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Jesús Herrero Marcos
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03 Katmandhu

La capital Nepalí es caótica y tranquila, su desorden es armonioso, es sucia pero bella y su religiosidad tiene mucho de ritualismo, mitología y folclore, probablemente a partes iguales. Katmandú se encuentra en el distrito de Bagmati, uno de los catorce distritos que configuran la nación.

El tráfico es denso y humeante. Cuando hay asfalto está lleno de agujeros y cuando no lo hay los agujeros son simplemente un poco más grandes. Entre los viejos motores de gasolina con mucho plomo y el polvo de las carreteras sin asfaltar, a veces no se puede respirar. Los atascos son normales y mucha gente opta por las motos como medio de transporte. La moto proporciona ruido, humo y la sensación de tener una cierta presencia y un cierto nivel adquisitivo, así que la bicicleta no se usa demasiado.

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Es difícil de imaginar que se pueda hacer uso de la electricidad con semejante ovillo de cables enredados y cruzando en todas direcciones. Es la misma sensación que produce el tráfico, con sus coches decrépitos y humeantes y por lo tanto, el aire que hay que respirar por necesidad, totalmente contaminado, lo cual obliga a los habitantes, sean nativos o viajeros, a taparse las vías respiratorias con unas inútiles e incómodas mascarillas de telas de colores.

Se pueden ver monjes budistas de relucientes túnicas montados en Harley Davidson, con grandes relojes de oro y ligando con jovencitas occidentales es busca de espiritualidad oriental en los bares y tugurios que rodean el la stupa de Bouddhanath; y también se pueden ver monjes budistas pidiendo limosna cerca de los templos, o haciendo el recorrido ritual de la stupa durante horas y horas, sin parar, envueltos en espesas humaredas de incienso y túnicas raídas y agujereadas, cumpliendo con sus teóricas obligaciones ritualistas. Contraste de cierta apariencia escandalosa, pero no de menor importancia que la que podríamos observar en cualquier parte del mundo sin excluir a nadie.

El agua corriente está fuera del alcance de la población en general. Todo el mundo acude a las fuentes tradicionales, por cierto, algunas maravillosas, a por agua. Antes lo hacían con vasijas de barro cocido, luego con recipientes metálicos que todavía se suelen ver y actualmente con grandes bidones de plástico que poco a poco van invadiendo y desplazando a los anteriores. En las fuentes se reúnen normalmente las mujeres, momento que suelen aprovechar no solo para coger agua, sino también para intercambiar información y novedades, como en todas partes del mundo en los que hay fuentes públicas, incluidos nuestros pueblos rurales de hace algunas décadas. Los hombres apenas se limitan a acompañar en ocasiones, y desde lejos, a sus mujeres, por si el peso del agua fuera excesivo.

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Una de las fuentes urbanas de Katmandú junto a la plaza Durbar, donde se pueden ver escenas como ésta a todas horas.

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A pesar de las apariencias este electricista no murió electrocutado, al menos ese día. Lo que no sabremos nunca es si arregló algo o enmarañó todo un poco más. (Foto de Jaume Canela).

Paseando por la ciudad se podría pensar que esa maraña de cables que se ven por todas partes están muertos, pero no es así, dentro llevan electricidad, aunque nadie sepa en qué dirección exactamente. Pero la llevan y de hecho hay luz eléctrica en las casas. El problema es que también hay cortes frecuentes a diario, lo que conlleva serios inconvenientes, por ejemplo en el uso de frigoríficos y aparatos eléctricos, entre otras muchas cosas.

Uno no se puede imaginar cómo es posible que un país que dispone de nieve y agua en abundancia todo el año, no haya sido capaz de construir centrales eléctricas suficientes para suministrar sin problemas a la población. No obstante los hoteles, sobre todo los buenos, suelen disponer de generadores gigantescos para evitar molestias a los clientes.

En cuanto al asunto de las tiendas y suministros en materia de ropa y alimentación hay algunos supermercados más o menos surtidos, pero donde verdaderamente hay color y ambiente es en los puestos callejeros que abundan por todas partes. Nepal es un país fértil y con capacidad de producción, aunque esta no esté organizada y programada desde arriba, sino más bien desde abajo y ajustada a las necesidades, gustos y tradiciones ancestrales de la población. Por lo tanto ello influye en la configuración de las estructuras sociales, arquitectónicas, urbanas y rurales del territorio nepalí.

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La gente pone a la venta el producto de sus pequeños cultivos sobre lonas o papeles directamente sobre el suelo. Se pueden ver vegetales variados, pero sobre todo grandes y de calidad, lo cual es lógico si tenemos en cuenta que una gran parte de la población es vegetariana y, a pesar de su tortuosa y casi vertical orografía, la tierra es muy fértil.

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El color predomina en sus telas. No hay espacio para los matices, las sutilezas cromáticas o los medios tonos. Los tejidos, la forma de sus vestidos y el fuerte cromatismo de sus tintes definen muy bien a una población alegre, sin dobleces y acogedora que extiende su visión del mundo que le rodea incluso a sus creencias religiosas.

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En el extremo norte de la plaza Durbar se encuentra el templo de Mahendreswor construido en 1562 por Mahendra Malla y dedicado a Shiva.

Se trata de un mundo contradictorio donde lo malo convive con lo bueno con camaradería y sin conflicto aparente. Al margen de la consideración de la tradicional hospitalidad de la gente nepalí, el turista es objeto de caza y todo el mundo trata de venderle algo. Hasta tal extremo llegaron las cosas que incluso la propia policía tiene acotadas zonas donde está prohibida la venta de recuerdos. Como la vigilancia no es muy rigurosa los nativos se hacen los distraídos y venden sus mercancías impunemente al otro lado de la raya. El turismo es uno de los potenciales de riqueza del país.

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En la plaza Durbar se encuentra un gran mercado de recuerdos donde los turistas compran todo tipo de objetos variadísimos, normalmente relacionados con sus animales, sus dioses y sus creencias. Muchos de esos objetos se publicitan como amuletos protectores para mayor aliciente de los turistas, cosa que muchos de estos viajeros parecen apreciar y admirar con los ojos muy abiertos y se olvida de regatear…

Pero el verdadero asombro del turista, que es para lo que ha venido a Nepal, es contemplar su arquitectura tradicional, Patrimonio de la Humanidad, con sus etéreos e imposibles volúmenes y cuajada de una densa y minuciosa decoración, de carácter normalmente simbólico, relacionada con sus mitológicas teofanías. No es posible entender tan delicadas y espesas filigranas, talladas casi siempre en madera o piedra, si no se tiene en cuenta que se hicieron sin relojes, es decir, sin plazo de entrega, sin prisa y, desde luego, sin eso que hoy solemos llamar estrés.

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A la entrada de la plaza se encuentra el espectacular palacio de Basantapur. Fue construido por el rey Prithvi Narayan en 1770.

Al casco antiguo se accede por una calle en cuya entrada se alza el impresionante palacio de Basantapur o Nau-talle Durbar, donde se levanta una espectacular torre de nueve pisos y desde donde se puede tener una amplia vista del complejo monumental. Después del terremoto la escalera que conduce a la parte alta fue seriamente dañada.

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También se encuentra allí el palacio de la Kumari, la diosa viviente, la cual es elegida entre las niñas nepalíes después de una compleja y profusa cantidad de pruebas físicas y espirituales a cual más incomprensible para la mentalidad occidental. La pobre niña escogida es encerrada en este palacio y solo sale una vez al año en procesión. Cuando hay turistas, que siempre hay, se asoma por una ventana que da un patio interior para ser contemplada con admiración por la clientela viajera. No se pueden hacer fotos y para evitarlo hay un vigilante que se asoma también por el ventanuco para inspeccionar con mirada asesina la presencia de cámaras. Entonces aparece la Kumari y mira al infinito con mirada lánguida y aburrida y todos contentos menos ella. Será destituida como diosa en cuanto tenga el primer derramamiento de sangre, ya sea menstrual o accidental, y entonces podrá incorporarse, por fin, a la vida normal. Si es que lo que le espera puede considerarse como tal.

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Frente al palacio de la Kumari se alzan los templos de Mohan, en primer término, donde un nepalí exhibe ostentosamente en ampulosa y cursi postura la bandera del país. Detrás está el templo de Maju Deva, que en la década de los sesenta se puso de moda entre los hippies de todo el mundo, los cuales se tumbaban en las escaleras y se ponían de yerba hasta las orejas. Todavía quedan por allí un par de ellos, ya viejos y decadentes, pero conservando las mismas pintas de antaño. Al fondo están los templos de Kandev y Narayan.

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Frente a estos templos se encuentra el de Hannuman, el dios mono, donde se abre la puerta dorada que da paso al palacio, en uno de cuyos patios se puede ver el trono de la coronación de los reyes.

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Templo Jagannath.

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Frente a la puerta de oro se levanta el templo de Jagannath, el más antiguo de la plaza Durbar, construido el año 1563 durante el reinado de Mahendra Malla. Exhibe unas magníficas tallas eróticas de dioses, esculpidas en madera y policromadas, en los tirantes de sujeción de los tejados.

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Y detrás un pequeño templo, donde suelen sentarse algunas mujeres para cantar canciones folclóricas profanas y religiosas acerca de sus dioses a cambio, naturalmente, de una propina.

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Un poco más allá, bordeando la plaza, el templo de Maleju, en restauración en el año 2015. Un precario andamiaje de bambú asciende por uno de los laterales de las cubiertas. Solo verlo causa una severa sensación de vértigo. En la calle transita la gente impávida, con normalidad.

La stupa de Bouddhanath en Katmandhu

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La stupa es un templo funerario de peregrinación. Está formada básicamente por un cuerpo semiesférico (anda), que simboliza la esfera celeste y se asienta sobre varias plataformas rectangulares (mhedi) que representan la tierra. Alrededor hay un deambulatorio por el que los fieles realizan las circunvalaciones rituales. Sobre la esfera se levanta la “harmica” que es donde reside la esencia divina y en Nepal tiene trece niveles que simbolizan los estadios de pureza que preceden a la “iluminación”. Allí se suelen representar los ojos de Buda. Por encima se encuentra un mástil en representación del eje del universo.

La stupa budista de Bouddhanat es la más grande Nepal y una de las más grandes del mundo. También fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO el año 1979.

Se encuentra al este de la ciudad y es lugar de peregrinación, sobre todo para los tibetanos que huyeron después de la ocupación china de sus territorios en la década de los años 50. En su interior se conservan los restos del sabio hindú Kashiapa, que era hijo de Márichi, uno de los diez hijos espirituales del dios creador Brahmá.

La planta de la stupa reproduce el “mandala”, término de origen sanscrito, que es la representación simbólica y ritual del cosmos en sus vertientes celeste y terrestre. Tanto en el budismo como en el hinduismo es utilizado para meditar.

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Los fieles transitan alrededor de la stupa constantemente, día y noche, por una senda ritual que deja siempre el edificio a la derecha. Se trata básicamente de recordar a los adeptos que todo y todos participan del movimiento circular del cosmos. Gracias a eso se puede recuperar la armonía personal, ahuyentar la angustia de un ego disgregado y purificar el karma. Todo ello, naturalmente, para los budistas.

Dentro del edificio y sobre sus plataformas bajo la gran esfera celeste, también hay deambulatorios para los devotos y en ellos se pueden ver gran cantidad de grupos de toda clase de etnias salmodiando sus cánticos rituales y sus oraciones, normalmente acompañadas por flautas y tambores que impregnan el aire de una exótica espiritualidad. Todo ello excita anímicamente la sensibilidad del turista que, casi sin quererlo, se suma a ese estado místico del que carece la sociedad occidental y que, de una u otra forma, se echa de menos.

Al entrar en el edificio se pueden ver largas hileras de cilindros o molinillos de oraciones con mantras impresos en su superficie. La gente pasa haciéndolos girar con las manos, porque la cuestión es que estén siempre en movimiento para hacer efectivo el rezo, y lo mismo sucede con las banderas de oraciones que el viento agita constantemente.

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Además de las largas hileras de molinillos de oración que bordean la stupa, en la entrada se encuentra también este enorme cilindro lleno de mantras alrededor del cual caminan con piadoso recogimiento los fieles, los cuales hacen girar esforzadamente el mecanismo que se encarga de que los mantras sean efectivos, o sea, de rezar por ellos.

El humo, también a la entrada, es imprescindible. El humo es uno de los alimentos de los dioses en casi todas las culturas. Gracias al humo que asciende hacia la morada celestial los dioses saben que los fieles les adoran, lo cual les mantiene vivos. En la stupa las humaredas místicas son densas y consistentes, pero eso suele atascar las vías respiratorias del turista agnóstico.

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Un sacerdote turiferario, armado con un incensario fabricado con una vieja lata de conservas, se dispone a ahumar cumplidamente a los adeptos que osan adentrarse en el interior de la stupa. También el humo sirve para aventar los malos olores en todas las religiones. Aquí el olor del propio humo es lo más pestilente y dañino, a pesar de los bonitos efectos plásticos que produce a contraluz.

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Las banderas de oraciones se elevan hasta el mástil que simboliza el eje cósmico. Las banderas suelen ser de cinco colores y tienen propiedades protectoras. Las blancas sirven para solventar problemas y todo tipo de obstáculos, las amarillas para obtener longevidad, las rojas proporcionan energía y las azules y verdes para que no falte el trabajo y mantenerse activos. El viento se encarga de conseguirlo todo agitando y activando así los mantras. La esperanza es lo último que se pierde.

Pero no se puede ir uno de allí sin antes visitar a Saúl, que es un español que regenta un restaurante situado junto a la gran stupa. Cuando el turista tiene las tripas destrozadas por los tenaces picantes de la comida nepalí, lo mejor que puede hacer es pasarse por allí y comer algo español, como por ejemplo una tortilla de patata, una ensalada decente, una magnífica paella o un buen filete con patatas, o lo que le dé Saúl, es lo mismo. Todo está bien y le reconcilia a uno con la vida, porque la tortilla, por ejemplo, tiene las mismas propiedades místicas que la propia stupa. Hay que comer de todo, decía mi abuela, pero ella no sabía que de la cultura gastronómica de ciertos países no se puede abusar si no estás acostumbrado a ella. Tampoco sabía, ¡qué pena!, que sus guisos eran los mejores del mundo, igual que los de Saúl.

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El edificio de los toldos naranjas que se ve desde una de las plataformas de la stupa es “La Casita”, un restaurante español dirigido por Saúl donde se come en español y, sin ánimo de publicidad encubierta, muy bien. Allí van a parar muchos alpinistas españoles antes y después de sus escalofriantes hazañas montañeras para atemperar su estado emocional con unos buenos chuletones, o un chocolate con churros y contarse sus aventuras.

 

 

Hay sólo 1 comentario.

  1. Giuseppe Escalero dice:

    I am forever thought about this, thankyou for posting.

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