ROMÁNICO
VIAJES
Vista general de los restos arqueológicos del palacio del rey Minos en Cnosos (Creta), origen físico del concepto de «laberinto».
El origen evidente del laberinto es el palacio del rey Minos en Cnosos (Creta). Minos, como compensación por la muerte accidental y poco clara de su hijo Androgeo –no está nada claro el árbol genealógico–, exigió a los atenienses, culpables de la muerte, un tributo periódico de siete jóvenes y siete doncellas que serían devorados por el Minotauro que habitaba el laberinto del palacio cretense. Cuando se produjo la tercera entrega, Teseo se ofreció como integrante del grupo de efebos con la intención de matar al monstruo y acabar así con el humillante tributo. Ariadna, hija de Minos se enamoró de Teseo nada más verle y, con el fin de salvar su vida y casarse luego con él, le dio un carrete de hilo que habría de ayudarle a no perderse en el laberinto del palacio de su padre y encontrar la salida. Teseo mató al Minotauro, salió del laberinto y regresó a Atenas después de casarse con Ariadna.
El famoso fresco de los «Taurokazapsíes» o juegos taurinos llevados a cabo por jóvenes de ambos sexos. Fue encontrado en una de las habitaciones del ala este del palacio y su presencia muestra la relación cotidiana con el toro como divinidad en la cultura cretense, algo confirmado por gran multitud de representaciones en todo tipo de soportes, como se puede confirmar en el Museo Arqueológico de Heraclion.
En la idea del laberinto concurre la dificultad de encontrar el camino hacia el centro y luego el de la salida, todo ello como alegoría de la búsqueda de la iluminación, de la búsqueda de uno mismo o de cualquier otra cosa como la iniciación en los misterios de lo impenetrable, sobre todo si es espiritual. El laberinto es el cruce de múltiples caminos equívocos que entorpecen el discurso hacia la verdad.
Ello da lugar a un simbolismo muy sugerente que lleva a establecer comparaciones con las dificultades en el trascurso de vida misma, sobre todo en su vertiente psicológica, llena de complicados enredos diseñados para retrasar o impedir el acceso del viajero a la meta prefijada.
Laberinto ritual en la nave central de la catedral de Nuestra Señora de Amiens (Francia).
Por otro lado, es fácil encontrar diseños de laberintos en bastantes iglesias y catedrales (Chartres, Amiens, Reims, por ejemplo) significando la presencia de gremios y cofradías que sustituían en muchos casos la peregrinación a Tierra Santa por la representación del laberinto que era recorrido mentalmente por el creyente. En el centro de estos laberintos pueden encontrarse a veces representaciones esquemáticas del templo de Jerusalén o diversos grafismos alusivos. Algunos de estos laberintos, con más de doscientos metros de camino, eran recorridos de rodillas por los fieles creyentes.
Otros laberintos, diseñados en jardines, tienen fines más lúdicos. En cualquier caso, el concepto o idea que subyace en el laberinto es utilizado en muchas culturas.
Miniatura con la representación de una lechuza en el Bestiario de Oxford.
A pesar de todas las apariencias de carácter negativo por ser ave nocturna, -no puede soportar la luz del sol y, por lo tanto, está relacionada con la oscuridad-, la lechuza tuvo connotaciones muy positivas a lo largo de la historia. Puede confundirse fácilmente con el buho, de simbolismo totalmente maléfico, pero se distingue de éste por no tener copetes plumíferos sobre la cabeza y ser algo menor de tamaño.
Egipto puede ser una de las excepciones ya que su ideograma, dentro del alfabeto jeroglífico, representaba la muerte, el reino de la noche y la pasividad. Pero en Grecia, donde abundaba en cantidad, apreciaban grandemente a esta rapaz nocturna y la asociaron a Atenea, simbolizando con ella el conocimiento racional. Su plumaje blanquecino, asociado a la suave luz de la luna, tal vez la rehabilitó, y por eso fue también representante del don de la clarividencia entre los griegos. Su icono se reprodujo incluso hasta en monedas, llamadas “glaus” en su honor. En Roma, cuando una persona quería tachar de excesivamente magnánimo a alguien, decía de él que “enviaba lechuzas a Grecia”. De ahí a significar “prosperidad” no hubo ni un paso. Minerva en Roma, también asociada a la lechuza griega, tuvo la misma significación.
Para los griegos, además, fue símbolo de la sabiduría y de la ciencia, pues sus ojos ven perfectamente en la oscuridad de la noche, lo que era imposible para el resto de los seres vivientes. Se decía que …el ojo de la lechuza relumbra en las tinieblas como el sabio en medio de la multitud…
Lechuza en un canecillo de la fachada oeste de la iglesia de San Martín de Tours en Frómista (Palencia).
En la Edad Media se mantuvo en parte toda esta simbología, siendo fácil verla en las fachadas de muchos monasterios de toda Europa, asociada más específicamente a la meditación, pues el ave permanece en el tronco hueco de su árbol siempre, como el monje lo hace en su celda, en la que medita y se recoge con el fin de ver mejor en la oscuridad del mundo.
No obstante los bestiarios medievales, quizás confundiendo de nuevo a la lechuza con el buho, no vieron las cosas tan claras y hubo división de opiniones. Mientras algunos de ellos la asociaban con Cristo, particularmente los bestiarios griegos, otros lo negaban, incluso haciendo notar el error: …¿cómo se puede comparar la lechuza a Cristo, siendo como es ave nocturna y siendo impura en la Ley?…
Tal es la confusión que algunos bestiarios la asocian directamente con los judíos, siendo la tradición que éstos eran representados por el buho, con todos los signos negativos históricos que ello conlleva, incluso su iconografía es incorrecta, pues al “noctuader” le representan completamente negro y a la lechuza, asociándola al anterior, con plumaje claro. Se dice de ella: …Noctua es el nombre de esta ave que es la lechuza, la cual vuela de noche porque durante el día no puede ver, ya que el sol la deslumbra. No se debe confundir la lechuza con el buho pues éste es mucho mayor. Representa a los judíos que persiguieron a Cristo que había venido a salvarles del pecado. Con sus palabras “No tenemos otro rey que el César” eligieron la oscuridad a la luz. Pero en boca del profeta Cristo les contesta: No será este mi pueblo y le apartaré de mí. Los hijos del pueblo judío no serán conocidos por mí.
Lechuza en uno de los capiteles de la iglesia de Santiago en Allariz (Ourense).
Tal vez la lechuza del alero del hastial de poniente de Frómista, significativamente ubicada en este lugar, pues es la fachada por donde se pone el sol, esté más relacionada con los aspectos negativos del ave, ya que además está rodeada por demonios y otros animales relacionados con ellos.
Capitel toral de la iglesia parroquial de la villa de Arenillas de San Pelayo, en Palencia.
Es corriente que el rey de los animales esté ampliamente estudiado en las primeras páginas de los bestiarios medievales, pues además de acaparar casi todos los adjetivos conocidos -para bien o para mal- por añadidura su iconografía es la más extensa del románico; y eso por no hablar de la gran cantidad de citas literarias, a lo largo de todos los tiempos, referidas a él. En nuestro caso nos limitaremos al estricto orden alfabético establecido, lo que no significa quitarle importancia.
Efectivamente, desde el principio de su existencia -a efectos simbólicos y artísticos-, fue el representante de la soberanía y el poder de los reyes y de los dioses en la mayor parte de las culturas, las cuales buscaron y encontraron en el león las características y cualidades físicas para adjetivar y definir los atributos de sus dioses, hecho al que no fue ajeno el cristianismo, como veremos.
Casi siempre el león aparece asociado al sol, es decir, es un animal solar, debido tal vez a que el signo del zodíaco al que representa se corresponde con los días más largos y de más calor del año, o sea, del 21 de julio al 20 de agosto, por lo cual es fácil verle asociado en el románico con rosetas solares dispuestas, a veces, en cenefas cerca o alrededor de su icono, como en el paradigmático caso de la iglesia de Berceruelo, en Valladolid, o en la parroquial de Valdeolmillos, en Palencia.
En Egipto, donde también son considerados animales solares, suelen situarse contrapuestos para vigilar, de esa manera, el recorrido del sol desde el orto, en oriente, hasta el ocaso, en occidente. Por otro lado, la vieja creencia de que este animal dormía con los ojos abiertos, hizo de él símbolo de la vigilancia permanente que persistió a lo largo de los siglos. También fueron considerados símbolos de regeneración, pues de su boca salía, o renacía, el sol al amanecer, razón que llevó a su icono a estar presente en los ritos funerarios de muchas religiones, sobre todo las de tipo solar -incluida la cristiana-, por lo que es bastante frecuente verle situado flanqueando sarcófagos y cenotafios en nuestras iglesias.
La diosa Sekhet en su capilla del complejo de Karnak en Tebas (Egipto).
Sin salir de Egipto, es necesario recordar la figura de la diosa Sekhet, con cabeza de leona, “la poderosa”, diosa de la guerra y de la fuerza arrasadora del sol.
En los países orientales fue usado como protección contra las influencias malignas en general, siendo, como era, considerado la imagen y emblema de los dioses.
En el Tibet las diosas Ka-gro-Mha, que tenían cabezas de leonas, danzaban desnudas sobre los cadáveres de los vencidos ya que también, como en Egipto, estaban relacionadas con la guerra y la destrucción.
En Persia, Mitra, el Sol Invictus, era representado con cabeza de león. Desde allí, a través del mundo romano, recalaron los restos del mitraismo en la península, como lo demuestran algunos hallazgos epigráficos y variada iconografía que terminó adaptándose en nuestro románico.
En Asiria, el dios del valor guerrero se representaba con un leocentauro, es decir, con cabeza humana y cuerpo de león.
En Grecia, cuatro leones tiraban del carro de Cibeles, diosa de los pueblos prehelenos de Asia Menor, desde donde pasó a la Hélade. Al principio se la llamaba simplemente la Gran Madre, para identificarla más tarde como Rea, hija de Urano (el cielo), esposa de Cronos y madre de Zeus. Representaba la energía que da la vida a la tierra, por lo que fue también diosa de la agricultura. Su carro, de forma cúbica para representar a la tierra, recorre el espacio arrastrado por los mencionados leones que simbolizan las energías dominadas por el amor maternal de la Tierra.
En Roma, el león fue adoptado como insignia militar por varias legiones, entre ellas la VII Gemina, establecida en la zona que hoy ocupa la ciudad de León -uno de los lugares desde donde se introdujo el culto a Mitra-, representado por este animal, por lo que no es de extrañar que no solo fuera usado como estandarte de guerra, sino también como amuleto protector.
Como vemos, se van decantando en las sucesivas culturas las dos caras del león, la buena y la mala, y la Biblia, como no podía ser menos, también recoge con amplitud estas particularidades ya desde el Génesis (49, 9) donde se señala «…Cachorro de león es Judá; de la presa hijo mío, has vuelto; se recuesta, se echa cual león o leona ¿quién le hará levantarse?…»
Sansón desquijarando al león representado en uno de los capiteles del lado derecho de la portada de la iglesia parroquial de Moarves de Ojeda (Palencia).
En el Libro de los Jueces (14, 5-9) se narra la conocida historia de Sansón y el episodio que tuvo con el león: «…Sansón, bajó a Tinna y al llegar a las viñas, vio un leoncillo que venía rugiendo hacia él. El espíritu de Yahveh le invadió y sin tener nada en las manos despedazó al león como se despedaza a un cabrito… Volvió más adelante a pasar Sansón por el lugar y se acercó a ver el cadáver del león y halló que un enjambre de abejas se había adueñado del cadáver y había producido miel. La recogió en su mano y según caminaba la iba comiendo…» Los comentaristas de las Escrituras consideraron este episodio como una alegoría de la muerte de Cristo (el león) a manos de la humanidad, que después encontró el alimento de la salvación (la miel) en este sacrificio.
En el Libro de los Reyes (10, 19-20) se nos da una idea de la gran consideración en que se tenía al león, no solo como ornamentación, sino también como animal guardián: «…El trono de Salomón tenía seis gradas y respaldo redondo en su parte posterior, con brazos a uno y otro lado del asiento; dos leones de pie junto a los brazos, más doce leones de pie junto a las seis gradas, a uno y otro lado. No se hizo nada semejante en ningún reino…»
Dos hileras de leones guardianes superpuestos en uno de los capiteles interiores de la iglesia de San Martín de Tours en Frómista (Palencia).
En cambio las referencias de los Salmos son negativas, calificando al animal de dañino y aliado de las fuerzas del mal. En el salmo 22, 14, que habla del sufrimiento y la esperanza del justo, se dice «…ávidos abren sus fauces contra mí leones que desgarran y rugen…», y en el salmo 91, 13, donde se da cuenta de la protección divina concedida al justo: «…te llevarán ellos en sus manos para que tu pie no tropiece en la piedra, pisarás sobre el león y la víbora, hollarás al leoncillo y al dragón…»
En Ezequiel (1, 4-15), antecedente de las visiones apocalípticas, se describe el carro de Yahveh y se hace una referencia a los cuatro seres que viajaban en la nube de fuego, uno de ellos con cara de león.
Daniel en el foso de los leones en un capitel interior de la iglesia parroquial de la localidad de Villanueva de la Torre, en Palencia.
No podemos olvidar el caso de Daniel en el foso de los leones, narrado en el libro correspondiente (6, 17-24), el cual dio lugar a una cuantiosa iconografía en el románico. Daniel fue condenado por Darío el Medo, a causa de haber elevado plegarias a Yahveh, a ser arrojado a un foso con leones hambrientos. Pero éstos le respetaron por mandato de Dios, que había escuchado los ruegos del profeta. En nuestro románico esta escena simboliza la ayuda -sin la cual nada es posible- que Dios envía a quien se la pide con oraciones. El patrón iconográfico tiene claros antecedentes en Asiria y Caldea, lo mismo que en el Gilgamés babilónico, especialmente cuando sus manos alzadas en actitud orante apuntan al sol y a la luna. Los griegos llamaban a esta composición “potne oeron”, conjunto formado por un hombre entre dos animales, generalmente leones, para simbolizar la unión entre el hombre y la naturaleza, y el equilibrio imprescindible para que esta unión fuera duradera.
En las visiones proféticas del Apocalipsis (5, 5), en el epígrafe de los preliminares del gran día de Dios, se asocia de nuevo al león con Jesucristo. El autor del libro llora «…porque nadie se encontró digno de abrirlo ni leerlo…». Pero uno de los ancianos le dice: «…No llores, mira, ha triunfado el león de la tribu de Judá, el retoño de David; él podrá abrir el libro y los siete sellos…»
Arranque de la arquivolta de la portada oeste en la Colegiata de Santa María, en el caserío de Piasca (Cantabria).
En la Edad Media, este poderoso animal, habida cuenta de sus antecedentes, se hizo acreedor a representar también a la justicia o a Cristo-Juez. En realidad fue mucho antes cuando se le empieza a considerar como justiciero, concretamente desde los tiempos de Salomón, aunque es necesario añadir que, en este caso, no porque al león se le considerase justo por sí mismo, sino más bien porque Dios lo era y, por lo tanto, el animal que representaba a la realeza y a la divinidad también. Luego, a lo largo de la historia, continuó esta tradición que, aún en nuestros días, podríamos ejemplificar en la imagen de los majestuosos leones de la entrada del Congreso de los Diputados en Madrid, aunque pasando antes por una cuantiosa iconografía utilizada tanto en edificios emblemáticos, como en escudos nobiliarios o de armas, pomos, llamadores de puertas y aldabas además de un largo etcétera.
Crismón flanqueado por sendos leones en el tímpano de la portada de la catedral de la localidad aragonesa de Jaca.
No obstante el simbolismo más importante que asume el león es el de la doble naturaleza de Cristo: la divina y la humana, y ello debido a las características físicas que el mundo medieval apreció en su imponente figura. La parte superior y delantera, poderosa, como corresponde a la naturaleza divina y la parte posterior, más débil y común a la mayoría de los cuadrúpedos, equiparable, desde el punto de vista simbólico, a la humana. Todo lo cual le llevó a figurar en el Tetramorfos como emblema del evangelista san Marcos.
A pesar de lo dicho, y de la misma manera que el sol o el agua son fuente de vida pero también de destrucción, el león, como ya vimos, tiene su lado negativo y todas sus virtudes como justiciero y representante de la divinidad, se vuelven contra él para simbolizar directamente al diablo y al anticristo, es decir, la máxima representación del mal, cuando se descontrola su fuerza y vuelca su poder en el apetito irascible desmedido. Lo decía san Pedro en su primera epístola: «…Sed sobrios hermanos y velad, pues el demonio, enemigo vuestro, como un león rugiente trata de devoraros…». Así que no es difícil ver escenas en la iconografía medieval, de leones atacando a otros animales, particularmente ciervos y corderos, además de arpías, centauros y dragones. En el breviario romano -oficio de difuntos- se eleva una plegaria por las almas: «…Líbralas Señor de las fauces del león y que no se las trague el Tártaro infernal…»
El joven David vence al león-demonio en el libro de Samuel (17, 34 y ss.). Le recuerda David a Saúl la defensa que hizo de los rebaños de su padre matando al león que diezmaba las ovejas para hacerse valer como guerrero, aunque reconoce la intervención de Yahveh en su victoria: «…Yahveh me ha librado de las garras del león y del oso y me librará también de las manos del Filisteo… Así nuestro David venció a Satanás» … como dice el abad Bégon (siglo XI) en el relicario de la abadía de Conques-en-Rouerque.
En otras ocasiones también simboliza a la herejía, como en el caso del león montado por un personaje que le sujeta la boca y que no debemos confundir con Sansón, pues dicho personaje no es otro que Joscelin de Parthenay (siglo XI), arzobispo de Burdeos, el cual mantuvo una acalorada disputa contra el hereje Berenguer, quien no admitía la presencia de Jesucristo en la Eucaristía. Los sobrinos del arzobispo incluyeron en su sello este modelo iconográfico que se extendió rápidamente por el románico europeo, pues en esos momentos la sociedad medieval estaba particularmente sensibilizada con estos asuntos.
Leones guardianes en un capitel de la arcada interior de la Colegiata de San Pedro, en la localidad de Cervatos (Cantabria).
Volviendo a su lado positivo, y de la misma manera que el perro es el guardián tradicional de la casa desde siempre, la Casa de Dios también está custodiada por otro animal, pero en este caso, y para establecer claras diferencias entre una y otra morada, es el león, rey de los animales, el encargado, el cual, como guardián de los lugares sagrados en otras muchas culturas anteriores, también se prodiga en el románico, normalmente en los capiteles de las puertas y ventanas y en el interior de los recintos de nuestras iglesias, ya sea en pinturas y relieves, ya en los capiteles torales e interior del presbiterio. En bastantes casos, suelen estar superpuestos en dos o tres hileras para recordarnos su origen sasánida.
Otro de los cometidos simbólicos del león, de arraigada tradición secular, es el de andrófago o devorador de hombres. Aunque no lo parezca se trata de una característica benéfica, aquí de matiz religioso-místico, muy extendida, en su concepción, en otras culturas. Para los celtas, el animal andrófago solía ser el lobo, el cual, al devorar el espíritu del hombre, lo transformaba en sus entrañas y lo capacitaba para renacer a una nueva vida o al estado de felicidad eterna. Esta misma idea termina por adaptarse en nuestros capiteles conservando sus primitivas formas, en las que la cola del animal se cruzaba entre las patas, subía por el vientre de la fiera y remataba su extremo con una flor de loto, símbolo de la resurrección o regeneración de lo que había sido tragado y transformado en su interior. Es de hacer notar que el simbolismo del loto es común entre los iniciados de la mayor parte de las religiones mistéricas orientales. Las propiedades regeneradoras de este aspecto androfágico del león le llevaron en el cristianismo a relacionarlo con el bautismo, por lo que no es difícil encontrar esta iconografía en algunas pilas bautismales, como es el caso de la de la iglesia parroquial de Bareyo, en Cantabria, y también en algunos monumentos funerarios, como ya dijimos.
Leones en la base de la pila bautismal de la iglesia de Santa María en Bareyo (Cantabria).
En el mismo sentido se produce la iconografía del león junto al árbol sagrado, de tradición romana, sobre todo en estelas funerarias donde era utilizado por los iniciados en los misterios de Atis, amante de Cibeles, al que ésta hizo perder la razón y la vida por serle infiel. Luego la diosa, arrepentida, le resucitó y convirtió en pino, pasando a simbolizar desde entonces a la primavera que muere al llegar, pasado el verano, el invierno, para luego volver a renacer. En su honor se celebraba en marzo la fiesta del Arbor intrat, una tradición muy afín al espíritu del bautismo regenerador del cristianismo.
En lo referente a los bestiarios medievales, todos parecen coincidir. Como dice el Fisiólogo: «.. el rey de todos los animales tiene tres peculiaridades, a saber, la primera, que percibe con presteza el olor del cazador por lo que borra sus huellas con la cola para que éste se desoriente y no siga su rastro…», y añade a efectos moralizantes: «…de la misma manera que Jesucristo ocultó su divinidad con su naturaleza humana para salvar a los hombres de sus pecados…»
«La segunda es que duerme con los ojos abiertos en actitud de extrema vigilancia, como el Señor, que durmió en la cruz pero permanece vigilante a la derecha del Padre, pues el que cuida del pueblo elegido no duerme ni dormita…» en clara referencia al salmo 120.
«La tercera es que la leona da a luz al cachorro muerto y después de tres días de cuidados llega el león y con su aliento lo devuelve a la vida, lo mismo que Jesucristo, que resucitó al tercer día de entre los muertos..».
Los bestiarios posteriores, y después de una referencia a las bestias en general, comienzan por establecer el origen griego de su nombre, que los latinos traducen directamente por rey. Las tres diferencias del Fisiólogo se cambian por tres tipos distintos de leones, de los que, sin excepción, solo se describen dos: «…Los paticortos, de ondulada melena, que son pacíficos, y otros patilargos de melena lisa, que son los temibles….»
León atacado por un dragón en uno de los capiteles del pórtico de la iglesia parroquial de la villa de Rebolledo de la Torre, en Burgos.
Todos suelen coincidir en que el león manifiesta sus sentimientos y temperamento por la frente y la cola. Su valentía reside en el pecho y su entereza y fortaleza en la cabeza. Sin embargo, se asusta con el chirrido de las ruedas de las carretas y, sobre todo, con el fuego.
Es altivo y orgulloso por naturaleza a causa de su fuerza y no le gusta mezclarse con el resto de las fieras salvajes, incluso, como cualquier rey, tampoco le gustan demasiado sus congéneres.
Nunca vuelca su ira en el hombre a menos que esté herido, de lo que se suele extraer, para ejemplo de creyentes, que muchos cristianos, aun sin estar heridos, oprimen a sus semejantes, más débiles e inocentes, como nunca haría el león. Ataca al hombre antes que a las mujeres y nunca a los niños. Perdona siempre al que está a su merced, a no ser que esté demasiado hambriento, aunque es parco en sus comidas.
Apoyo de uno de los sarcófagos de la iglesia de Santa Eufemia de Cozuelos, en la villa de Olmos de Ojeda (Palencia).
Su rugido siembra el terror entre los demás animales, hasta el extremo que éstos quedan paralizados.
Y concluyen los bestiarios: «…La edad de los leones se calcula por los dientes que les faltan. En su primera camada la leona pare cinco cachorros y uno menos en cada una de las siguientes, hasta que después de parir un solo cachorro en la última, queda estéril…»
Liebre (canecillo izquierdo en la imagen) bajo los aleros de la iglesia de San Martín de Tours en Frómista (Palencia).
Canecillos con liebres en la cabecera de la ermita de Villanueva del Río, trasladada a la Huerta de Guadián, en la ciudad de Palencia.
Pintura mural con escena de caza de la ermita de San Baudelio de Berlanga (Soria), actualmente en el Museo del Prado de Madrid.
Canecillo con liebre en el alero del muro sur de la iglesia parroquial de la villa de Bolmir, en Cantabria.
Canecillo en la cabecera de la Colegiata de San Pedro en la localidad de Cervatos, en Cantabria.
No es fácil encontrar a la liebre o el conejo en los índices de los bestiarios medievales como animal digno de estudio; tan solo en las primeras páginas dedicadas a la creación del mundo o el arca de Noé suele aparecer esta especie de los lepóridos, a veces confundida con el resto de los cuadrúpedos que ocupan la viñeta o miniatura correspondiente al tema. Tal vez la razón más inmediata de este hecho se encuentre en el Deuteronomio (14, 7) donde se dice: … Entre los que rumian y entre los animales de pezuña partida y hendida no podréis comer los siguientes: El camello, la liebre y el damán, que rumian pero no tienen la pezuña partida; los tendréis por impuros… Lo que unido al hecho conocido de su vida más bien nocturna, o sea, poco dado a dejarse ver, le convirtieron en animal nada aprovechable, por desconocido, en cuanto a sus costumbres y a efectos moralizantes.
Sin embargo, y esto se suma a lo dicho, la liebre es animal común en casi todas las creencias y folklores de todos los continentes. Tradicionalmente los conejos y las liebres están asociados a la Madre Tierra, pues es sabido que viven en madrigueras o huras excavadas en la tierra; por su vida nocturna se les asoció siempre con la luna, además de relacionarlos con las aguas fecundantes y con Venus, diosa del amor, lo que antiguamente servía de explicación en lo relativo a su tremenda fertilidad. Su asociación directa e inmediata con todos estos elementos paganos abona aún más su alejamiento de los bestiarios medievales.
Canecillo con liebre en la cabecera de la iglesia de San Juan en la localidad de Arroyo de la Encomienda (Valladolid).
Su iconografía en el románico puede considerarse anecdótica y siempre relacionada con temas o símbolos de carácter sexual y lujurioso, por lo que se la puede ver en iglesias en las que abundan este tipo de representaciones.
Para Rábano Mauro (siglos VIII – IX) es símbolo de la lujuria y la fecundidad y representa a los pecadores lascivos.
En épocas posteriores, en contrapartida, representó a la soledad y a la indefensión, pasando a simbolizar, aunque con poca fuerza, a los cristianos que ponen su esperanza de salvación en Jesucristo. En algunos países de Europa se tuvo a la liebre por animal que augura prosperidad y abundancia, sobre todo por su ya mencionada fecundidad. Todo lo cual viene a indicar que tanto su lado positivo como negativo provienen de la misma causa.
Liebre en uno de los canecillos de la iglesia parroquial de San Martín de Tours en Vizcaínos de la Sierra (Burgos).
Ejemplo casi único de su inclusión en un bestiario es el del “Libro de las utilidades de los animales” del autor árabe Al-Durayhim (siglo XIV), en el que se dice: … Es característico de la liebre tener miedo a todos los animales. Es nocturna y cuando anda por la nieve borra sus huellas. Cuando está cerca del lugar donde duerme, da un salto para no alterar los alrededores de forma que no delate su presencia. Cría su prole en la tierra. Durante dos meses es macho y otros dos hembra, sangrando como tal. Pare crías macho durante el período en que es macho y hembras mientras lo es.
La carne de la liebre es caliente y sutil. Sirve para los que cogen catarro en invierno, pero consumida en exceso vuelve cobarde a quien abusa de ella. Su cuajo administrado a los niños con terror nocturno les cura y si la toma una mujer queda embarazada de un niño si es cuajo de macho y niña si es cuajo de hembra…
Ilustración del Libro de horas de Carlos V con una representación de las almas del limbo liberadas por Cristo resucitado.
En la escatología cristiana se establecen básicamente dos espacios definitivos para la estancia de las almas después de la muerte: El Cielo como premio para los justos y el Infierno como castigo para los condenados. Pero hay otros dos espacios intermedios en los que las almas se purifican y esperan de manera transitoria hasta alcanzar la limpieza total, y de esa manera acceder al Cielo. Se trata del Purgatorio y del Limbo. Este último espacio está destinado a aquellos que no han tenido capacidad de decisión o voluntad activa en sus actos, generalmente los niños que accidentalmente no han sido bautizados y algunos adultos que no han podido tener acceso a la información o educación pertinente. En ambos casos un segmento de la población con escasa presencia desde el punto de vista estadístico, lo cual ha influido en su escasa presencia iconográfica en el románico. Las pocas representaciones existentes responden más a una descripción de clara procedencia musulmana plasmada, básicamente, en un jardín en el que distintos personajes dialogan entre la floresta, que a patrones iconográficos cristianos.
Pila bautismal de Calahorra de Boedo (Palencia), con la representación de la liberación de las almas del limbo por Cristo resucitado.
La doctrina oficial establece que estas almas que no han podido lavar su “pecado” por causas ajenas vayan a un lugar fronterizo donde no les alcanzan las penurias de ningún castigo, postura condescendiente o piadosa que no se concreta más y que solo los Padres de la Iglesia han tratado de forma superficial. Finalmente las almas serán liberadas por Cristo resucitado.
En realidad podría decirse que la doctrina oficial de la Iglesia es que no hay doctrina oficial, y que así como el Purgatorio fue dogma de fe, no así el Limbo. No obstante, en la actualidad ni el Infierno ni el Purgatorio o el Limbo tienen entidad como lugares físicos en las estructuras doctrinales, e incluso el Infierno fue suprimido recientemente con la explicación muy cierta de que ya hay bastante infierno en la tierra.
Escultura de mármol hallada en el Mitreo emeritense con una representación de Mercurio y su lira característica confeccionada, según la leyenda, con un caparazón de tortuga. En él se inscribe una leyenda que hace referencia al sacerdote Hedychrus y la fecha en la que se dedicó la escultura (155 . C.). Museo Romano de Mérida.
Inventada por Hermes (Mercurio), la lira o pequeña arpa de mano, es el instrumento atributo del mensajero de los dioses, y no solo de este dios sino también de Orfeo, que sería su intérprete más virtuoso interpretando con su lira conmovedoras canciones en memoria de su esposa Eurídice residente ya en el hades, hasta tal punto que se le permitió recuperarla momentáneamente.
La lira, además, es el símbolo más universal de los poetas. Así mismo está considerada como trasposición de la armonía cósmica correspondiendo, en su modalidad de siete cuerdas, con los siete planetas que vibraban al unísono con cada cuerda. Y también es atributo de las musas Urania y Erato que simbolizan respectivamente la inspiración poética y la musical.
Mosaico conservado en el Museo Romano de Mérida. En el centro la figura de Orfeo tocando su lira y rodeado de animales a los que, según la leyenda, amansaba con su música.
Uno de los ejemplos más interesantes en la iconografía románica se encuentra en el cenotafio de los mártires en la basílica de San Vicente de Ávila, en uno de cuyos laterales, representado sobre un pequeño panel divisorio entre los arcos se encuentra un joven sentado sobre un escabel tocado una lira, instrumento de especial contenido simbólico. Se trata más bien de un arpa de mano. En muchas culturas antiguas era un instrumento de comunicación con la divinidad que conectaba, a través del sonido armonioso de sus cuerdas, el mundo terrestre con el celestial. Por lo cual, algunos héroes de la mitología nórdica, fundamentalmente los protagonistas de la Edda poética -o corpus lírico-épico contenido en el Codex Regius de la Biblioteca Real de Copenhague, compuesto entre los siglos IX y XIII- querían que se depositara un arpa en su tumba, o pira funeraria, con el fin de facilitar su acceso al otro mundo. Lo cual adquiere una especial significación en un monumento funerario como este.
Placa divisoria de dos arcos en el cenotafio de los Mártires en el interior de la basílica de los Santos Vicente, Sabina y Cristeta.
El arpista sería aquí la personificación de la muerte, como en la antigüedad clásica, donde Mercurio, dios psicopompo, o acompañante de las almas hacia el más allá, es considerado como el inventor del arpa y la lira como se dijo.
Este papel de conexión entre la tierra y el cielo sólo lo desempeña el arpa después de la muerte. Entre tanto, antes de ese momento, es el símbolo de la felicidad (eterna) que el hombre busca y que apenas vislumbra a través de las inestables realidades de la vida presente, todo lo cual cristaliza casi al pie de la letra en el mito de Orfeo mencionado más arriba.
Una vez más la literatura clásica hace notar sus influencias en otras culturas, a través de las cuales se materializan en el románico muchas representaciones iconográficas y simbólicas como esta del Cenotafio de los Mártires de la basílica. Lo cual supone, además, reconocer al creador del programa iconográfico del sepulcro como poseedor de una gran sensibilidad y conocimiento de los antecedentes culturales clásicos.
El lobo en una de las miniaturas del Bestiario de Oxford.
La legendaria imagen, generalmente siniestra, de este nocturno animal que, no sin motivo, nos ha sido transmitida por la tradición oral o escrita, poco tiene que ver con los orígenes, más bien luminosos y solares del lobo.
Efectivamente, Febo Apolo, personificación del sol, emigraba a la llegada del invierno a las regiones hiperbóreas en busca de la otra luz, la del conocimiento, y también en busca de los dos animales que le eran consagrados en estas zonas nórdicas: La oca y el lobo. A éste último se le identificaba con la Osa Mayor, constelación que le estaba consagrada. Y también se dice que Apolo, hijo de Zeus, el sol, y Leto, la noche, fue alumbrado a la llegada de la aurora, entre dos luces. Cuando Leto estaba embarazada se le apareció un lobo cuyo álito vital le fue transmitido al dios, desde entonces conocido con el sobrenombre de Lukogenes, nacido del lobo; por lo cual, la zona que rodeaba el templo de Apolo fue denominada Lukeion o Liceo (la piel del lobo), donde Aristóteles impartía sus clases de filosofía.
Canecillo con un lobo en el hastial de poniente de la iglesia de San Martín de Tours en la villa de Frómista, en Palencia.
Esta relación del lobo con el simbolismo solar se propaga por todo el Mediterráneo y no solo desde Grecia, sino también desde las culturas celtas, donde representaba el papel de psicopompo o acompañante de las almas de los difuntos a las regiones luminosas, ya que, como dice la invocación ritual, …déjate conducir por él pues conoce el orden de los bosques y los caminos despejados que conducen al paraíso…para ello devorará al creyente y lo transformará en su interior impregnándole de sus cualidades solares para devolverle luego a una nueva vida, misión que en el cristianismo será traspasada al león, como ya vimos.
Lobos en uno de los nervios de la palmera central de la ermita de San Baudelio de Berlanga en Soria.
En los primeros años de la iglesia cristiana, la asimilación del lobo con Apolo, el dios sol, fue trasladada a Jesucristo, hecho que explica con claridad meridiana, en el siglo IV, Dom Leclercq: …Los cristianos reinterpretan los viejos emblemas y bautizan a los más enraizados tipos paganos. Así, el sol se convierte en Cristo, Febo Apolo, Sol Invictus en los cultos de Mitra, y pasa a ser el Jesús que ilumina al mundo…
Pero eso duró poco, pues terminaron por imponerse otras características del animal, mucho más patentes, por dañinas, para los intereses de la gente del campo, que tenía que sufrir sus terribles incursiones en las majadas, lo cual se refleja en el evangelio de san Juan (10, 11-12) de manera específica: …Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas. Pero el asalariado, que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo y huye, y el lobo hace presa en ellas y las dispersa… Lo que viene a equiparar al lobo con el demonio que acecha a las almas de los fieles, como dicen los bestiarios.
Capitel exterior de la iglesia parroquial de Santa Cecilia en la localidad burgalesa de Hermosilla con una escena de lobos devorando una oveja.
Y ello sin olvidar otras historias de tipo moralizante que manchan al lobo con el vicio de la lujuria, como en la catacumba romana de Priscila, en los murales de la capilla Grecca, donde la casta Susana es representada entre dos lobos que suplantan a los dos ancianos jueces que habían tratado de abusar de ella con engaños. Como no lo consiguieron la acusaron de haberse acostado con un joven desconocido para luego condenarla a una muerte de la que fue milagrosamente salvada por Daniel (Profetas, Libro de Daniel, 13).
Negras historias que parten también de la vieja Roma, donde las lobas eran símbolo de las prostitutas y de donde procede el término “lupanaria”, lupanar en español, casas donde se ejerce la prostitución. A pesar de lo cual no podemos olvidar que fue una loba la que amamantó a Rómulo y Remo, fundadores de Roma y de su imperio, el cual fue representado simbólicamente en esta loba, la Loba Capitolina, en multitud de lugares, pero sobre todo en una moneda acuñada por Constantino, en la que además grabó el crismón para testificar su conversión al cristianismo. Todo lo cual no fue obstáculo para que Tertuliano denostara con ardor en multitud de ocasiones al pueblo romano por haber permitido la difusión de este icono, para él más símbolo de la lujuria que de otra cosa.
El mundo cristiano medieval, vio más por los ojos de Tertuliano que por los de Constantino, de modo que los bestiarios, en general, insisten básicamente en el lado perverso del animal, aunque con las honrosas excepciones de algunos personajes tan populares como san Francisco y sus hermanos lobos, con quienes llegó a pactar una tregua en sus incursiones al ganado de los habitantes de Greccio a condición de que éstos no fueran impíos, hicieran penitencia y tuvieran compasión de sus semejantes, lo cual narra san Buenaventura en su “Leyenda Maior”, cap. VIII, 11, folio 46.
Sería injusto olvidarnos, dentro de este capítulo de personajes populares, de nuestro querido y admirado Félix Rodríguez de la Fuente, de quien tuvimos ocasión de escuchar hermosas historias de lobos que, definitivamente, rescataron a este denostado espécimen de la oscuridad para devolverle a su origen: la luz.
Canecillo con un lobo devorando una oveja en el extremo este de la fachada del monasterio San Pedro de Tejada en la localidad burgalesa de Puentearenas.
Los bestiarios medievales, basados principalmente en Plinio y Solino, pues el Fisiólogo no lo menciona, vienen a coincidir, casi textualmente, en su condición maligna, que comienza por su mismo nombre: Lupus o Lycos en griego, que le fue impuesto «…por los mordiscos que inflingen a los hombres y a los animales: Degüella todo lo que se le presenta con una rapacidad sin igual…, por lo que es comparado con las cortesanas, a quienes se les llama lobas porque devoran los bienes de los amantes …Pare sus cachorros en mayo, cuando truena, lo que significa que el diablo fue precipitado desde el cielo por su primer acto de soberbia…»
Engaña a los perros que cuidan los rediles ladrando para que éstos contesten y averiguar de esa forma el lugar donde se encuentra el rebaño. Se acerca caminando silencioso contra el viento para no ser detectado por su fuerte olor, «…que es lo mismo que hace el demonio, que merodea con engaños alrededor de la iglesia de Cristo en espera de poder dar caza al pecador descarriado…»
Capitel interior de la iglesia de San Lorenzo en Vallejo de Mena (Burgos) con lobos atacando una cabra.
«…Sus ojos brillan en la noche de la misma manera que las obras del demonio brillan para los necios e incautos y persigue a los que se alejan de él gracias a sus buenas obras, como le sucedió al santo Job, a quien arrebató todos sus bienes, incluso a sus hijos e hijas, con el único propósito de alejarle de Dios Nuestro Señor…»
Si un lobo ve primero al hombre, le priva de su fuerza y de la capacidad de gritar para dar aviso de su presencia. Lo que se debe hacer entonces, según los bestiarios es «…quitarse los vestidos, pisarlos y golpear dos piedras una contra otra, lo cual hace perder al lobo su fuerza. Porque el lobo es el demonio, los vestidos son los pecados y las piedras que suenan la palabra de los apóstoles y los santos, los cuales ahuyentan con su sonido al maligno…»
Se dice también que llevan un mechón de pelo en lo alto de la cola como reclamo sexual que «…se arranca si teme que lo cojan, pues estos pelos solo tienen poder si se le coge vivo…»
Caballeros cristianos contra musulmanes en una miniatura del siglo XIV perteneciente a un manuscrito de la Biblioteca Nacional de París.
Es abundante en el románico la iconografía relacionada con la lucha, lo cual es normal en una época en que la Reconquista era un telón de fondo permanente y marcaba la vida cotidiana de forma incuestionable.
En cualquier lucha se enfrentan dos contendientes que tratan de vencer al contrario e imponerle su propio orden y sus propios valores, ya sean políticos, sociales, económicos, morales, religiosos, sobre todo los religiosos en el caso del románico, que aprovecha la confrontación física con el mundo musulmán no solo para utilizarlo como motivo iconográfico, sino también para para convertir esta lucha en “guerra de religión”. Una violencia que la religión, con su evidente ascendencia moral, justifica y bendice en el nombre de Dios o Alá según los casos. Con ello la mencionada violencia, algo a priori negativo, pasa a convertirse en positivo y necesario para recuperar un territorio geográfico para el poder civil y un territorio religioso para el poder eclesiástico.
Pero en cualquier caso, en la iconografía bélica siempre flota la lucha espiritual del bien contra el mal, del pecado contra la virtud, de la luz contra la oscuridad, en definitiva, una lucha de poderes contrapuestos.
Fresco de la capilla del Corporale de la catedral de la ciudad de Orvieto (Umbría) en el que se representa una batalla entre cristianos y sarracenos. El edificio fue construido por orden del papa Urbano IV para custodiar el Corporal del milagro de Bolsena que posteriormente dio lugar a la instauración de la fiesta del Corpus Christi por el Papa Urbano IV en 1264.
Esta lucha se puede representar de muchas maneras, por ejemplo: es muy habitual la escenificación de torneos entre caballeros, normalmente con lanzas y, eventualmente, con espadas; o bien con guerreros a pie, en este caso siempre con espadas y escudos.
También se pueden ver escenas en las que un guerrero, a caballo o a pie, se enfrenta a un dragón o serpiente monstruosa, como es el caso de san Jorge o san Miguel, ambos con amplios antecedentes mitológicos y culturales. La serpiente o dragón siempre representa, lógicamente, aspectos negativos, como el propio demonio o el pecado. La escena también puede ser entre guerrero y león, siendo en este caso el animal representante simbólico del maligno.
Capitel exterior de la fachada sur de la iglesia parroquial de San Lorenzo en Vallejo de Mena (Burgos). Dos caballeros sobre sus monturas se enfrentan debidamente pertrechados con escudo, yelmo, armadura y cota de malla. El grado de deterioro del capitel nos impide llegar más lejos en lo referente al armamento. La escena se repite de forma similar en muchas iglesias románicas como reflejo evidente de la cotidianeidad del escenario con la Reconquista como telón de fondo.
En otros casos la lucha toma cuerpo con representaciones en las que intervienen dos animales simbólicamente contrapuestos, como por ejemplo un ave, casi siempre un águila –representante de la divinidad de carácter solar y patriarcal–, y una serpiente –representante de la divinidad telúrica femenina–. Normalmente el águila sujeta con sus garras al ofidio mientras los sujeta o despedaza con el pico en un patrón iconográfico que simboliza la victoria de lo solar contra lo telúrico en términos generales, y en particular la victoria de la Iglesia contra el demonio, lo pagano o el pecado. Se trata de una lucha escénica basada en la observación cotidiana de los animales en la naturaleza, donde no es difícil contemplar una escena real de este tipo y, por lo tanto, muy útil para la rápida comprensión de la feligresía.
Capitel del claustro de la Real Colegiata de Santa Juliana en Santillana del Mar (Cantabria). Un caballero se defiende con su escudo del ataque del dragón infernal mientras se dispone a descargar su espada sobre la cabeza del monstruo. Un ángel, en el lado izquierdo del capitel, sostiene su brazo para transmitirle toda la intensidad y fuerza de la ayuda divina sin la que el caballero no puede vencer en tan desigual combate.
En una escena similar los protagonistas pueden ser un águila y un conejo o liebre, símbolos, en los dos últimos casos, del pecado de la lujuria debido a sus costumbres zoológicas de carácter nocturno y a sus conocidas cualidades reproductoras.
También podemos encontrar escenas con lobos atacando ovejas, es decir, el pecado representado por los cánidos, contra el cristiano representado por la oveja que cae bajo las fauces del demonio y las tentaciones.
«Diosa de las serpientes» (1600 a. C.) conservada en el Museo Arqueológico de Heraclion procedente del palacio del rey Minos en Cnosos (Creta). La diosa viste una falda larga con vuelo, un delantal bordado y un corpiño ajustado que deja al descubierto los senos, símbolo de fertilidad. La criatura felina en la cabeza de la figura más pequeña sugiere su dominio sobre el mundo animal
En la carta de san Pablo a los efesios (5, 3-5) se puede leer: «La fornicación, y toda impureza o codicia, ni siquiera se mencione entre vosotros, como conviene a los santos, lo mismo que la grosería, las necedades o procacidades, cosas que no están bien, sino más bien acciones de gracias. Porque tened entendido que ningún fornicario o impuro o codicioso –que es ser idólatra- participarán en la herencia del Reino de Cristo y de Dios», razón por la cual la avaricia y la lujuria suelen representarse juntos a menudo en sendas caras del mismo capitel.
El símbolo o patrón iconográfico más extendido en el románico para representar el pecado de la lujuria es la figura de una mujer desnuda con dos serpientes succionando sus pechos y, en muchas ocasiones, un batracio mordiendo sus genitales.
Capitel del claustro de la concatedral de San Pedro de Soria con la representación del símbolo de la lujuria, en este caso un personaje femenino con dos serpientes con cuerpo de dragón succionandole los senos.
Este modelo iconográfico tiene amplios antecedentes culturales en el área mediterránea, especialmente en el caso de la “diosa de las serpientes” cretense cuyas figuras fueron halladas en abundancia en el palacio de Cnosos. Algunos de estos ejemplares se conservan en el Museo Arqueológico de Heraklion. Se trata de una representación localista de la diosa Madre Tierra de las viejas culturas europeas, de carácter telúrico y matriarcal. En una religión como la cristiana (plagada de Vírgenes, no solo referidas a la Madre de Dios y su multitud de variantes y advocaciones, sino también a la aglomeración en el santoral de vírgenes y mártires –a causa precisamente de la defensa a ultranza de la virginidad como virtud suprema– para ejemplo de creyentes), no sería posible entender la aceptación de este patrón iconográfico si no fuera por el cambio alegórico que se introduce en la etapa del románico particularmente; un cambio instructivo que trata de infundir una necesidad de rechazo hacia la figura femenina que representa al pecado de la lujuria personificándola con matices negativos y antiestéticos (senos succionados por serpientes y batracios mordiendo los genitales y aspecto general deprimente y asqueroso) en contraposición a la belleza natural y atrayente de un cuerpo femenino desnudo.
Relieve en el lateral izquierdo de la portada de la abadía de San Pedro de Moissac con la representación del pecado de la lujuria, una mujer de aspecto repelente acompañada por un demonio.
Las representaciones clásicas, y en particular las romanas, de la diosa Madre Tierra suelen mostrarse, en cambio, con forma de matrona sentada o recostada con los senos desnudos y el cuerno de abundancia lleno de frutos en una de sus manos. En la otra mano, o en ambas en el caso de la cretense, sujetando una serpiente que succiona sus pechos. Ocasionalmente también es representada con sendos niños, como en los relieves de muchos sarcófagos o en el Ara Pacis Augustae, construido en el año 11 a.C. en el Campo de Marte por Augusto para conmemorar las campañas victoriosas contra Hispania y Galia.
En cualquier caso el símbolo de la lujuria en el románico es la degradación del de la Madre Tierra. No obstante este no es el único icono de la lujuria en el románico. La mítica serpiente, como teofanía por excelencia de la deidad telúrica, es el otro icono del pecado, por cuanto, además, no podemos olvidar que fue la encargada de engañar a Eva en el paraíso con un ambiguo fruto de funestas consecuencias que incomprensiblemente aún siguen vigentes.
Capiteles de la ventana absidal de la colegiata de San Pedro en la localidad cántabra de Cervatos. Dos personajes muestran con ostentación sus genitales.
Tampoco podemos olvidar las representaciones de figuras masculinas con serpientes mordiendo sus genitales y la oreja, de lo cual también hay muchos ejemplos; o figuras, tanto masculinas como femeninas, haciendo ostentación descarada de sus partes pudendas; e incluso muchos canecillos con un simple grafismo de carácter fálico. En cualquier caso estos últimos ejemplos responden más a imágenes expresivas de fetiches y amuletos de carácter protector contra el maligno y magias negras en general, como el mal de ojo (lo que produce la vida horroriza al demonio que la quita), y además, desde un punto de vista cultural, para demandar la fertilidad de los campos, los animales y los humanos.
Fragmento de una placa de cobre dorado, cincelado y esmaltado de la cubierta de encuadernación de un evangeliario procedentes del taller de Silos y realizados a mediados del siglo XII. De nuevo el sol y la luna sobre la escena de la Crucifixión. Se conserva en el Fundación Instituto de Valencia de Don Juan de Madrid (España).
Los fenómenos naturales han condicionado las relaciones del hombre con la divinidad. En el caso del sol, algo tan asombroso como beneficioso, es lógico pensar que muchas culturas deificaran al astro desde tiempos remotos, sobre todo aquellas sociedades de pastores dedicados al ganado como forma de vida, la cual dependía en gran medida de la presencia del sol. Mientras que los pueblos recolectores, sobre todo desde la implantación paulatina de la agricultura, dependían más de la tierra.
Los pastores nómadas no tenían morada fija y por lo tanto tenían cierta prevención o temor a los fenómenos atmosféricos, mientras que los pueblos agrícolas, más apegados a la tierra, tenían moradas fijas que les protegían de dichos contratiempos.
Al cristianismo, procedente de una cultura nómada y pastoril que dependía más del sol, no le resultó difícil, llegado el momento, aceptar los símbolos solares paganos, sobre todo cuando la luz fue incorporada institucionalmente a los atributos de la divinidad (Ego sum lux mundi).
Ilustración de un evangeliario procedente del scriptorium del monasterio de Santa Cruz de Coimbra, actualmente en la Biblioteca Pública Municipal de Oporto (Portugal). Se representa la escena de la Crucifixión con la Virgen María y san Juan flanqueando al Crucificado. Sobre la cruz el sol y la luna, esta última sobre fondo azul que simbolizando la oscuridad, lo mismo que en la figura de Cristo, donde la oscuridad viene a significar también la muerte de Cristo.
A veces la adecuación de los símbolos cristianos (o utilizados por el cristianismo), como en el caso del sol y la luna, a la iconografía oficial, hacen referencia a una deificación de los astros que se presentan clipeados, como por ejemplo en la iglesia burgalesa de Quintanilla de las Viñas (España). En este caso están claras las reminiscencias persistentes, desde el punto de vista cultural, de rituales romanos relacionados con Mitra y el «Sole Invictus», sobre cuando está comprobada la presencia en la zona de un templo romano y una necrópolis de legionarios romanos, lo que explicaría esta clara influencia, al menos en los aspectos iconográficos.
Por otro lado, la ubicación del sol y la luna flanqueando la figura de la divinidad es bastante corriente en muchos monumentos y templos de otras culturas (Isis-Serapis, Helios-Selene, etc.), incluida la judía, por lo que podría considerarse como patrón iconográfico casi universal.
Relieve del Descendimiento en el ángulo nordeste del claustro bajo del monasterio de Santo Domingo de Silos (Burgos, España). En la parte superior, entre los ángeles turiferarios, dos personajes, que en las cartelas se definen como el sol y la luna, sostienen sendos paños que vienen a significar la oscuridad que se produjo tras la muerte del Crucificado. Queda también patente la definición simbólica de Cristo como «Cosmocrator», o dominador del cosmos.
Desde el punto de vista simbólico, la luna está directamente relacionada con el sol. Al contrario que el astro rey, esta no dispone de luz propia sino que la recibe de él, por lo que depende de éste para ser vista. Y además, y dependiendo de su posición relativa con respecto al sol, es percibida con distintas formas, ya sean crecientes o menguantes, lo cual la dota de un simbolismo adicional relacionado con los ciclos temporales tan importantes no solo en la medición del tiempo, sino también en lo referente a su influencia en el mundo físico y natural (mareas) y agrícola, entre otros, todo ello relacionado con el concepto de fertilidad, que a su vez es imprescindible para asociarlo con lo femenino y todo lo relativo a la fecundidad, lo que supuso su deificación en muchas culturas históricas que asocian a los dos astros con los conceptos de “masculino” y “femenino”, lo cual, finalmente, ha marcado los signos distintivos de muchas estructuras teológicas, solares o telúricas, lo mismo que las estructuras sociales correspondientes caracterizándolas como patriarcales o matriarcales respectivamente.
Cobre grabado, cincelado con esmaltes en champlevé y conservado en la colección del departamento de Objetos Artísticos del Museo del Louvre de París. Es obra de finales del siglo XII y de nuevo, como es costumbre, el sol y la luna presidiendo la Crucifixión, en este caso inscritos en un círculo. La luna ocupa el lado izquierdo y el sol el derecho, lo cual no suele ser habitual.
La luna, por lo tanto, está asociada a la diosa Madre Tierra y en general a las diosas y estructuras matriarcales de la Vieja Europa, y sus grafismos simbólicos relativos a los conceptos de “oscuridad”, imprescindible para la germinación de la vida (bajo la tierra para el mundo vegetal y en la intimidad del vientre materno para el mundo animal y humano). Y desde el punto de vista espiritual también con el mundo iniciático donde el neófito o iniciado “germina” y crece en el conocimiento.
Pintura mural en el cascarón absidal central de la iglesia de San Clemente de Tahull (Lleida, España) con la representación de Cristo en Majestad y con un libro apoyado sobre una de sus rodillas con la leyenda «Ego sum Lux Mundi».
Gracias a la luz podemos ver todo lo que nos circunda. Esta experiencia caracteriza y da forma, a su vez, a la luz espiritual que nos permite comprender las realidades inmateriales. En todas las culturas, sin excepción, la luz espiritual es una realidad que se sustancia en la apropiación de este fenómeno por parte de la divinidad como particularidad inherente a su carácter divino. Se definen los dioses como poseedores y manantiales de la luz espiritual y lo proclaman ostentosamente (Ego sum Lux Mundi) y no solo en el cristianismo. Ya desde el Génesis (1, 2) «La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba sobre las aguas. Dios dijo: Haya luz y hubo luz. Vio Dios que la luz estaba bien y apartó Dios la luz de la oscuridad y llamó Dios a la luz “día” y a la oscuridad noche. Y atardeció y amaneció el día primero».
Desde ese momento la luz estuvo bien y la oscuridad mal, de manera es que la luz quedaba simbólicamente adscrita a todo lo bueno (sol, virtud, divinidad) y la oscuridad a todo lo malo (demonio, pecado, vicio, infierno, paganismo, etc.), lo cual terminó por asociar todo lo creado a un abundantisimo simbolismo gráfico (y muy particularmente en el bestiario), a estos dos conceptos que marcarán un estado de lucha permanente entre ambas fuerzas contrapuestas: El bien y el mal.
Primera ilustración del «Libro de Horas de Carlos V» con una representación de la divinidad irradiante dispuesta a iluminar con su luz tanto al ilustrador de la obra como al propio rey.
Al margen de esto y desde un punto de vista práctico, la alternancia de la luz y la oscuridad marcarán el ciclo cotidiano del día y la noche, un ciclo básico que define el paso y la medición del tiempo, una verdad perogrullesca pero con serias consecuencias metafísicas.
Las divinidades no prescinden de los símbolos y grafismos solares en ninguna religión relacionada con la luz y lo celeste, por lo que es normal que sus teofanías se produzcan en forma de rayos, nubes, halos luminosos, clípeos, nimbos y otros deslumbrantes destellos. Se trata de simbolizar a través de los conceptos ”luz” y “calor”, y como consecuencia de ellos, “vida”, el traslado al plano espiritual, lo cual supone estructurar por medio de la “iluminación” el punto de partida de un principio moral que emana de la divinidad, la cual comunica y trasmite esa luz clarificadora a todo el que es impregnado por ella.
Pintura mural ubicada bajo el Cristo en Majestad de la iglesia de San Clemente de Tahull con la Virgen sosteniendo la copa o grial de la que emana una luz en forma de rayos que delata la presencia de la divinidad.
Una luz que conforma y emana también de la morada divina, “un mar de luz sin orillas” según Mahoma o, como se dice en la primera epístola a Timoteo en los Hechos de los Apóstoles (6, 15-16) «El Rey de reyes, el Señor de señores, el único que posee la inmortalidad, que habita en una luz inaccesible, a quien no ha visto ningún ser humano, ni le puede ver…», o como dice Plotino (Enéadas 6, 9, 9) «… de ahí que las almas lleguen a una región de luz».
Iglesia de San Martín de Tours en la villa palentina de Frómista donde se aprecia la claridad del ábside y la penumbra de la nave.
Todo lo cual tiene también repercusión en la propia arquitectura sagrada con su inclusión no como elemento iconográfico sino como ingrediente indirecto, pero imprescindible, para hacer notar la presencia de la divinidad radiante. Una divinidad que baja del cielo y establece su morada en la tierra, un lugar oscuro que es iluminado desde la salida del sol con ese primer rayo de luz que se proyecta en la zona más sagrada del templo, el presbiterio, definiéndolo como la “morada divina”, y manteniendo en penumbra el resto del templo, no solo para crear un espacio de recogimiento espiritual, sino también para delimitar la zona que habrá de ocupar el pueblo, algo que el románico expresa de manera perfecta. El gótico cambiará la dirección tectónica de la luz porque si en el románico era Dios el que bajaba a la tierra, en el gótico es el pueblo el que trata de ascender espiritualmente hacia la morada de la divinidad.
Esta estructura del templo en su orientación en el eje este-oeste desde el comienzo de su construcción es tónica general en todos los templos de casi todas las culturas de características solares, desde Egipto en adelante.
Página 45 de «Libro de Horas de Carlos V» con la ilustración de la escena de la Anunciación. La divinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo) dirige sus espirituales rayos hacia la Virgen María.
Esa luz que brota de la divinidad se dirige, a veces muy significativamente, hacia personajes importantes como, en el caso de la escena de la Anunciación, hacia la Virgen, dando a entender claramente el momento de la Concepción, momento clave en el que el Hijo se encarna para salvar al hombre de sus pecados.
Capitel de la Anunciación de la iglesia burgalesa de San Juan de Ortega (España). El sol ilumina la escena durante unos minutos en los dos equinoccios del año.
Y a veces, haciendo un alarde de cálculo y precisión, y también en la escena de la Anunciación, es el propio rayo físico del sol el que ilumina la escena en los dos equinoccios del año (a las cinco de la tarde hora solar) durante algunos minutos en la conocida iglesia burgalesa de San Juan de Ortega. Algo que parece un milagro pero que está concienzudamente ideado.
Y lo mismo sucede en algunos otros casos, como por ejemplo en el templo egipcio de Abu Simbel en Nubia, a orilla del lago Nasser. Allí el sol del amanecer ilumina con su primer rayo (el 20 de febrero y el 20 de octubre) las estatuas de Ra, Amón y el propio Ransés II, constructor del templo. En cambio la estatua de Ptah, dios de las tinieblas y el mundo de ultratumba no llega a ser iluminado y queda en penumbra. Semejante alarde de precisión está solo al alcance de unos pocos elegidos, obviamente por la propia divinidad seguramente.