decide cómo, cuándo y porqué. Así que Fernando se limita solo a cumplir órdenes. Fernando le suele poner una mano por encima del cuello y mientras ella le cuenta las tonterías que le ha contado en el parque la Manoli, que es propietaria de otro perro. Al iniciar el monólogo Felisa le suele coger a Fernando el pene y se lo frota compulsivamente como quien saca brillo al picaporte de una puerta y, claro, aquello no se levanta ni a tiros por lo que Felisa se desespera y le dice de todo, con lo cual el pobre Fernando se acompleja aún más y al final no hay manera de encontrar la “herramienta” por ninguna parte.

Ante la imposibilidad de llevar a buen puerto un coito más o menos decente, Felisa acostumbra a darse media vuelta en la cama y le ordena a Fernando ponerse a dormir rápidamente para reponer fuerzas. En cuanto esto sucede el aparato de Fernando tomaba vida propia y se pone literalmente como un poste telegráfico. Pero no sirve de nada porque el pobre no se atreve a mayores manipulaciones teniendo al lado a Felisa, aunque esta ya ronque como un motor oxidado, no sea que con cualquier movimiento rítmico relacionado con el furtivo alivio se fuera a despertar y fuera peor el remedio que la enfermedad.

Pero Cuco y Cuca, que duermen a los pies de la enorme cama de la pareja, no desaprovechan la ocasión y se lo pasan en grande haciendo lo que sus dueños no pueden. No hay mayores problemas porque Cuca está operada, aunque no así Cuco que, como es joven, anda todo el día tieso.

Para desgracia de Fernando, Felisa le suele poner de ejemplo a Cuco, lo cual no hace más que empeorar las cosas, razón por la cual Fernando ha terminado por cogerle manía, cosa que el chucho percibe claramente y protesta con gruñidos contenidos cada vez que Fernado se enfada y le recuerda a Felisa que «ya va siendo hora de castrarle», a lo que Felisa responde sin inmutarse que «Cuco es demasiado joven para eso y que no piensa hacerlo mientras un haya disfrutado al menos una vez de la paternidad». Fernando contesta siempre lo mismo, que «los placeres de la vida los disfruta Cuco no todos los días, sino a todas horas», a lo que Felisa suele contestar indefectiblemente que «ya podrían tomar nota algunos». Fernando, escaldado y con el rabo entre las piernas, suele huir de la repetitiva polémica para compadecerse a sí mismo y disfrutar un ratito de ese mórbido placer de la purgación a través de la penitencia autoimpuesta.

Pero todo acostumbra a terminar razonablemente bien y al cabo de un rato, normalmente a la hora de bajar a los chuchos al parque, ya está olvidada la pelotera. Felisa, perfectamente empolvada y perfumada, engancha entonces las correas en los collares, recompone los lacitos de Cuco y Cuca, endereza el cuello de la camisa a Fernando y da la orden de marcha.

En el parque Felisa es la encargada de conducir a los perritos como un auriga en el circo romano, con el mentón altivo, más que nada para estirar un poco la papada, y la mirada petulante de quien domina la situación. Fernando camina siempre dos pasos por detrás en plan subalterno, por si su señora tiene a bien ordenar la recogida de las “caquitas”, que es como ella denomina lechuguinamente las evacuaciones de la pareja canina.

Al fondo del parque ya se percibe reunida la manada conjunta de dueños y perros. Los primeros ya de charla animada, con las correas colgando y con las bolsitas de las “caquitas” atadas en un extremo en demostración flagrante de mal gusto porque no solo es una horterada, sino que, además, no se suelen utilizar como lo demuestra el hecho de que muchas está ya casi soldadas a la correa por falta de uso. La excusa es siempre la misma: «abono para la hierba». Del despropósito apenas se salva Fernando a quien Felisa ordena con mirada displicente e imperativa recoger los desperdicios de sus perritos, los cuales tenían la mala costumbre de hacer sus necesidades en momentos y lugares distintos, lo que obligaba a Fernando a agacharse dos veces en vez de una con el consiguiente quebranto lumbar, zona corporal que, a causa de la edad, rondando ya los setenta, no pasaba por sus mejores momentos.

Felisa nunca se agachaba para estos menesteres tan serviles, no solo porque para eso ya estaba su complaciente marido, sino también porque sus grasas compactas, tanto de la barriga como del cerebro, se lo impedían. No hablemos ya de la inhumana mezcla del olor de las deposiciones con su etérea colonia que Felisa no hubiera podido conjugar ni permitir, –«¡válgame el cielo!»–. En tanto que Fernando cumple sus funciones ella suele controlar furtivamente con el rabillo del ojo al grupo de propietarios caninos, ya cercano, para comprobar, más que nada, si están sus amigas.

Como siempre suele suceder, las señoras se encuentran siempre sentadas en un banco protegido por un fresno, despellejando a los maridos o charlando sobre cremas hidratantes o astringentes, y éstos, mientras parlotean, no quitan ojo de las paseantes jóvenes que circulan por los alrededores y comentan las excelencias de sus inalcanzables redondeces.

Entretanto los perros corretean a sus anchas, se persiguen, amagan, quiebran y se ciscan en la hierba del parque, ajenos a las nefastas consecuencias que acaecen si alguien pisa en blando. ¡Qué desgracia!

3 comentarios.

  1. Alicia dice:

    Menuda es Felisa
    Como la vida misma
    Muy graciosa

  2. Luis Heredia dice:

    Me parece que tú tienes las mismas abyectas curiosidades que yo. Cuando veo a Felisa y Fernando paseando con sus perros Cuca y Cuco me pregunto ¿Cómo será esta pareja en su casa? ¿Qué harán? ¿De qué hablarán? ¿Cómo duermen?
    Gracias por descubrírmelo.

  3. Roxy Eldred dice:

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