ROMÁNICO
VIAJES
Pila bautismal de Colmenares de Ojeda.
La experiencia diaria y vital en los primeros tiempos de la humanidad implica y obliga, en parte, al hombre, en la deificación de aquellas cosas de uso imprescindible para su supervivencia que, de momento para él, son de origen, composición y efectos desconocidos.
Tal es el caso del sol –causante del día y de la noche–, del mundo vegetal y animal y por supuesto del agua, tema de este epígrafe. Era necesario tener a favor todos estos elementos porque sin ellos era imposible vivir.
Las fuentes de aguas, los ríos, las lluvias y, por supuesto los mares, en definitiva, el agua como elemento primordial, está presente en la vida del hombre prehistórico no sólo como experiencia vital, sino también como grafismo en decoraciones realizadas sobre todo tipo de objetos, utensilios y manufacturas, con el fin de atraer de forma mágica el favor y los efectos propicios del elemento en cuestión que, por otro lado, a veces, se desbocaba causando descomunales inundaciones y estragos que nadie sabía muy bien porqué sucedían ni cómo poder evitarlos.
Es difícil precisar hasta qué punto fue sacralizada el agua, o convertida en objeto de magia o adoración desde el punto de vista iconográfico y formal, pero lo cierto es que sus representaciones –asociadas a vasijas contenedoras de líquidos, o a figurillas de diosas de la fertilidad– son constantes desde el primer momento en que los objetos de uso cotidiano son adornados con algún tipo de iconografía, por ahora de tipo geométrico.
En el subconsciente colectivo de los pueblos primitivos se constata el hecho de considerar al agua como elemento del que surge la vida, es decir, algo que la “Gran Madre” utiliza para propiciar la fertilidad.
Ya desde el paleolítico existen santuarios en torno a manantiales o fuentes, por no hablar de multitud de cuevas prehistóricas provistas de cursos de agua o lagos en su interior –a su vez asociados y dedicados a las diosas donantes de vida o a la genérica diosa “Madre Tierra”– que, además, solucionaban los problemas prácticos y diarios de abastecimiento del líquido vital.
Precisamente esta noción del agua como fuente de vida y causa de Fertilidad es la que marca simbólicamente al agua desde el primer momento, simbolismo que después se mantendrá ya siempre ligado al elemento agua, y no sólo iconográficamente.
De esta forma y con estos antecedentes cultuales, –transmitidos gráficamente pero sobre todo a través una potente tradición oral a lo largo de generaciones,– es muy frecuente, a lo largo del resto de la historia del hombre, encontrar ríos, fuentes y lagos con nombres de antiguas diosas, a veces asociadas a este concepto de fertilidad basado, fundamentalmente, en la experiencia diaria de ver como el agua hace crecer las plantas, o cómo no se puede estar mucho tiempo sin beber, porque lo contrario causaría la muerte, que es justo la cara opuesta de la fertilidad. Tal es el caso de culturas históricas tan relativamente cercanas a nosotros como la egipcia, romana, griega, celta, etc., donde las aguas son, además, custodiadas por ninfas y nereidas, que suelen aparecer frecuentemente en las fuentes y manantiales. A veces, en la literatura clásica, son los propios dioses los que dan nombre a los cauces más importantes, como en la Eneida de Virgilio, cuando Tiberino se aparece a Eneas en medio de la noche (VIII, 31-34): «El mismo dios del Tíber, el anciano Tiberino, emerge la cabeza de la suave corriente, envuelto en tenue cendal de glauco lino, los cabellos ceñidos de hojosas espadañas», que es como habitualmente suelen aparecer las divinidades fluviales en los textos literarios y en la iconografía de la cultura grecolatina.
El agua, ya desde las culturas prehistóricas se suele representar fundamentalmente con formas geométricas tales como el Zigzag, ya sea sencillo o bien en líneas paralelas horizontales o verticales, líneas ondulantes superpuestas y paralelas, o bien cruzadas formando retículas, a veces también formando líneas radiales a partir de un punto, resultando de este último supuesto un grafismo muy descriptivo de lo que podría ser la lluvia o los torrentes y cascadas.
Vaso de cerámica decorado con zigzags procedente del yacimiento de Charmoy en Francia.
Procedente del Período Vinca temprano (5200 a.C.), este vaso está decorado con bandas verticales de zigzags encerradas en espacios expresamente delimitados, lo que quiere decir que el grafismo está siendo utilizado como símbolo.
Este tipo de decoración geométrica lo encontraremos ya en vasos de formas diversas, platos y figuras humanas, fundamentalmente femeninas y representando diosas de la fertilidad y, en este último caso, ubicando el grafismo sobre la zona pélvica casi siempre, aunque otras veces también sobre los senos, habitualmente muy desarrollados. Por lo tanto, la asociación del elemento agua con la Fertilidad en estas estatuillas, no deja lugar a dudas y, además, se comienza a añadir formalmente un acusado potencial mágico al uso de los signos acuáticos.
Así pues, la incidencia simbólica del agua con respecto a la fertilidad agraria y a la fecundidad humana es de suma importancia, como queda demostrado por la gran cantidad de ritos iniciáticos, habituales en religiones de tipo mistérico, en los que casi siempre se incluían baños acuáticos que, más tarde, tendrán reflejo en el bautismo cristiano.
Estos grafismos mencionados mantendrán vigente su significado en etapas posteriores de la historia y de las culturas. En Egipto, por poner un ejemplo significativo, el jeroglífico o ideograma que evoca al agua es una línea en zigzag, y el que corresponde al océano primordial de la protomateria, origen de la vida –noción o concepto casi universal y común a todas las culturas y religiones de la historia de la humanidad–, se representa con tres líneas en Zigzag superpuestas.
De la misma forma, el río Nilo era de vital importancia social, económica y, sobre todo religiosa, pues marcaba los ciclos agrarios vitales para la supervivencia del país por medio de sus tradicionales crecidas anuales.
Pintura mural en la tumba del dignatario Menna, escriba de los «Campos del Señor de las Dos Tierras», (TT 69, necrópolis de Sheikh Abd el – Kurna). Dinastía XVII a comienzos del reinado de Amenhotep III.
Con el tiempo, y los sucesivos avances y refinamiento de las costumbres de la civilización a lo largo de la historia, el agua, además de “fuente de vida” adquiere otra connotación importante desde el punto de vista simbólico, cual es la de “purificación”, basada, evidentemente, en el hecho práctico de lavar el cuerpo y los vestidos de las impurezas y manchas provocadas por el uso diario. El agua purificadora lava también las impurezas del alma o del espíritu. Todas las culturas, en mayor o menor grado y casi sin excepción, asumirán este nuevo matiz simbólico.
En casi todas ellas, y hablando en términos muy generales, el alma debe purificarse una vez abandonado el cuerpo, para ingresar en el otro mundo y ascender, bien a la mansión celestial si es el caso, o para acceder a la nueva vida eterna. El proceso se lleva a cabo en algunas religiones pasando el alma a través de los cuatro elementos catárticos que ocupan el espacio supraterrenal o sublunar, es decir, el agua, la tierra, el aire y el fuego, o bien sólo a través de uno de ellos.
En el proceso purificatorio del Islam, por ejemplo, todo se reduce a la ablución con el agua: El alma debe bañarse en el río de la Vida. Una vez limpia el alma, un ángel le coloca una túnica blanca y le ayuda en su ascenso a la morada celestial. Precisamente esta iconografía concreta se reproduce literalmente en bastantes capiteles del románico español, como veremos en el epígrafe de las Purificaciones del Alma.
Esta función purificadora es impulsada y recogida en multitud de textos patrísticos y bíblicos, en los que el agua, además de “origen de vida”, lava el pecado original en el rito del bautismo, como veremos más adelante.
El Cristianismo, que lógicamente se hace eco de esta arraigada tradición simbólica, añade de forma institucional un nuevo matiz, aunque ya vislumbrado en culturas anteriores. Se trata del concepto de regeneración.
En las religiones orientales, el agua es también símbolo de regeneración corporal y espiritual, además de símbolo de fertilidad, pureza, sabiduría y virtud. En otras muchas culturas es a través del agua como se entra en contacto con el elemento primigenio de la vida, como ya vimos. Lo cual recogerá san Juan en su evangelio (3, 5) cuando Jesús le dice claramente a Nicodemo: «En verdad, en verdad te digo, que quien no naciere del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de los Cielos». Nacimiento que tiene origen espiritual en la fe y su causa ritual en el bautismo del agua y del Espíritu Santo.
El hecho de nacer espiritualmente al contacto con el agua del bautismo, es porque previamente hemos muerto como consecuencia del pecado original. Como nos recuerda san Agustín: “Omnis qui pecat, moritur”, equiparando la mancha del pecado con la muerte espiritual y haciéndose eco de antiguas tradiciones, en las que incluso la vida física era restituida por la fusión de los dos elementos, el “agua” y el “aire”, entendido éste último por Jesús como Espíritu, como acabamos de ver.
Catedral de Palencia. Cripta de San Antolín. Brocal del pozo.
En el románico veremos cómo esta función regeneradora del agua se representa simbólicamente por el doble “zigzag” que bordea algunas pilas bautismales, tal vez como residuo cultural del ideograma egipcio del océano primordial que ya vimos anteriormente.
También en algunas escenas en la que una o varias figuras humanas permanecen sobre bandas ondulantes, o en zigzag, para significar la regeneración de la vida espiritual, y sobre todo en las representaciones del rito del bautismo recién mencionado.
No es única la alusión al agua en los textos sagrados. En el Éxodo, cuando el pueblo de Dios transita por el desierto acosado por la sed, Yahvé calma los ánimos haciendo brotar el agua de una roca por medio del bastón de Moisés.
En el salmo (42, 2-3) se dice: «Como anhela la cierva las corrientes de agua, así te anhela a Ti mi alma, ¡Oh Dios! / Mi alma está sedienta del Dios vivo ¿Cuándo vendré y veré la faz de Dios?»
En el libro de los Números (24, 6): «Los tabernáculos de Israel se extienden como un extenso valle; como un jardín a lo largo de un río; como áloe plantado por Yahvé; como cedro que está junto a las aguas.»
Capitel izquierdo de la portada de la iglesia de Santiago, en Carrión de los Condes (Palencia). El alma es ayudada por dos ángeles en su ascenso al Cielo.
El libro de Job (28, 25-26) se refiere a la Sabiduría de Yahvé «cuando dio su peso al viento y dispuso las aguas con medida, cuando dio la ley a la lluvia y camino al rayo.»
En el libro de los Proverbios (3, 20), y refiriéndose de nuevo a la sabiduría de Yahvé, se dice: «Con su ciencia hizo brotar las fuentes, y por ella los cielos destilan rocío.»
En el mismo libro (8, 24) la sabiduría habla de sí misma: «Antes que los abismos fui engendrada yo; antes que las fuentes de abundantes aguas…» En (8, 28) «…ya estaba yo cuando daba fuerza a las fuentes del abismo… En (8, 29) «…Cuando fijó sus términos al mar para que las aguas no traspasaran sus fronteras…». En el Apocalipsis de san Juan (7, 17), refiriéndose al agua regeneradora se dice: «El Cordero, que está en medio del trono, apacentará a los justos y los guiará a las fuentes de aguas de vida, y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos.»
En el evangelio de san Juan (4, 14), Jesús dice: «El que beba del agua que yo le daré no volverá a tener jamás sed, que el agua que yo le dé se hará en él una fuente que saltará hasta la vida eterna», (y lo mismo en 7, 37-38).
Biblia Legionensis (siglo IX). Colegiata de San Isidoro en León. El ejército del faraón perece ahogado en el mar Rojo.
Y en un sentido parcialmente distinto, al que ya nos referíamos al principio, el agua como instrumento de catástrofes y muerte, cuando inunda la tierra y la limpia de pecadores e impíos en la historia de Noé y el Diluvio Universal, es decir, el agua como instrumento de purificación de la tierra, y al mismo tiempo de muerte, empleado por Yahvé. De la misma forma sucede en el Éxodo, en el pasaje en el que las aguas del mar Rojo aniquilan al ejército del faraón que trataba de impedir la salida de Egipto del pueblo de Dios.
Como acabamos de ver, no todas las connotaciones del agua son positivas en el mundo cristiano.
Básicamente hay un agua que viene del cielo, por lo tanto de origen celeste –al que hay que adscribir la mayor parte de la tradición simbólica del cristianismo–, y otra que mana de la tierra, es decir, de origen telúrico-femenino y directamente considerada como pagana o claramente desviada de la doctrina. Nos referimos concretamente a los manantiales o fuentes, alrededor de los cuales se levantaban santuarios ya desde el paleolítico, como decíamos al principio, y en los que se llevan a cabo, en la historia reciente y todavía en la actualidad, rituales nada claros u ortodoxos para la doctrina oficial cristiana, que sin embargo ha tratado de asumir en un esfuerzo a veces poco exitoso.
Abundando en esto, todavía hoy se cree en la existencia de aguas milagrosas o curativas en manantiales situados bajo santuarios o iglesias dedicadas a la Virgen o simplemente a flor de tierra, como en Lourdes o Covadonga, por poner ejemplos del dominio público.
En Irlanda, el primer día de primavera todavía se siguen efectuando visitas y romerías rituales a una respetable cantidad de fuentes y manantiales que la tradición popular considera como milagrosos –anteriormente mágicos–. Allí se lavan manos y pies como parte del rito en el que el agua tiene claras connotaciones como fuente de vida y elemento purificador.
Manantial de la Iglesia visigótica de San Juan de Baños en Venta de Baños (Palencia).
En otros lugares, como pueden ser algunas criptas de templos cristianos, existen algunos pozos, en muchos casos anteriores al propio templo, en los que estas tradiciones de origen y características mágicas –y por lo tanto paganas– no se han mantenido precisamente por el escaso interés del estamento religioso más ortodoxo, decidido a no mantener y fomentar estas tendencias claramente desviadas de la doctrina, dada la procedencia telúrica de estos afloramientos acuáticos. Tal vez sería el caso, entre otros, del pozo ubicado en la cripta de la catedral de Palencia, donde se conserva el brocal de forma puramente testimonial.
Águilas explayadas en un capitel toral de la iglesia de San Esteban en la ciudad de Ávila.
Es el símbolo por excelencia de la divinidad en gran parte de las religiones históricas, y motivo de mitos y leyendas ilustrativos de su poder y majestuosidad incluido el cristianismo, el cual lo incorpora al Tetramorfos apocalíptico para representar al evangelista san Juan.
Dionisio Areopagita dice del águila: representa la realeza, el vuelo rápido hacia lo más alto, la agilidad, la prontitud, el ingenio para descubrir los alimentos más fortificantes, la potencia de la mirada dirigida directamente hacia los rayos del sol que no le causan daño….
En la mitología hindú, Garuda, el águila, ave solar brillante como el fuego, es la montura de Vishnu, uno de los tres dioses de su religión. Es la palabra alada, el triple Veda y el símbolo del Verbo, al tiempo que enemiga de las serpientes.
Tal vez quepa destacar, como antecedente cultural relativamente próximo, la representación del águila como emblema de Zeus, a la cual envía el dios como buen augurio a los humanos, por lo que termina convirtiéndose en su mensajero y animal favorito, oficio que, con matices, acaba representando en culturas y religiones posteriores.
Águila del Tetramorfos ubicado sobre la portada de la fachada oeste de la iglesia de Santiago en Carrión de los Condes (Palencia).
Al mismo tiempo, y por extensión casi lógica de su oficio, también es vehículo de las almas en su ascensión a los cielos, y así se la representa no pocas veces en el románico, o bien posada sobre sarcófagos, o ascendiendo con la representación del alma del difunto sujeta a su cuello, lo cual viene de tradición grecorromana, donde es fácil verla incluso suplantando a la propia alma a la que finalmente simboliza.
En muchas religiones orientales a lo largo de la historia, se cuenta que el águila, en su vejez, asciende hacia el sol, de tal manera que sus plumas y su carne se queman, pero luego se lanza sobre una fuente de agua y a su contacto vuelve a renacer. Esta leyenda termina, como veremos, en los primeros bestiarios, por asociar, ya desde los primeros momentos del cristianismo, al ave con la resurrección de Cristo. La tradición viene desde la antigua Siria y Egipto, donde hay variadas representaciones de esta iconografía en lápidas y estelas funerarias.
Águilas explayadas en el capitel toral derecho de la Colegiata de San Pedro en Cervatos (Cantabria).
Todo lo cual es suficiente motivo para que el ave en cuestión se haya convertido en emblema heráldico universal.
En los bestiarios medievales, compendio de los anteriores desde Plinio y el Phisyologus hasta los de Oxford o San Petersburgo se describe al Aquila como un animal que gracias a su mirada aguda se eleva en el aire y vuela sobre los mares tan alto que parece invisible a los ojos humanos, pero su vista le permite ver nadar a los peces y se abalanza sobre ellos para alimentarse en la orilla.
Águilas en el Bestiario de Oxford. Manuscrito Ashmole 1511 de la Biblioteca Bodleian.
Cuando envejece sus ojos se velan y sus alas se vuelven pesadas. Entonces vuela en dirección al sol y allí quema sus alas y sus ojos. Después vuelve hacia la tierra, busca un manantial y se sumerje tres veces. Inmediatamente recobra su juventud y sus ojos vuelven a recuperar la visión. Lo mismo que tú, hombre, de vestimenta desgastada y ojos sin luz, debes buscar la fuente de Cristo y elevar tus ojos hacia Él para recobrar tu juventud espiritual.
Se dice que este ave transporta a sus polluelos en sus garras para acercarlos al sol. Los que pueden soportarlo sin desviar la mirada son considerados dignos, pues muestran claramente su propia naturaleza y su padre los conserva junto a sí. Pero los que apartan la mirada son rechazados y no merecen ser criados. No son rechazados como hijos suyos sino porque son considerados como crías de otros padres distintos.
Ventana absidal con capiteles de águilas explayadas en la iglesia parroquial de Arroyo de la Encomienda (Valladolid).
El águila simboliza también la inteligencia de los santos. El profeta Ezequiel vio aparecer a los evangelistas bajo la forma de animales, siendo Juan uno de ellos, el cual echó a volar y se introdujo en los misterios del Verbo. Así, quienes abandonan lo terrenal se ganan el cielo.
De la misma manera que el águila busca alimento desde lo alto y se abalanza sobre él, así el género de los hombres cayó desde el Cielo a la tierra y probó el alimento desafiando la prohibición del Creador, perdiendo su condición espiritual.
Capitel con pareja de águilas en el claustro del Monasterio de San Juan de Duero en la ciudad de Soria.
Y acerca del águila también se dice que de la misma manera que su pico se encorva cuando envejece y ya no puede comer y luego lo afila frotándolo sobre una roca, pudiendo luego alimentarse y recobrar su juventud, así el Justo recobra las fuerzas de su espíritu afilando su pico en la roca de Cristo y alimentándose en Él…
En el Libro de las utilidades de los animales de Ibn Al Durayhim, Bestiario de mediados del siglo XIV, se repiten casi al pie de la letra estos mismos textos, obviando lógicamente las connotaciones moralistas de los cristianos. Se añaden además en este texto, otras novedades de tipo medicinal, de las que, por curiosas, mencionamos alguna: …El cerebro del águila, disuelto en agua de rábano nuevo, entibiada y bebida, va bien para el dolor de caderas. Si se disuelve su médula con miel, se mezcla con acibar y se coloca sobre toda herida que haya en la cabeza, la hace cicatrizar, con permiso del Altísimo… Y así unas cuantas recetas más, a cual más imaginativa.
Águila en la escena de David cortando la cabeza a Goliat en una de las pinturas murales de la iglesia de Santa María de Tahull en Lleida.
A pesar de todo ello, y como gran parte de los animales del bestiario, también el águila tiene un lado oscuro, aunque es difícil, por no decir imposible, encontrarla representada en el románico así. La exageración de su valor, la perversión de su poder y el exceso en su autocomplacencia, son los valores negativos. Su carácter de ave de presa que rapta a sus víctimas para descuartizarlas y devorarlas sin que puedan escapar, tiñen su leyenda en algunos textos, pero más que nada como aviso al cristiano que se ve abocado a este peligro.
Águilas atacando serpientes en un capitel del interior de la iglesia de San Martín de Tours en Frómista (Palencia).
Es común ver en nuestro románico al águila enfrentándose a algún tipo de cuadrúpedos, pero fundamentalmente a la serpiente. Esta lucha se produce de forma universal en casi todas las religiones históricas, tanto en su iconografía como en la literatura. Se trata del choque de las religiones celestes-solares (el águila), contra las de carácter telúrico (la serpiente, símbolo primitivo representante de la Madre Tierra, algunos cuadrúpedos y las liebres más concretamente, animal éste de significación lunar y terrestre -que cava sus madrigueras en la tierra-, como veremos en su momento). Esta iconografía, sea cual sea su lejano origen, está basada en la simple experiencia diaria de la contemplación de la naturaleza
En la mitología hindú Garuda lucha contra Naga, la serpiente o, en Egipto Horus contra Seth, el cual queda, casi como atributo de Seth, convertido en simple despojo. Lo mismo ocurre en los clásicos, donde es posible encontrar numerosos ejemplos de esta lucha mítica teofánica: Apolo combate y vence a Pitón.
En los juegos píticos se cantaba la victoria del dios celeste sobre la representación de la divinidad telúrica y a partir de ese momento la serpiente ya no tiene acceso al Olimpo. Siempre vencerá el águila, habida cuenta de la supremacía de lo celeste a partir de un momento histórico, y de la decadencia de las culturas de tipo telúrico. Es la lucha y la victoria de la luz (solar) contra lo oscuro (terrestre) y a cada una de las dos tendencias se le pagará un precio implícito en la propia existencia: El alma-águila ascenderá al cielo y el cuerpo bajará a la tierra.
Águila atacando a un cuadrúpedo en un canecillo de la iglesia parroquial de Villacantid en Cantabria.
En la iconografía cristiana el águila, que representa a Cristo, clava sus garras en la serpiente, símbolo del demonio. Es decir, Cristo vence al demonio, la luz a las tinieblas, la virtud al vicio, la iglesia triunfante a todo tipo de desviaciones paganas, como se especifica en In Cantica de Rábano Mauro. Es la lectura que debemos hacer de esta escena en los capiteles y canecillos del románico.
Se representa también al águila en otras escenas no por escasas poco dignas de interés. Las hay en posición afrontada, significando con ello una actitud de vigilancia sobre el lugar sagrado, como es el caso de un capitel en la portada sur de la Basílica de San Vicente de Ávila, un canecillo en la iglesia parroquial de Abajas en la provincia de Burgos y en un capitel toral de la iglesia de San Claudio de Olivares en la ciudad de Zamora.
Águila en el capitel de una ventana absidal de Nuestra Señora de Iguacel en Huesca.
Las hay enredadas en tallos, mostrándonos tal vez su lado negativo, atadas por la soberbia o el estado de autocomplacencia en su poder, en un intento de aviso al cristiano para evitar el peligro. Es el caso de algunos capiteles del claustro del Monasterio de Santo Domingo en Silos.
Las hay atacando personajes, es decir, atacando al vicio o el pecado representado en estas figuras. Las encontraremos en los capiteles del presbiterio de la Basílica de San Isidoro en la ciudad de León.
Águila en el frontal de altar esmaltado de San Miguel de Aralar en Navarra.
Y por último comiendo frutos de un árbol, en el lateral de un capitel interior del presbiterio de la ermita de Santa Cecilia en Vallespinoso de Aguilar, en la provincia de Palencia, o bebiendo, en la portada sur de la iglesia de San Juan en Santibáñez del Río, en Salamanca. En ambos casos simbolizando el alimento espiritual.
Surge este diseño geométrico en el paleolítico, normalmente impreso sobre vasos, vasijas contenedoras de agua y figurillas zoomorfas, en general representando aves acuáticas, o antropomorfas, representando a las diosas terrestres típicas de las sociedades matriarcales primitivas.
Tanto el hecho de estar representados los ajedrezados sobre objetos relacionados con el agua, como sobre partes concretas de figuras femeninas (caderas, vulvas y senos), relaciona este grafismo con el “Agua vital”, indisolublemente unida a la diosa Tierra, generadora de vida.
Vasija del 4500 a.C. procedente de Gumelnita (Rumanía) con ajedrezado junto a un reticulado romboidal, ambos grafismos asociados con símbolos acuáticos y de regeneración por su localización sobre vasos rituales, vulvas, etc.
Por otro lado, los diseños cuadrangulares, a los que habría que añadir los reticulados, van casi siempre enmarcados sobre límites concretos, fijados por líneas para resaltar expresamente el contenido simbólico del grafismo, al que hay que añadir el matiz significativo de la expresión del dinamismo de la naturaleza para reproducirse y, además, todo lo relacionado con los ciclos vitales, como las estaciones, los meses, etc.
Curiosamente en la India, el tablero ajedrezado se compone de 64 casillas, número simbólico para ellos de la construcción del Orden Cósmico, que sirve de punto de partida o esquema matemático básico para la propia construcción de los templos y la organización de los ciclos vitales y universales de la fertilidad. Este tablero ajedrezado es el símbolo, a su vez, del mundo que alterna, en permanente lucha, la luz y la oscuridad en sus casillas, el bien y el mal, lo espiritual y lo material.
Iglesia de San Martín de Tours en Frómista (Palencia), donde se aprecian cenefas ajedrezadas rodeando todo el perímetro del edificio y enmarcando todos los elementos arquitectónicos como puertas, ventanas y aleros.
En el románico, el ajedrezado se emplea con mucha frecuencia en forma de bandas o cenefas, impostas y cimacios. Es muy arriesgado asignarle un significado concreto que no sea el de mero adorno geométrico, aunque es evidente que la representación del Orden Cósmico descrito simbólicamente en la arquitectura del templo, también se refleja en las cenefas ajedrezadas, como sucede en las culturas indoeuropeas, mencionadas más arriba. Estas cenefas ajedrezadas se encuentran a menudo en impostas, rodeando todo el perímetro del templo, tanto en el exterior como en el interior y, en muchas ocasiones, enmarcando horizontalmente elementos arquitectónicos tales como cúpulas y bóvedas, lo que quizá tuviera el sentido de separar y distinguir los espacios circulares o esféricos del edificio relacionados con la divinidad (cúpula-bóveda celeste-casa de Dios), de los cuadrados relacionados con lo terrestre y previstos para uso del pueblo. O bien, cuando la imposta rodea y divide todo el perímetro para separar claramente la parte superior del edificio relacionada con lo espiritual, de la parte inferior, espacio asociado a lo terrestre y material.
El atributo de las alas proporciona a quien las posee, sea persona o animal, la posibilidad de volar, es decir, de vivir en un medio ubicado por encima de lo terrestre, o lo que es lo mismo, por encima de las cosas materiales, lo que supone tener acceso al mundo celeste o aéreo, ya sea éste considerado como plano de la inteligencia y el espíritu, ya como morada de los dioses, o de Dios, desde el punto de vista del cristianismo. Por lo tanto, en todos estos personajes alados predomina la inteligencia y todo lo que tiene que ver con lo espiritual.
Columna izquierda de la portada de la iglesia de Santiago en Carrión de los Condes (Palencia). Ángel guardián de la entrada.
Es el caso de los “démones” buenos de las religiones no cristianas en general, intermediarios entre los dioses y los hombres, –o lo que es lo mismo, entre el espíritu y la materia– en las culturas sumerio-acadias entre otras, intrínseca a su propia existencia, ya desde sus mismos orígenes, representados con alas para simbolizar su función.
En la cultura clásica, tanto en la literatura como en la mitología y la iconografía, encontraremos también representaciones de personajes alados, siempre relacionados con las divinidades. Tal es el caso de la Nike de Samotracia o de Mercurio, mensajero de los dioses, el cual ostenta alas en los pies para significar la rapidez en el cumplimiento de su misión. Esta misión de mensajero de los dioses pasará después a los ángeles de la iconografía románica. Es imprescindible mencionar aquí también al dios Eros, dotado de alas para mostrar lo etéreo y espiritual de su cometido entre los humanos.
Una de las primeras representaciones de personajes alados dentro del entorno cristiano es la del evangelista san Mateo, en un mosaico absidal del siglo IV, en la iglesia de Santa Pudenciana en Roma.
Beato de Fernando y Sancha. Los siete ángeles reciben las siete copas de oro (Apoc. 15, 5 – 8).
A pesar de la importancia del atributo de las alas, en la Biblia apenas encontraremos referencias a personajes alados, no obstante, en el libro de Isaías (6, 2) cuando el profeta ve al Señor sentado en un trono se describe a «…unos serafines que se mantenían erguidos por encima de él. Cada uno tenía seis alas: con un par se cubrían la faz, con otro par se ocultaban los pies y con el otro par aleteaban.»
En el libro de Ezequiel (1, 6-12) se da también una descripción de cuatro personajes alados teriomórficos, antecedente claro de la descripción de los cuatro vivientes alados del Apocalipsis. En el salmo 17, 8, el inocente clama a Dios: «…Guardame como la pupila de tus ojos, escondeme a la sombra de tus alas…» lo que añade a la característica espiritual del atributo, la de protección del creyente por parte de la divinidad.
San Vicente de Ávila. Lateral izquierdo de la portada oeste: El arcángel san Rafael en la escena de la Anunciación.
A pesar de esta escasez de citas bíblicas, en el románico encontraremos muchas y variadas representaciones de personajes alados. Entre ellas cabe destacar al arcángel san Gabriel en la conocida escena de la Anunciación; a san Miguel alanceando el dragón aunque no en todos los casos lleva alas, y por último a los ángeles custodios de los templos, ubicados en las puertas de entrada a los recintos, como por ejemplo el caso de la iglesia de Santiago en Carrión de los Condes, en Palencia, o en la de Santa María de Piasca, en Cantabria.
De la estancia y acceso al mundo del espíritu quedan excluidos los humanos que, evidentemente, no poseen alas. Sólo se puede conseguir esto por medio de la oración y la contemplación que, poco a poco, producen como resultado el desapego de la materia aunque, por supuesto, con la “ayuda divina” imprescindible, la cual, en casos particulares, puede incluso prestar las alas de una pareja de águilas para ascender hacia la morada celeste, patrón o modelo iconográfico bastante común en el románico, basado en el mito de Ganimedes, raptado por dos águilas enviadas por los dioses; no es ajeno a este concepto de Ascensión Espiritual el mito de Alejandro, elevado al cielo por sendos grifos que le trasportaron en su propio escudo, aunque fue inmediatamente rechazado por los dioses y obligado a descender a la tierra, entre otras razones por la actitud soberbia de Alejandro al pretender contemplar sus dominios desde el aire e invadir para ello un espacio al que no había sido invitado. Este modelo compositivo podríamos considerarlo como antecedente iconográfico de las representaciones románicas del Pantocrátor.
En el caso de Ícaro, otro de los personajes alados más conocidos, la debilidad de sus alas-espíritu, –pegadas las plumas tan sólo con cera– le impidió resistir el ardor del sol, demasiado fuerte para sus escasas expectativas de ascensión sin una ayuda más consistente que la que llevaba.
Colegiata de Toro (Zamora). Detalle de la arquivolta con ángeles en la portada sur del edificio.
Así como las alas angélicas son de apariencia etérea –por la textura que le proporcionan las plumas–, para simbolizar los espíritus puros, hay otro tipo de alas, relativamente poco frecuentes en la iconografía románica, cuales son las de los demonios, representados con alas a veces para recordar, en parte, su antiguo origen celeste. Son alas membranosas y sobrecogedoras de murciélago, animal nocturno y por lo tanto relacionado con el demonio a quien presta sus alas, el pecado y el espíritu perverso –en contraposición a los espíritus puros que mencionábamos más arriba–. Magníficos ejemplos de seres alados los tenemos, entre otros muchos lugares, en las portadas de la Colegiata de Toro, en Zamora.
Al margen de las diversas variedades de aves que componen el bestiario románico general, y que por supuesto están dotadas con el atributo de las alas, encontraremos, además, muchos seres alados entre los animales relacionados en el bestiario fantástico. Es el caso de los dragones, también a veces con alas membranosas –sobre todo desde finales del siglo XII en adelante–, ya que este animal está específicamente relacionado con el Demonio.
Hay otros muchos, quizá de características más ambiguas en cuanto a su adscripción simbólica a cualquiera de los dos principios del Bien y el Mal, la cual dependerá, en cada caso, del contenido circunstancial de las escenas en las que aparecen. De todos ellos –arpías, basiliscos, esfinges, grifos, hipogrifos, pegasos y sirenas– hablaremos en el epígrafe correspondiente a cada uno de ellos.
Son la primera y última letra del alfabeto griego y vienen a simbolizar el principio y fin de las cosas, es decir, a Cristo.
Su empleo, desde un poco antes del Cristianismo y en sus primeros siglos, tenía un sentido mágico y de protección preventiva contra el mal en general.
Crismón en el tímpano de la portada de catedral de Jaca (Huesca).
Como signo del principio y fin de las cosas, ambas letras son recogidas en el Apocalipsis de san Juan en varios pasajes, como en 1,17 «:..Él puso su mano sobre mí diciendo: No temas, soy yo, el “Primero y el Último”, el que vive;…»
O en 21,6: «Me dijo también: Hecho está, yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin. Al que tenga sed yo le daré del manantial del agua de la vida.» Y algunas otras más en el mismo sentido.
En muchos manuscritos medievales, ambas letras van también asociadas a algunos animales que, en ocasiones, matizan o refuerzan este significado como extremos que limitan, en horizontal o vertical, al mundo creado. La letra Alfa, por ejemplo, puede ir asociada al águila o a las aves en general, como símbolo de lo que vive en lo más alto, y la Omega a los peces, que habitan en el lugar más bajo de la creación.
Normalmente ambas letras se incluyen en el Crismón a ambos lados de las iniciales de Cristo.
La palabra altar viene del latín altus, que viene a significar lugar elevado, por lo que normalmente se le suele colocar sobre, al menos, una grada, siguiendo la antigua tradición de recordar que la morada de los dioses de las religiones celestes estaba en lo alto de las montañas, desde donde se manifestaban a los hombres, y en el cristianismo en la “Montaña Sagrada”. De ahí le viene a Dios el sobrenombre de Altísimo y al altar su función de lugar de comunicación y manifestación de Dios. Por eso antiguamente, en el rito de consagración de las iglesias, el sacerdote, antes de iniciar la subida hacia el altar recitaba el salmo 43, donde se dice: «Envía tu luz y tu verdad, / ellas me guíen / y me conduzcan a tu monte santo / donde están tus moradas. / Y llegaré al altar de Dios, / al Dios de mi alegría».
En casi todas las culturas el altar es el lugar donde se presentan a los dioses las ofrendas de los fieles; es el lugar por excelencia de culto.
Normalmente tiene forma de mesa, aunque algunas religiones han adaptado, tanto sus formas como los materiales empleados en su construcción, a las características particulares del culto y a sus dioses.
También en el cristianismo el altar tiene forma de mesa y sobre ella se desarrolla el rito incruento de la conmemoración de la Pasión de Cristo.
Evidentemente, el altar es la parte más sagrada del templo. Hasta allí baja Cristo y desde allí suben a Dios las plegarias y ofrendas de los cristianos, significativamente representadas a veces, como en el caso de la iglesia de San Salvador de Cantamuda (Palencia), donde la piedra del altar está apoyada sobre columnas y capiteles tallados con temas vegetales y frutos, símbolos del producto del trabajo de los hombres.
Altar de la iglesia de San Salvador de Cantamuda, en la provincia de Palencia.
Esta simbólica línea vertical de comunicación de Dios (cúpula circular-casa de Dios) con los hombres (Altar), conectaba en su extremo inferior con el mundo de los muertos situado bajo el mismo.
Esta tradición, cuyo origen tiene raíz en religiones anteriores, pasa al cristianismo. Según la tradición islámica, la roca de Jacob habría sido trasladada al Templo de Jerusalén. Estaba provista de un agujero circular en su centro que tenía como función poner en contacto el mundo de los vivos con el pozo de las almas, o Tehom; sobre él se levantaba el altar.
Manteniendo esta tradición, era costumbre, en los primeros años del cristianismo, colocar los altares sobre sepulcros que contuvieran cuerpos de santos y mártires, lo cual dio origen, posteriormente, a las criptas, ubicadas casi siempre bajo las cabeceras de las iglesias en las que eran enterrados santos.
En muchos casos, ante la imposibilidad práctica de cumplir fielmente con esta tradición, por razones obvias, –eran frecuentes los traslados de cuerpos de santos para ser enterrados en lejanas iglesias, incluso de otros países–, se impuso la costumbre obligada de colocar en el propio altar, bajo la piedra del ara, algunas reliquias de santos, lo que de alguna manera paliaba el problema. El oficiante que consagraba el altar recitaba las palabras del capítulo 6 del Apocalipsis: «…Cuando abrió el quinto sello, vi debajo del altar las almas de los que habían sido degollados por causa de la palabra de Dios y por el testimonio que guardaban. Se pusieron a clamar a grandes voces diciendo: ¿Hasta cuándo Señor, Santo, Verdadero, no juzgarás y vengarás nuestra sangre en los que moran sobre la tierra? Y a cada uno le fue dada una túnica blanca y les fue dicho que estuvieran callados un poco de tiempo todavía, hasta que se cumpliera el número de sus consiervos y hermanos que también habrían de ser degollados como ellos.»
En el románico, el cristianismo adapta tradiciones de otras culturas anteriores, como en este caso sucede con respecto a la cultura celta, de donde procede el mito de los animales andrófagos, que allí eran lobos y en el románico serán fundamentalmente leones.
Andrófago en un canecillo de la iglesia de San Martín de Tours en Frómista (Palencia).
Se expresa, con este simbolismo del animal “andrófago”, la idea de renacimiento a una nueva vida después de morir. Para ello, el personaje humano es devorado por el “león andrófago” que, en su interior, es transformado en algo distinto para, posteriormente, devolverlo a un nuevo estado de vida espiritual.
Es la misma idea que subyace en las palabras de Jesús cuando explica a sus seguidores que si el grano de trigo no muere y es enterrado no dará frutos nuevos. Lo mismo sucede con Jonás cuando es tragado por la ballena y, una vez en su interior, recapacita, reconoce su culpa y, ya arrepentido, es depositado sano y salvo en una playa.
En su Historia Natural (libro VIII, 35) Plinio menciona ya su existencia, así como Lucano, citado por san Isidoro en sus Etimologías (XII, 4, 20): “Se denomina Anphisbaena a este animal porque posee dos cabezas, una en su lugar natural y otra en la cola, siguiendo en su marcha la dirección de una u otra sin necesidad de volver el cuerpo. Es la única de las serpientes que no tiene miedo al frío, siendo, de entre todas, la primera que sale (de su letargo). De ella dice Lucano (9, 719): La pesada anfisbena, que se vuelve hacia cada una de sus cabezas. Sus ojos brillan como lámparas encendidas.”
Anfisbena en el arco de la portada de la iglesia de San Miguel en Bercedo (Burgos).
La traducción correcta del nombre quiere decir en realidad que se desplaza en las dos direcciones mencionadas y no que tenga dos cabezas.
En la versión bilingüe de las Etimologías de san Isidoro, editada por la Biblioteca de Autores Cristianos, se cita el hecho sorprendente, y del que da cuenta la Vanguardia de Barcelona el 16 de septiembre de 1980, de la aparición y captura de una serpiente de dos cabezas en la provincia de Lleida, que aparentemente y por su descripción se ajusta puntualmente a la descrita por san Isidoro. Al margen del evidente error genético, se ve que a veces la naturaleza gasta esas bromas curiosas que parecen contradecir los conocimientos actuales y guiñar un ojo a los clásicos en sus alardes de imaginación.
Por lo demás, el fabuloso animal, parece que se convirtió, como consecuencia de su facultad de poder desplazarse en dos direcciones y además contrarias, en una representación del bien y del mal en casi toda Europa. En algunas culturas y épocas se dotó de alas a la parte del bien, e incluso se adoptó el color blanco para distinguirlo del lado maligno, que solía ser negro. Las alas no eran más que un recurso para describir su tendencia a ascender hacia lo celeste o espiritual, mientras que su lado negro se proveía de patas que se agarraban desesperadamente a la tierra para impedir el ascenso, imágenes que persistirán en heráldica.
Anfisbena en el arco de la portada de la iglesia de San Andrés en la localidad de Soto de Bureba (Burgos).
Lo dicho en las Etimologías es la base de los textos en los bestiarios medievales. Las representaciones suelen coincidir en términos generales, pero sobre todo en el hecho de que la cabeza del lado bueno muerde el cuello del lado malo.
Por lo demás, no se extienden en enseñanzas moralizantes, tal vez porque, salvo casos excepcionales, las serpientes no fueron animales con connotaciones positivas y por lo tanto no les mereció la pena extraer de ellas ejemplos de utilidad para la feligresía.
El ángel encargado de reprobar a la Iglesia de Laodicea porque «indolente, reposa sobre sus propias riquezas». (Beato de Fernando I y Sancha conservado en la Biblioteca Nacional de Madrid).
La representación física de un ángel, como tantas otras imágenes de la iconografía universal, conlleva la visualización de un objeto inmaterial, podríamos decir que la cristalización de un concepto subjetivo en algo visible capaz de ser entendido por el humano.
Un ángel no es más ni menos que el transmisor de la voluntad divina a la feligresía, lo que en un lenguaje más o menos místico o poético se ha venido a traducir por “mensajero”.
Como para cumplir su misión tiene que viajar normalmente desde las alturas celestiales hasta el suelo terrestre, se le dota de alas para facilitar la diligencia y rapidez en el cumplimiento de su sagrada misión; y también de un cuerpo esbelto de sexo indefinido, o mejor dicho, inexistente, entre otras cosas porque no necesitan para nada herramientas de ese tipo en su actividad profesional.
El arcángel Gabriel en la escena de la Anunciación de las pinturas murales del Panteón de los Reyes en la colegiata de San Isidoro de León.
Esta misión de trasmitir a los humanos la voluntad celestial corre a cargo, en realidad, de los estamentos clericales de todas las religiones, que son los que verdaderamente comunican a los parroquianos lo que quieren los dioses. No se sabe muy bien ni hay pruebas a cerca de cómo es este tipo de comunicación, lo cual siempre ha generado muchas dudas entre correligionarios irreverentes sobre el origen de los mandatos y las inspiraciones divinas, así que la figura del ángel viene a solucionar –o al menos a intentarlo–, las incertidumbres y desconfianzas, visibilizando milagrosamente lo inmaterial y la inmediatez de la presencia y la santa voluntad a través de una de sus teofanías.
En realidad no siempre han tenido alas los ángeles. Antes se habían representado como simples figuras humanas, eso sí, de impecable aspecto tanto en sus ropajes como en sus relamidas cabelleras. Tal vez el modelo alado tenga sus orígenes en los clásicos grecolatinos con victorias aladas o su Mercurio o Hermes de pies alados. De hecho en la Biblia, por ejemplo, nunca se mencionan las alas en las descripciones de ángeles, como por ejemplo después de la expulsión de Adán y Eva del jardín del Edén (Éxodo 3, 23-24), puso Yahveh querubines con espadas llameantes para guardar la entrada y, sobre todo, el camino que conducía al árbol de la vida, porque si probaban sus frutos vivirían para siempre.
Dos ángeles con figura humana, pero también sin alas, son enviados a Sodoma y Gomorra para destruir ambas ciudades a causa de sus iniquidades, salvando, eso sí, a Lot y a su familia de la destrucción (Génesis, 9).
En el sueño de Jacob (Gén.28, 12-13) aparecen ángeles subiendo y bajando por una escalera apoyada en la tierra y con Yahveh, en el extremo contrario, en lo alto, comunicándole que la tierra sobre la que dormía (Betel) le iba a ser concedida para él y su descendencia.
Un ángel trasmite el mensaje del que es portador a su destinatario, en este caso un durmiente, el cual suele ser personaje habitual en este tipo de escenas, pues el sueño es momento propicio para la comunicación profunda. (Biblia Legionensis, conservada en la colegiata de San Isidoro de León).
Tampoco se mencionan alas en el libro del Éxodo (12, 23) cuando Yahveh manda teñir con la sangre del cordero pascual los dinteles y las jambas de las casas de los hebreos para que el ángel exterminador pasara de largo sin matar a los primogénitos; también (en 23, 20 y ss) más adelante, Yahveh promete conducir hasta Canaan a los hebreos y protegerlos en el camino por medio de un ángel a quien habrá que obedecer porque no perdonará las transgresiones a la ley ya que actúa en su nombre.
Pero más adelante, en el libro de los Jueces (2, 1), el pueblo hebreo no ha escuchado la voz del ángel de Yahveh, es decir, no ha destruido los altares paganos ni a sus falsos dioses, y por lo tanto el ángel les anuncia todo tipo de desgracias, lo cual es la razón por la que ese lugar fue llamado “Bokim” (“los que lloran”) a causa de su iniquidad. Un poco después (Jueces 6, 11), cuando Gedeón se queja al ángel del Señor de las desgracias del pueblo hebreo por estar sometido a Madián, éste le encarga liberar a los israelíes del yugo. Gedeón duda de que pueda cumplir semejante misión, pero el ángel le promete la ayuda divina. A pesar de todo (Jueces 13, 3-16), el pueblo elegido siguió quebrantando la ley y Yahveh, como castigo, los entregó a los filisteos durante cuarenta años. Luego se ablandó y comunicó –a través de otro ángel sin alas–, a la mujer de Manoaj, de la tribu de Dan, la cual era estéril, que iba a quedar embarazada e iba dar a luz a Sansón. Manoaj, agradecido, invitó al ángel a comer un cabrito, pero le contestó que mejor se lo ofreciera a Yahveh. De todos es sabido que los ángeles, como espíritus puros que son, no tienen necesidades materiales para su desgracia.
San Miguel luchando contra el dragón infernal en uno de los capiteles del claustro de la la colegiata de Santa Juliana en Santillana del Mar, Cantabria.
En el libro I de las Crónicas, David cae en desgracia ante Yahveh por haber ordenado sin permiso a Joab realizar el censo de Israel. Pidió perdón a Yahveh pero éste mandó un ángel con la orden de destruir Jerusalén y extender la peste entre el pueblo. Pero al ángel exterminador se le fue la mano destruyendo Jerusalén, así que el propio Yahveh le dio la orden de parar la catástrofe. Finalmente todo terminó con la construcción de un nuevo altar para ofrecer holocaustos.
En el libro de Tobías (12, 15), el arcángel Rafael se declara como enviado de Yahveh: «Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que están siempre presentes y tienen entrada en la Gloria del Señor». En el de Job (33, 23), el santo paciente es asistido por un ángel mediador que diagnostica su mal, el de la ceguera (espiritual), para luego abrirle los ojos sobre sus faltas, e intercediendo por él ante Yahveh por ser hombre justo.
En el salmo 18 Yahveh inclinó los cielos y bajó: «Un espeso nublado debajo de sus pies; cabalgó sobre un querubín, emprendió el vuelo, sobre las alas de los vientos planeó».
Daniel (15, 16) es aún más explícito: «Y he aquí que una figura de hijo de hombre me tocó los labios…». Es decir, aclara que tiene la apariencia de un humano normal.
La Anunciación de Fray Angélico, conservada en el Museo del Prado de Madrid.
Con esto llegamos a la teofanía angélica más sonada de la historia iconográfica del cristianismo: el episodio de la Anunciación. El arcángel Gabriel fue el encargado de anunciar a María que iba a concebir por obra y gracia del Espíritu Santo. La escena es, sin duda, una de las más representadas del Nuevo Testamento junto a las correspondientes a la muerte de Jesucristo. El evangelista Mateo (1, 18) no cuenta directamente el episodio sino que se centra en los problemas de José al comprobar que María está embarazada sin su intervención y las oportunas aclaraciones del arcángel para tranquilizarle. Lucas, en cambio (1, 26-38), sí narra con pelos y señales el suceso y su narración sirvió de patrón para algunas de las obras más bellas de la Historia del Arte, como por ejemplo la Anunciación de Fray Angélico, donde se muestra a un arcángel en todo su esplendor, aunque con una alas añadidas que no están en el texto bíblico.
Podríamos seguir eternamente con la lista que, obviamente, terminaría en el Apocalipsis, donde ya desde el comienzo aparecen los ángeles del Señor ejecutando las órdenes de la divinidad, ya sea tocando trompetas anunciadoras de catástrofes, siete nada menos. O también derramando copas devastadoras, también siete, sobre la faz de la tierra cuyo contenido eran plagas devastadoras, o abriendo sellos tras los que se agazapan desgracias y castigos sin fin. Siempre como instrumentos de la voluntad divina que, como hemos visto, también sirven para sanar males, o proteger al piadoso creyente. Se podría decir que no hay manifestación de la divinidad sin la presencia, la mayor parte de las veces amenazante, de ángeles.
Otra de las misiones del ángel es la de trasmitir la ayuda divina que, en este caso, se traduce en sujetar la cola del dragón para facilitar la victoria del guerrero en el otro de los capiteles de Santillana del Mar.
Para san Isidoro (en sus Etimologías libro VII, 5), «los ángeles reciben este nombre del griego. En hebreo se dice “malakot”. En latín se traduce por “mensajeros” porque trasmiten a los pueblos la voluntad de Dios… Siempre son espíritus. La libertad de los pintores los representa con alas para poner de manifiesto la rapidez en cumplir cuanto se les ordena…». «Según las Sagradas Escrituras son nueve las categorías de ángeles. De menor a mayor son:
Los “Ángeles”, cuya función es la de trasmitir noticias o encargos menores.
Los “Arcángeles”, con la misión de organizar el trabajo de los ángeles menores y la de comunicar noticias de mayor calado. Famosos por sus actos son, por ejemplo, el arcángel Gabriel, cuyo nombre significa “poderío de Dios”, y que fue el encargado de comunicar a María que había sido elegida para ser la madre de Dios. El arcángel Miguel, cuyo nombre significa “quién como Dios”, fue el que se enfrentó a los ángeles rebeldes capitaneados por Luzbel que luego, ya arrojado al abismo, pasó a llamarse Lucifer. El arcángel Rafael, cuyo nombre significa “curación” y por eso fue enviado para devolverle la vista a Tobías.
Siguiendo con el escalafón en orden ascendente se encuentran las Virtudes Angélicas; las Potestades, encargadas de mantener a raya a los espíritus malignos; los Principados, que están al frente de las milicias angélicas; las Dominaciones que mandan sobre los anteriores; los Tronos, así llamados porque ante ellos está sentado el Creador y a través de ellos se trasmiten las órdenes; los Querubines, que ostentan las más sublimes dignidades angélicas y ocupan el puesto más cercano a la Sabiduría, por lo cual su nombre significa “lleno de ciencia”. Su imagen es la que se utiliza en la realización del propiciatorio del arca, como se dijo antes; y por último, en lo más alto, los Serafines, cuyo nombre viene a significar ardientes o incandescentes, debido a su proximidad con la divinidad que irradia la luz que les baña con su potente claridad. Se encargan de ocultar a la vista del resto de la cohorte angélica el fulgor de la esencia divina, demasiado potente para ser resistida sin causar daños irreparables.
Ornamentación típica en el arte islámico o árabe –de donde viene la palabra–, que después pasará al románico.
Capitel vegetal en la iglesia de Santa Cecilia de Vallespinoso de Aguilar (Palencia).
Tanto en la religión árabe como judía se prohíbe expresamente la representación figurada de Dios, como se dice en el Deuteronomio (4, 15-19): «Tened mucho cuidado de vosotros mismos: puesto que no visteis figura alguna el día que Yahvé os habló en el Horeb de en medio del fuego, no vayáis a pervertiros y os hagáis alguna escultura de cualquier representación que sea: figura masculina o femenina, figura de alguna de las bestias de la tierra, figura de alguna de las aves que vuelan por el cielo, figura de alguno de los reptiles que se arrastran por el suelo, figura de alguno de los peces que hay en las aguas debajo de la tierra. Cuando levantes tus ojos al cielo, cuando veas el sol, la luna, las estrellas y todo el ejército de los cielos, no vayas a dejarte seducir y te postres ante ellos para darles culto…» Y en (5, 8-9): «No te harás escultura ni imagen alguna, ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás culto». Todo lo cual se repite casi textualmente de nuevo en el libro del Éxodo.
Por todo lo cual, ambas culturas, particularmente la islámica, se ven obligadas a utilizar estos arabescos para enmascarar y hacer casi invisibles, en complicados grafismos geométricos y vegetales, el nombre de Dios y los distintos pasajes del Corán sobre los muros de las mezquitas.
En la etapa del románico español, y particularmente en Castilla y León, el decorado de fondo es la Reconquista, que marca de una manera clara, como no podía ser menos, todos los aspectos socioeconómicos del pueblo y, desde luego, los religiosos. Desde este punto de vista podríamos considerar la Reconquista como una lucha espiritual, con reflejo directo y abundante en la iconografía de las iglesias.
Las armas son el atributo del guerrero y de ellas se reviste para la batalla que librará contra el enemigo, que no sólo es el Maligno en particular, sino también el propio personaje que ha de luchar contra sí mismo en no pocas ocasiones por culpa de las asechanzas del demonio. Por lo cual las armas toman un valor simbólico en esta guerra de carácter marcadamente psicológico pero sobre todo religioso y espiritual.
Capitel de la sala capitular del Monasterio de Santa Cruz de Rivas de Campos (Palencia).
En su carta a los Efesios, san Pablo no deja lugar a dudas sobre el asunto. En el epígrafe titulado por el propio apóstol “Combate espiritual” (6,10-17), nos dice: «Por lo demás fortaleceos en el Señor y en la fuerza de su poder. Revestíos de las armas de Dios para poder resistir las asechanzas del Diablo. Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal que habitan en las alturas. Por eso, tomar las armas de Dios. ¡En pie, pues! ceñida vuestra cintura con la “Verdad” y revestidos de la “Justicia” como coraza, calzados los pies con el “Celo” por el evangelio de la Paz, embrazando siempre el escudo de la “Fe” para que podáis apagar con él todos los encendidos dardos del Maligno. Tomad también el yelmo de la “Salvación” y la espada del “Espíritu”, que es la palabra de Dios…»
Y lo mismo en su primera carta a los Tesalonicenses (5, 8), en este caso refiriéndose sólo a la coraza y el yelmo. Todo ello con antecedentes en el Antiguo Testamento. En uno de sus libros, concretamente en el de la Sabiduría (5, 17-20), se dice: «Tomará su celo como armadura y armará a la creación para rechazar a sus enemigos, por coraza vestirá la Justicia, se pondrá por casco un juicio sincero, tomará por escudo su santidad invencible, afilará como espada su cólera inexorable y el universo saldrá con Él a pelear contra los insensatos…» Y en Isaías (59, 17): «Se puso como Justicia la coraza y el casco de salvación en su cabeza…»
Capitel del claustro de Santa Juliana en Santillana del Mar (Cantabria). San Miguel alanceando al dragón.
Capitel del claustro de Santa Juliana en Santillana del Mar (Cantabria). San Jorge con espada atravesando al dragón.
Es preciso puntualizar aquí que, en cualquier caso, las armas son una “ayuda divina” concedida a los humanos, sin la cual es prácticamente imposible vencer al enemigo. Siempre veremos al héroe o al guerrero –sobre todo en las luchas contra los animales y monstruos que representan más específicamente al demonio– ayudado, no sólo por las armas que empuña, sino también por un ángel enviado por Dios que sujeta a la bestia por la cola o sostiene el brazo del guerrero, como en el caso de uno de los capiteles del claustro de la colegiata de Santa Juliana, en Santillana del Mar, o en las repetidas escenas de la lucha de “Sansón matando al león”, en una de las cuales –nos referimos en concreto a la representada en un capitel interior de Santa Eufemia de Cozuelos, en Palencia– se especifica aún más esta ayuda colocando en manos de uno de estos personajes una maza, arma de uso exclusivo de los reyes, en este caso Dios. En el pasaje bíblico de Sansón se dice expresamente que el poder de Dios se apoderó de su brazo.
La tradición clásica no es ajena tampoco a este hecho de la “ayuda divina”. En muchos pasajes literarios de la cultura grecolatina se narra cómo los dioses proveen de armas especiales, o con especiales poderes, a los humanos para sus batallas. Tal es el caso de la Eneida de Virgilio, por poner un ejemplo, cuando Venus pide a su propio esposo, Vulcano, que forje armas excepcionales para Eneas, que ha de combatir contra Turno.
En otro orden de cosas, ya apuntado más arriba, algunas armas pueden ser consideradas como atributos de ciertos niveles sociales. La maza, atributo del poder real, aparece ya en muchos relieves y pinturas egipcias en manos del faraón, que aplasta con ella las cabezas de los pueblos vencidos y sometidos. Lo mismo puede decirse de bastón y del cayado o báculo, atributo que simboliza el predominio de la mente sobre lo material para el que lo ostenta, quien normalmente rige los destinos del pueblo.
Capitel del claustro de Santa Juliana en Santillana del Mar (Cantabria). La “ayuda divina” explicitada en un ángel sujetando la cola del dragón.
El caballero –sobre su imprescindible montura–, suele tener como armas la espada y la lanza además de la armadura. El guerrero de a pie, en muchas ocasiones cubierto con cota de malla, a veces lleva arco y casi siempre espada. Los cazadores puñal, venablos, arco y alguna vez ballesta.
Los arcos y las flechas, consideradas éstas últimas como símbolos fálicos por muchos autores, son las armas habituales de los Centauros, que atacan indiscriminadamente, desde su violenta y desenfrenada lujuria, a todo ser vivo que se cruza en su camino, sea éste animal o humano.
Algunas armas se relacionan también con alguno de los cuatro elementos. Por ejemplo, la espada con el fuego, la lanza con la tierra y el tridente con el agua. Según esto podríamos interpretar de forma precisa el simbolismo de alguna escena de lucha entre caballeros, como la del capitel de la magnífica sala capitular del monasterio cisterciense de Santa Cruz de Rivas, en Palencia, donde uno de los caballeros combate con lanza y otro con espada. El resto de las armas defensivas son idénticas en cada uno de ellos, por lo cual podríamos deducir que lo que se representa es una escena de lucha de un personaje contra sí mismo, en la que el resultado final a dilucidar es la victoria de la mente sobre la materia, y según las correspondencias establecidas en el “cuaternario”, de la “juventud” (fuego) contra la “vejez” (tierra).
Desde antiguas culturas se conocen dos tipos de arpa, una grande, usada como instrumento fijo y apoyada sobre el suelo, de la que tenemos muchos ejemplos en la pintura mural egipcia en particular, y otra más pequeña, de mano, muy similar a la cítara y a la lira.
En la antigüedad, el arpa era un instrumento de comunicación con la divinidad que la usaba, a través de su música, como puente con el mundo terrestre.
En los países nórdicos, los dioses mitológicos la empleaban para adormecer a los humanos y atraerlos al mundo celestial, por lo que algunos héroes, particularmente los protagonistas de la Edda Poética –corpus lírico-épico del Codex Regius, cuyo original se halla actualmente en la Biblioteca Nacional de Copenhague; fue compuesto aproximadamente entre los siglos IX al XIII– pedían que se depositara un arpa en su tumba o pira funeraria, para facilitar su acceso al otro mundo.
Cenotafio de los Mártires en la Basílica de San Vicente en Ávila.
El papel del arpa como instrumento de conexión entre la tierra y el cielo sólo se produce tras la muerte. Mientras tanto es el símbolo de la eterna felicidad que el hombre busca durante su vida. Con estos antecedentes, el arpista representaría la personificación de la muerte, como en la cultura clásica, no en vano Mercurio, dios psicopompo o acompañante de las almas al más allá, es el inventor de la lira y el arpa. Con este sentido simbólico podemos encontrar una importante cantidad de representaciones de arpistas en relieves sobre sarcófagos romanos.
En el mundo celta, el arpa se relaciona con el cisne, ya que éste, precedente inmediato de los ángeles cristianos, es mensajero de los dioses y como el arpa, era el instrumento de comunicación con la divinidad.
En el románico tenemos un magnífico ejemplo que ilustra este simbolismo funerario en la basílica de San Vicente de Ávila, en un relieve incluido en el cenotafio de los Santos Mártires Vicente, Sabina y Cristeta.
Arpía en las arquivoltas de la portada de la iglesia de Santa María en Agramunt (Lleida).
Hijas de Taumas y Electra, Aelo -la borrasca-, Ocípete -la que vuela rauda y Celeno -la oscura-, eran genios malignos, demonios de la tempestad y de la muerte, monstruos con rostro femenino, cuerpo de ave y cola de serpiente o escorpión, siempre acompañadas de un olor nauseabundo. Al principio se representaban como doncellas aladas.
Su nombre, de origen griego, significa “rapaces” y, según la tradición, se dedicaban a corromper la comida de Fineo, augur invidente de Tracia, en castigo por haber asesinado a los hijos de su primer matrimonio. Dos de los argonautas le libraron del sufrimiento persiguiéndolas hasta las islas Estrófadas, en el mar Jonio. Estas islas toman su nombre, “las de la vuelta”, porque allí se reunieron para volver a cometer sus fechorías.
Capitel interior con arpías en el monasterio de San Juan de Duero (Soria).
En el libro III de la Eneida, Virgilio nos narra como Eneas, en su largo peregrinaje mediterráneo, las encuentra: …Jamás hubo monstruos tan funestos ni plaga más cruel enviada por la ira divina de las aguas estigias. Es de muchacha el rostro de estas aves; su vientre evacúa la inmundicia más hedionda. Tienen manos corvas y el hambre palidece contínuamente su faz…Una vez desembarcados en la isla, descubren, Eneas y los suyos, sendas manadas de toros y cabras -propiedad de las arpías- con los que, una vez sacrificada la parte de los dioses, se disponen a comer para reponer fuerzas, pero, los monstruos vigilaban y…De pronto las Arpías, bajando de los montes en terrorífico vuelo, hacen su aparición. Baten las alas con chirrido imponente y nos van arrebatando los manjares manchando todo con su contacto inmundo. Nos desorientan y aturden con su espantoso hedor… Se refugian los hombres al abrigo de los árboles tratando de escapar pero es imposible. Eneas ordena la defensa pero …se embotan los hierros en sus plumas y son invulnerables sus espaldas, y huyendo en raudo vuelo hacia la altura dejan medio podridos los manjares con la señal de sus impuras huellas…
Esta descripción de Homero proporciona todas las claves para entender el carácter y modus operandi de semejante monstruo, todo lo cual nos hará, a su vez, comprender su presencia en el románico.
En ocasiones las encontraremos talladas en nuestros capiteles con patas de cabra y saliendo de su boca lenguas trífidas o bífidas dirigidas hacia el suelo -en alusión a su origen telúrico-, como en varios capiteles del monasterio de Silos. A pesar de lo cual su parte de ave las define como seres celestes. Su actividad es la de atormentar constantemente a los niños y las almas, a los que suele raptar. En el canto I de la Odisea, Telémaco le comunica a la diosa Atenea el presentimiento de que su padre Ulises ha muerto pues …ya ves, las arpías, sin gloria me lo arrebataron. Ignorado, invisible ha partido y pesares y llanto me dejó… Así pues, entre otras cosas, eran además mensajeras funestas del Hades adonde transportaban las almas que raptaban, incluso, en ocasiones, se las representaba en pleno vuelo llevando en sus garras, previamente devorada, el alma del difunto. Si las circunstancias se lo impedían ensuciaban todo con excrementos malolientes a modo de venganza.
Arpía en uno de los capiteles del lado derecho de la portada de la iglesia parroquial de Revilla de Santullán (Palencia).
Otras veces se las representa con rostro masculino y tocando una lira, instrumento tradicional de comunicación con la divinidad, que a través del sonido armonioso de sus cuerdas conectaba el mundo terrestre con la morada celeste, razón por la cual, muchos héroes, sobre todo de la mitología nórdica, eran enterrados con este instrumento, pues así aseguraban su acceso al otro mundo. No es de extrañar, por tanto esta iconografía específica en muchas cerámicas y vasos griegos.
En el románico, las arpías simbolizan, en general, las bajas pasiones provocadoras de obsesivos tormentos, así como también el remordimiento y el sentimiento de culpa que sigue a la satisfación de los vicios.
Armonías maléficas de las energías cósmicas, como se les ha llamado, no había manera de ahuyentarlas, tan solo Bóreas, el dios del viento septentrional -hijo de la Aurora y Astreos-, era capaz de ponerlas en fuga con la violencia de su gélido aliento, símbolo del soplo del espíritu.
En alguna ocasión sin embargo se las ha representado custodiando el Árbol de la Vida, sujetas por dos tallos que salen de su tronco, garantizando así su vigilancia permanente, como en el caso de la iglesia parroquial de la villa burgalesa de Vizcaínos de la Sierra o en la catedral abulense de El Salvador, además de las magníficas tallas del claustro del Monasterio de Silos.
Arpía en uno de los arcos de la portada de la iglesia de San Juan del Mercado en la localidad zamorana de Benavente.
Su relación con la iconografía medieval es amplia, pues es uno de los animales fabulosos más presentes en la escultura románica. Sin embargo, tal vez por su gran parecido físico con la sirena (cabeza de mujer -a veces hombre- y cuerpo de ave), con quien se la suele confundir, toda esta abundancia representativa queda fuera de la literatura de los bestiarios, los cuales no la mencionan en absoluto. Sus únicas referencias literarias, breves casi siempre, se encuentran en los clásicos, sobre todo en Virgilio y Homero, ya mencionados. También las mencionan algunos textos posteriores, como el anónimo del siglo VIII “El Libro de los monstruos de diversas especies”, en el que se dice sobre ellas que …podían hablar las lenguas de los hombres. Siempre tenían una rabiosa hambre insaciable y arrastraban de los pies a las víctimas mientras las devoraban…
Las encontraremos siempre emparejadas en actitud vigilante en nuestros capiteles de portadas, pórticos y ventanas. A veces afrontadas con la mirada desviada lateralmente en gesto arrogante y desafiante; en ocasiones con gorro frigio, insinuando sus lujuriosas pasiones, como en la ermita de Barrio de Santa María, aquí con rostro masculino, o las de Revilla de Santullán; otras veces coronadas, hieráticas, macho y hembra, como en el Monasterio de San Juan de Duero.
Abarcamos en este epígrafe no sólo los temas referentes a la simbología de los elementos arquitectónicos del templo románico, sino también a la construcción de la propia ciudad, ambos conceptos basados desde siempre en supuestos religiosos cuya simbología se concretaba, según los casos, en diversos rituales que se llevaban a cabo ocasionalmente en las distintas fases de realización de la obra. Todo lo edificado, ciudad o templo, se hacía a imagen de un universo cósmico más amplio, morada de los dioses con los que se pretendía comunicar, para lo cual en las ciudades se construía un lugar idóneo, que era el templo y, dentro del templo, el altar.
En la mayor parte de las culturas históricas, la creación del mundo se lleva a cabo a partir de un centro que, traducido simbólicamente a la construcción de una ciudad o núcleo de asentamiento humano, significaba, como primer paso, imitando el orden cósmico, la ubicación de un punto -eje a partir del cual se extienden las distintas construcciones.
Por ejemplo, en los campamentos romanos clásicos, se trazan dos líneas cruzadas desde ese punto central en dirección a los cuatro puntos cardinales, cuyos extremos se cerrarán con las correspondientes puertas. La orientación de la planta del campamento se inicia al mediodía, cuando el oficiante, colocado sobre este eje, proyecta una sombra que ha de marcar la dirección norte-sur. De esta manera se obtenía el cardo, o bisagra sobre la que simbólicamente gira el mundo.
Cuando dicho oficiante extendía sus brazos en cruz, dando la espalda al sol, quedaba marcado el “decumanus”, cuya denominación viene de la medida aproximada de una braza, o diez manos, que tenía la sombra producida por los brazos extendidos.
En el mundo egipcio, y referido más bien a la construcción de los templos, el eje longitudinal simbólico hacía referencia al río Nilo, de importancia capital para ellos. Todos sus templos disponen de este eje único a lo largo del cual se disponen las distintas dependencias que constituyen el recinto sagrado y que, a su vez, van marcadas por distintos contenidos simbólicos en cuanto a su disposición y ubicación, en función de las características solares o telúrico-mistéricas del dios al que estuviera dedicado el templo.
Templo de Filae dedicado a Isis en el lago Nasser (Egipto).
Refiriéndonos, en general, a la situación, no sólo de los núcleos poblacionales, sino particularmente a la de los templos donde se celebraban cultos desde tiempo inmemorial, es necesario apuntar la coincidencia de los emplazamientos a lo largo de las distintas etapas, ya desde la misma Prehistoria. Casi todos los edificios o ámbitos religiosos se ubican sobre otros anteriores, lo cual es demostrable desde la propia arqueología, donde es frecuente comprobar cómo muchas iglesias románicas se construyen o levantan sobre cimientos mozárabes, visigodos, celtas o romanos y, en bastantes casos, reaprovechando algunos materiales procedentes del edificio anterior. De la misma manera que algunos pueblos y villas actuales tienen cerca yacimientos y cuevas prehistóricas –como Santillana del Mar, por poner un ejemplo–, cuya iconografía se reproduce luego en templos de siglos o milenios posteriores. Como apunta Manuel Guerra en su libro sobre Simbología Románica, es evidente que existe una memoria colectiva sobre los lugares mágicos o sagrados en los que se construyen los templos –y cerca de ellos los asentamientos y villas– a lo largo de la historia de las distintas culturas.
A todo esto no es ajeno el hecho de que mayoritariamente, y siempre que las condiciones del terreno no lo impiden, las iglesias en general y las románicas en particular, suelen construirse sobre lugares más elevados que el resto de los edificios circundantes o, si esto no es posible por las características orográficas de la zona, levantando los muros algo más de lo normal, de forma que el edificio destaque por su altura, de la misma forma que también se procura hacer destacar la casa de Dios de las de los hombres empleando materiales de más calidad y dispuestos más cuidadosamente desde el punto de vista ornamental.
Iglesia de San Pedro en Amusco (Palencia).
Se trata de una constante en todas las religiones y culturas de características solares, donde los dioses tienen su morada en la bóveda celeste, o en lo alto de un monte o “montaña sagrada”. Todo el mundo recuerda el monte Olimpo, morada de los dioses de la mitología clásica. El calificativo de “Altísimo” para referirnos a Dios abunda en ese mismo sentido.
Por otro lado, es evidente que la comunicación con esos dioses se ve enormemente favorecida por una ubicación más elevada, al margen de que así la “casa de Dios” destaca de una manera natural sobre las demás, como ya hemos apuntado.
La orientación del eje longitudinal de las iglesias románicas es otro de los hechos puntuales a considerar, en cuanto al contenido simbólico de la arquitectura religiosa. Hay antecedentes históricos en casi todas las culturas, en las que fundamentalmente se busca una dirección enfocada hacia el punto donde habitan los dioses. Hacia allí se dirigían no sólo las oraciones sino también los propios edificios. El caso más cercano sería el del mundo musulmán, donde los mencionados edificios religiosos, y sobre todo las oraciones, siempre se orientan con la mirada puesta en la Meca. En el ámbito judío, las sinagogas se orientan hacia el templo de Jerusalén y, alejándonos aún más en el tiempo, los egipcios sitúan simbólicamente el eje longitudinal de sus templos hacia el lugar por donde salía el sol el día de la festividad del dios a quien se dedicaba el edificio, procurando además, en la mayoría de los casos, que el primer rayo solar iluminara ese día la estatua del dios correspondiente.
En el románico todas las iglesias se orientan en el eje este-oeste, quedando la cabecera siempre al este, y recibiendo la primera luz del sol, símbolo de Dios materializado en la Luz que ilumina el camino, en ese primer rayo del sol que rasga las tinieblas nocturnas, a su vez símbolo del pecado.
En muchos casos incluso, esa orientación se marcaba a la salida del sol del día en que se celebraba la festividad del santo al que se iba a dedicar la iglesia. Los paralelismos con la cultura egipcia, recién mencionados, son evidentes, y éste no será el único caso, como iremos viendo.
Es necesario recordar aquí que el cristianismo, religión de carácter universal, emplea en su estructura simbólica y teológica elementos procedentes no sólo de religiones de tipo solar, sino también de las de tipo telúrico, recogidos con el ánimo de unificar y hacer familiar en su práctica al mayor número posible de adeptos que, en muchos casos, provenían de ideas religiosas diferentes. De esta manera el cristianismo, en su ánimo expansionista, pretendía constituirse en punto de encuentro cuajado de afinidades para todos. Por todo ello, en el templo románico se hace acopio de elementos arquitectónicos de ambas procedencias.
Cabecera de la Basílca de San Vicente en la ciudad de Ávila.
En lo que se refiere a las características solares podemos destacar todos aquellos elementos circulares, trasposición simbólica de la propia esfera celeste –semiesférica para la experiencia visual directa– considerada como morada de Dios.
Los ábsides, salvo contadas excepciones son todos semicirculares. En su interior se sitúa la parte más significativa del templo, pues en ella se ubica el Altar, es decir, el lugar donde Dios baja para comunicarse con los hombres, donde Dios reside en la tierra y donde, no por casualidad, se recibe el primer rayo de sol del día, anteriormente mencionado.
Iglesia de la Abadía de San Quirce (Burgos).
Las habituales bóvedas de cuarto de esfera que cubren estos ábsides semicirculares, abundan en este mismo simbolismo. Lo mismo que las cúpulas semiesféricas que cubren los cruceros, las cuales, en muchas ocasiones, disponen la fábrica de sillares de piedra de forma circular, imitando el movimiento de los astros en el firmamento nocturno. No es difícil comprobar cómo, a veces, las propias estrellas van pintadas sobre un fondo azul en estas cúpulas para concretar aún más, si cabe, este significado. Tampoco es extraño ver en algunas de estas cúpulas un óculo por donde penetra la luz, o una clave en su centro, símbolo de la estrella polar alrededor de la cual giran todas las demás estrellas. En esta clave se suele tallar algún símbolo específico de la divinidad como el “Cordero” o el propio “Crismón”.
Hemiciclo absidal de la iglesia de Siones (Burgos).
Desde la cúpula hasta el “altar” hay una línea vertical imaginaria que marca el camino recorrido por Dios desde la morada celeste (cúpula) hasta su morada terrestre, donde se comunica con los hombres y que, en contraposición al círculo formado por la base de la cúpula, tiene planta cuadrada, para simbolizar a la tierra. En medio de ambos elementos –terrestre y celeste–, están las trompas, que sirven para facilitar la transformación del cuadrado en el círculo, base de la semiesfera celeste. Estas trompas suelen adornarse habitualmente con el Tetramorfos, símbolo de los Evangelistas, sobre los que se descarga la responsabilidad de difundir la doctrina que viene de lo alto, lo cual no deja de ser un fiel paralelismo del juego de descargas y apoyos de los distintos elementos que intervienen físicamente en el diseño arquitectónico.
La bóveda de cañón que cubre las naves alude de nuevo a este simbolismo solar como elemento arquitectónico, lo mismo que el arco de medio punto, importado de Roma, imprescindible en el diseño de puertas y ventanas, donde se especifica y aúnan al mismo tiempo el diseño solar del arco mencionado y el “cuadrado”, símbolo de lo terrestre, situado bajo el semicírculo superior, como la tierra con respecto al cielo. A veces, este semicírculo de las ventanas, pero sobre todo de las puertas, se adorna con un tímpano en el que se tallan escenas alusivas a la divinidad, o a la manifestación de la majestad de Dios, como por ejemplo el Pantocrátor, aunque sin excluir otras, pero siempre relacionadas con temas específicamente religiosos y normalmente bíblicos. Son bastante habituales, además de los mencionados, las representaciones del Tetramorfos que suelen acompañar al Pantocrátor, los “veinticuatro ancianos del Apocalipsis”, la escena de la “Coronación de la Virgen”, –como en Gredilla de Sedano, en Burgos–, escenas del “Juicio Final” –sobre todo en las fachadas orientadas al oeste, por donde se pone el sol, lugar escatológico por excelencia y asunto ya muy propio de los momentos en los que se inicia la transición al gótico–, y por último, algunas representaciones de la Jerusalén Celeste, símbolo de la mansión divina que acogerá a los justos en la vida eterna.
Tímpano en la iglesia de Moradillo de Sedano (Burgos), con los «Veinticuatro Ancianos del Apocalipsis».
Los antecedentes de las características terrestres o telúricas del templo románico son remotos. Las culturas prehistóricas, dominadas por el sistema matriarcal, –donde la “Madre Tierra”, como diosa dominante, tienen un papel de vital importancia–, son el origen.
La experiencia diaria –que constataba como el mundo vegetal circundante, del cual dependía su existencia, brotaba de la tierra, al igual que el “agua” imprescindible para la propia vida–, impuso en estas sociedades primitivas un conjunto de rituales mágicos, utensilios e iconografía, enfocados al culto de la “Madre Tierra”, cuya identidad femenina caracteriza a las diosas de estas culturas de origen telúrico.
Estas características terrestres que perviven, como ya hemos visto, en la memoria subconsciente de los pueblos, van cristalizando, a lo largo de la historia y desde los espacios mágicos de las cuevas prehistóricas, en las catacumbas y sus enterramientos, en las iglesias rupestres y, al fin, en las criptas de muchos templos románicos, en las que se suelen enterrar santos a los que se venera y rinde culto, como se vio. pero siempre en este nivel inferior, bajo tierra. Sólo a la divinidad se le rinde este culto a partir de los niveles arquitectónicos superiores en los que se encuentra el altar.
Panteón de los Reyes en la Basílica de San Isidoro en la ciudad de León.
En otras ocasiones, las criptas toman entidad simbólica como tales porque allí brota un manantial, elemento telúrico –y por lo tanto pagano– que el cristianismo no tiene más remedio que asumir dada la importancia vital del agua en todas las culturas y su profundo arraigo tradicional y cultural.
La doctrina oficial cristiana se apoya en las propiedades regenerativas del líquido elemento, en la limpieza del pecado original a través de él y, en definitiva, en considerar al agua como fuente de vida espiritual y eterna, para crear todo un entramado teológico y ritual de purificación que cristianiza, al tiempo que elimina, cualquier rastro de desviación.
En cuanto a los elementos arquitectónicos de origen terrestre que componen el templo románico, hay que señalar, en primer lugar, la propia planta del edificio, basada en el “cuadrado”, símbolo de la “tierra” desde tiempos remotos.
Normalmente esta planta rectangular se compone, o dispone, en cuadrados sucesivos. Con respecto al semicírculo absidal –casa de Dios en la tierra– la nave es el espacio del templo destinado a los hombres, que dirigen su mirada hacia la parte más iluminada del edificio, que es el presbiterio, ya que el resto suele quedar en penumbra debido a la premeditada ubicación y tamaño de las ventanas. Se crea de esta forma un ambiente que invita, no sólo al recogimiento interior, sino también, y de forma inconsciente, a fijar la atención sobre el centro de interés máximo que es el altar.
Las plantas basilicales, más desarrolladas, y sobre todo las de cruz latina, basan su diseño en los cuatro ríos que cruzan el Paraíso, los cuales parten desde un centro –que en el edificio religioso corresponde al crucero– y se extienden en la dirección de los cuatro “puntos cardinales”. Como dice el Génesis (2, 10-14):«Del Edén salía un río que regaba el jardín y desde allí se repartía en cuatro brazos. El uno se llama Pisón, que rodea el país de Javilá, donde hay oro. El oro de aquel país es fino. Allí se encuentra el bedelio y el ónice. El segundo río se llama Guijón: es el que rodea el país de Kus. El tercer río se llama Tigris: es el que corre al oriente de Asur. Y el cuarto río es el Éufrates». Es el mismo patrón de diseño que se emplea en los claustros de los monasterios.
Claustro del Monasterio de Santo Domingo de Silos (Burgos).
Otro de los elementos arquitectónicos del templo románico es la torre, donde habitualmente suelen ir colocadas las campanas. En muchos casos la torre puede considerarse como un volumen de claras funciones defensivas, empleado sobre todo como atalaya desde la que se puede divisar mejor al posible enemigo. No obstante, este cuerpo de características verticales, participa del contenido simbólico de “Ascensión Espiritual” como veremos más adelante.
Las escaleras ascendentes marcan físicamente una dirección que habrá de transformarse en espiritual para el creyente, pero no sin el esfuerzo de subir peldaño a peldaño hasta lo alto, aunque con el premio de alcanzar con la mirada otras perspectivas más amplias que las puramente terrenales, por no hablar de una mejor visión que nos permite identificar más fácilmente al enemigo espiritual.
Las campanas que suenan desde lo alto de la torre son el instrumento usado por Dios para convocar al creyente a la casa común.
En definitiva, podríamos decir que la iglesia románica, y siguiendo tradiciones anteriores, se construye imitando el modelo cósmico de la creación, constituyendo una conjunción de elementos celestes y terrestres donde Dios habita entre los hombres: Me harás un santuario para que yo habite en medio de ellos. Lo haréis conforme al modelo de la Morada y al modelo de todo su mobiliario que yo voy a mostrarte. (Éxodo, 25, 8-9).
La dualidad básica sobre la que se fundamenta la doctrina cristiana medieval, es decir, los dos principios del Bien y del Mal y su lucha constante, tienen su materialización gráfica en dos niveles superpuestos. Debajo quedan la tierra, el hombre, lo material, los trabajos que ocupan al hombre desde el pecado original y el propio pecado. Por encima está el mundo celeste, lo inmaterial y espiritual y, en definitiva, Dios. Es evidente la necesidad para el hombre, compuesto de materia y espíritu, de ascender y valorar más precisamente este atributo que le puede acercar al nivel superior, donde se encuentra la morada de los dioses o de Dios. Si la actitud, al plantearse esta ascensión, viene marcada por el pecado de la soberbia, las consecuencias pueden ser catastróficos: Ahí tenemos como ejemplo lo que sucedió con la torre de Babel, o también el resultado trágico con que se resuelve el mito de Ícaro. Por el contrario, si la virtud de la humildad marca el deseo de acercarse a los dioses, o a Dios en el caso del cristianismo, este resultado es esperanzador para el creyente.
En mayor o menor medida todas las religiones se suelen hacer eco de esta necesidad de ascensión, plasmada de muy diversas maneras según las distintas culturas. Numerosos ejemplos jalonan el texto bíblico, como el de Jacob, que en sueños ve como los ángeles suben y bajan por una escalera que comunica el cielo con la tierra.
Torre de Pisa.
Gráficamente, además de la mencionada escalera, están implicados en esta ascensión espiritual muchos y variados objetos simbólicos que representan, por su verticalidad direccional, esta idea. Podríamos citar como ejemplo la montaña, el árbol, la cruz, las aves en vuelo, etc., los cuales se plasmarán en la iconografía románica de manera habitual.
Al margen del ascenso del alma que sale del cuerpo del difunto –y sube, a veces en forma de ave y otras ayudada por ángeles que le transportan en un “cellum”, escena más bien de carácter escatológico–, la iconografía románica suele emplear la misma composición clásica que la del mito de Ganimedes, el cual, a causa de su belleza, fue raptado por el propio Zeus, disfrazado de águila, para convertirlo en copero de los dioses. En muchos capiteles veremos como un personaje central es elevado normalmente por dos águilas, a las que sujeta por sus cuellos y flexionando al mismo tiempo las rodillas para dar la sensación de movimiento ascendente.
El mito de Alejandro en la iglesia de Revilla de Collazos (Palencia).
Desde el punto de vista de la composición, la escena también se relaciona con la protagonizada por Alejandro Magno. No obstante, las intenciones del héroe estaban bastante alejadas de la actitud humilde con la que uno se debe acercar a los dioses, según prescriben todas las religiones. Antes bien, Alejandro pretendía, desde su soberbia, contemplar los extensos dominios conquistados, lo que provocó el rechazo de éstos dioses y la orden de descender inmediatamente.
Dentro de la iconografía de la ascensión espiritual, podríamos también incluir a todas aquellas figuras humanas talladas o pintadas en la postura de los Orantes, es decir, con los brazos elevados y dirigidos hacia el cielo, donde a veces, para evocar el matiz celeste de la escena, se suele representar al sol y algunas estrellas. Esta postura es típica de la iconografía de “Daniel en el foso de los leones”.
En general en estos casos, la actitud de humildad y la oración, solicitando fundamentalmente la “Ayuda Divina”, es la que favorece el acercamiento del hombre a los niveles superiores.
La entrada de Jesús en Jerusalén. Pintura mural de la ermita de San Baudelio de Berlanga (Soria), actualmente en el Indianápolis Museum of Art (USA).
Casi siempre denostado a todo lo largo de su historia en Occidente, en las culturas orientales el asno es justo lo contrario.
En la antigua Grecia el asno estuvo asociado al culto de Ceres y más tarde al de Dionisos, a quien transportó en su cuna. Fue objeto de sacrificios rituales que, aunque no frecuentes, se remontan a tiempos muy antiguos, como es el caso de los ritos apolíneos de Delfos, aunque otras tradiciones desplazan su origen a las regiones hiperbóreas, donde Perseo, en una de sus visitas, sorprendió en plena hecatombe, la cual producía gran regocijo en Apolo al ver éste la lubricidad de los animales al ser sacrificados (décima Pítica de Píndaro); y lo mismo sucedía en Lampsakos, donde eran inmolados a Príapo.
En Micenas los sacerdotes se cubrían con testas de asnos para llevar a cabo los ritos sagrados y a veces aparecían con una cruz egipcia de la vida en una de sus manos.
Capitel interior del presbiterio de la ermita de Santa Cecilia en Aguilar de Campoo. (Palencia).
En la India y en China el burro era montura de los seres celestes, dioses y príncipes. En Egipto estaba relacionado con el dios Set, y para cuando Esopo visitó la tierra de los faraones ya se podían encontrar en sus papiros variadas representaciones de asnos tocando instrumentos como el arpa, la flauta o la lira, -tal como veremos en uno de los canecillos de Frómista-, para representar o simbolizar lo absurdo e imposible; como dijo Philippe de Thaun en el “Libro de las Criaturas” (siglo XII), para describir a los ineptos pretenciosos: …incapaces como los asnos para tocar el arpa…
Asno tocando la lira. Canecillo de la fachada oeste de la iglesia de San Martín de Tours en Frómista, Palencia.
En Caldea también se reprodujo esta iconografía asiduamente, como lo demuestran algunas placas de bronce halladas en la ciudad de Ur en excavaciones de comienzos del siglo pasado. Es fácil deducir que probablemente de ahí venga el matiz peyorativo que aún aplicamos a este animal, el cual, a pesar de lo dicho, aparece en la Biblia con notable protagonismo, como vemos ya en el Antiguo Testamento:
En el Éxodo (34, 20) se dice: …El primer nacido de asno lo rescatarás con una oveja y si no lo desnucarás, ya que todo primer nacido macho es mío, sea vaca u oveja…
En Isaías (1, 3): …Conoce el buey a su dueño y el asno el pesebre de su amo, mientras que Israel no conoce, mi pueblo no discierne…, palabras que asocian a ambos animales con la lealtad y el reconocimiento de la jerarquía, no en vano ambos aparecerán en la escena del Nacimiento de Jesús en Belén.
En Zacarías (9, 9): …¡Exulta sin freno, hija de Sión, grita de alegría, hija de Jerusalén! He aquí que viene a tí tu rey, justo él y victorioso, humilde y montado en un pollino, cría de asna… Por primera vez se asocia al asno con la humildad y precisamente en una profecía que tendrá lugar en el Nuevo Testamento al comienzo de la Pasión de Cristo.
En el Libro de los Jueces (15, 14-20), se narra el episodio en el que Sansón mata a mil hombres con una quijada de asno aún fresca, apreciada en la tradición oriental por su gran dureza, cualidad también asociada y por la cual, no casualmente, Yahveh pone a su alcance cuando la fuerza divina se apodera de Sansón para amontonar a los mil filisteos con quijada de asno. Ambas palabras (amontonar, apilar cadáveres, en hebreo jamar y asno, en hebreo jamôr) son confundidas aquí en un singular juego de palabras no exento de intención. En cuanto a su dureza y propiedades, tendrán ambas su reflejo posterior en el “Libro de la utilidad de los animales” de Ibn al Durayhim cuando se dice …la piedra de enorme dureza que se halla en la quijada del asno doméstico, limada tiene propiedades curativas diversas, entre otras para la rabia y contra los venenos…
En el episodio de Balaam, -adivino pagano que fue llamado a presencia de Balac, rey de Moab, para maldecir al pueblo israelita-, la burra que montaba avisa a éste de la presencia de un ángel del Señor, visible para el animal pero no para Balaam, es decir, la pollina tiene el conocimiento, ve. Y como se dice en el Libro de los Provervios, …el espíritu de Dios reposa sobre el humilde, sobre el pacífico y sobre el que tiembla con mis palabras…, en clara alusión a las cualidades del jumento.
La burra de Balaam. Capitel de la portada oeste del Monasterio de San Zoilo en Carrión de los Condes, en Palencia.
En el Nuevo Testamento son ya conocidas las escenas de la huida a Egipto, la presencia del asno en el portal de Belén y en la entrada de Jesús en Jerusalén, al cual transporta como lo hacía en las culturas orientales con los dioses y personajes reales, como vimos antes. Dichas escenas son representadas amplia y repetidamente en capiteles y portadas del románico en toda Europa.
De esta manera y por su popularidad, el asno, en la tradición de la Iglesia griega fue denominado Cristóforo, o Portador de Cristo, de donde viene el nombre de Cristóbal, el cual llevó a un niño sobre sus hombros para ayudarle a vadear un río. Extrañado Cristóbal por el enorme peso del infante a pesar de su apariencia menuda, le preguntó con extrañeza por dicha anomalía, a lo que éste contestó que era Jesús y que, a su vez, llevaba sobre sus hombros el peso del mundo.
Como casi todos los animales, el asno tiene su lado negativo, al margen de lo ya dicho. También sirve de montura a los dioses maléficos en la India, como es el caso de Nairrita, guardián del mundo de los muertos. Parecido es el caso de Egipto, donde un asno rojo se interpone al paso del alma en su viaje por el mundo de las sombras.
Asno en la escena de la entrada de Jesús en Jerusalén. Relieve en la iglesia parroquial de San Ginés de Francelos (Ourense).
Sus grandes orejas simbolizan el acercamiento a las tentaciones mundanas, a los ruidos terrenales más que a los espirituales desde que Apolo sustituye las orejas del rey Midas por otras de burro, ya que éste prefirió la música de la flauta de Pan antes que la del templo de Delfos.
Puede conducir, pues, el asno, a quien cabalga sobre él si no lo domina, a situaciones peligrosas para el alma del creyente, que se deja guiar por la molicie y los asuntos mundanos.
En los bestiarios medievales en general, se le describe como asinus, o sea, animal de silla para ser montado, porque fue domesticado por el hombre para este fin antes que los caballos. En la mayor parte de los casos es un animal lento, sin inteligencia y fácilmente amansable; acepta trabajar y apenas le domina la pereza.
Pasado el período iconoclasta, comienza cronológicamente la etapa del románico en España, marcada, entre otras cosas, por la llegada de la orden de Clunny, la cual insufla nuevos aires en la difusión de la doctrina de la Iglesia. A partir de aquí se desarrolla con fuerza renovada la iconografía que, en el románico, será la pieza clave de trasmisión de la doctrina.
A su desarrollo no es ajeno el auge que adquiere el culto a los santos en estos momentos, pues la difusión de sus vidas ejemplares fue uno de los instrumentos para adoctrinar a los fieles en la vida cristiana de una manera práctica.
No importaba agrandar o, incluso, inventar tremendos y hasta rocambolescos episodios hagiográficos si al final se conseguía el efecto moralizante deseado. El pueblo, en su ignorancia, tenía la tendencia natural a creérselo todo, y cuanto más increíble o milagroso fuera lo que se contaba de algunos santos, más creíble y mejor para los fines que el estamento clerical buscaba.
Apóstoles del friso de la fachada oeste de Santiago en Carrión de los Condes (Palencia).
El uso de los atributos personales en la iconografía cristiana proviene de culturas anteriores, como veremos, y sirve fundamentalmente para identificar a determinados personajes por medio de objetos y características específicas que, incluso a veces, pueden llegar a sustituir a dichos personajes. De todos son conocidas las “alas” de la Victoria, o el “tridente” de Neptuno, o la “balanza” de la Justicia o las “llaves”.
El cristianismo se hace eco de esta tradición y muy pronto comienzan determinados personajes a ostentar estos atributos que les caracterizan como santos. El primero de ellos es el nimbo o aureola que rodea su cabeza, motivo iconográfico que tiene origen en el antiguo Egipto, desde donde pasó posteriormente a Grecia y Roma. Servía entonces para destacar la figura de algunos faraones y emperadores, y significar, de esta manera, su primacía sobre el resto del pueblo.
Beato de Fernando y Sancha. Apocalipsis 3, 14. El ángel de la Iglesia de Laodicea.
En el siglo IV ya aparecen Cristo y la Virgen con este nimbo circular de evidentes connotaciones solares o celestes. Los santos y los ángeles lo harán a partir del siglo VI. Para los profetas del Antiguo Testamento se usará, en cambio, un nimbo de tipo poligonal, mientras los personajes aún vivos ostentarán uno cuadrado, para distinguir claramente lo terrestre, implícito en el cuadrado, de lo celeste simbolizado en el círculo.
A partir de este momento, los personajes santificados por la Iglesia, empiezan a distinguirse unos de otros mediante el uso de atributos y características individuales o generales, en muchos casos basadas en episodios concretos de sus vidas, tales como la “palma” que utiliza el colectivo de mártires. Los Apóstoles eran representados con túnica y manto, además del rollo, típico de los primeros tiempos y que luego, a partir de finales del siglo XII, se cambiará por el libro. Los obispos y otras jerarquías llevaban siempre sus hábitos distintivos, y los primeros, más concretamente, la “casulla” y el “báculo”, a los que se añade la “mitra” en el siglo XIII. Las vírgenes iban con la cabeza descubierta, mientras las casadas llevaban túnica y manto que les cubría la cabeza.
Todos estos atributos de tipo general empiezan pronto a complementarse con otros de carácter más individual, basados normalmente en leyendas de tradición oral que, posteriormente, a mediados del siglo XIII, son recopiladas todas en “La Leyenda Dorada” de Santiago de la Vorágine, obra que circuló ampliamente por casi todas la bibliotecas y “scriptoriums” de los monasterios en el mundo cristiano.
Lateral derecho de la portada de la iglesia de Santa Marta de Tera (Zamora) con el Apóstol Santiago.
Es reseñable como ejemplo, por su popularidad en esta época del románico, la representación de san Pedro, con barba corta y llaves –las llaves del Reino–, o san Pablo, con barba larga y oscura, o san Juan, joven y barbilampiño, o Santiago, a veces con los atributos característicos de los peregrinos, es decir, con capa, esclavina y una concha adornando el zurrón que le cuelga del hombro. A san Miguel se le representa siempre alanceando el dragón, aunque también le vemos sujetando el fiel de la “balanza” en la escena de la “psicostasia”. San Jorge, que también acosa al dragón, lo hará indistintamente con lanza o espada. Y en cuanto a lo que se refiere a los mártires, se les suele acompañar normalmente con los instrumentos de su tortura y muerte, que suelen ser muchos y variados, habida cuenta de la retorcida y siniestra mente, no sólo de los torturadores, sino también, a veces, de los propios hagiógrafos.
Árbol con aves en el Bestiario de Oxford. Manuscrito Ashmole 1511 de la Biblioteca Bodleian.
Bajo este epígrafe genérico se engloban todos aquellos seres alados que por su estado de deterioro son imposibles de identificar por sus particularidades físicas o se encuentran dentro de escenas en las que el interés simbólico se centra en la narración iconográfica. Hay aves bebiendo o comiendo frutos, -piñas o racimos de uvas- símbolo tradicional del alma del creyente invitada al banquete eucarístico, además de evidente referencia al Nuevo Testamento en el que Jesús incita al creyente a no preocuparse de las cosas materiales porque, así como Dios provee del alimento necesario a las aves del cielo ¿qué no hará con ellos?…
Aves en el tapiz de la Creación de la catedral de Girona.
Hay aves afrontadas sobre sí mismas o sobre árboles que a veces pueden ser el Árbol de la Vida, en actitud de custodia del elemento sagrado, o simplemente en una posición de símetría ornamental, corriente en el románico.
Otras enredadas en los tallos de un árbol del que pican frutos, reminiscencias de la escatología musulmana que narra cómo las almas de los difuntos -blancas o verdes las de los bienaventurados, negras las de los condenados- esperan a la entrada del Paraíso el momento en el que han de ser juzgadas.
Aves de cuellos cruzados, con la cabeza entre las patas -normalmente zancudas-, o picándose las patas unas a otras, o luchando denodadamente por liberarse de los tallos vegetales que las aprisionan, símbolos de los condenados por el pecado de la ira y la envidia, desesperados por su condenación eterna.ç
Aves con los cuellos enredados picándose las patas en una arquivolta de la portada sur de la iglesia de Santa María de Uncastillo en Zaragoza.
Y las hay, en fin, atacadas por cuadrúpedos diversos, símbolos del pecado que ataca al alma del creyente.
No obstante, la representación más significativa de las aves es la que simboliza el alma, tal vez por su capacidad de volar, es decir, de ascender hacia lo alto, lo que también le faculta para ser reconocida como mensajera de los dioses. Así como las religiones telúricas se apoyan en la serpiente como representación del alma, ya que sale de la tierra, por lo que después de la muerte vuelve a ella, para las religiones celestes, era el ave -aire, espíritu-, la representación del alma, la cual ascendía hacia lo alto mientras el cuerpo descendía a la tierra.
Pintura mural con un ave sobre un orante en la abadía de San Quirce del Pedret en Solsona (Lleida).
En el antiguo Egipto el alma humana se llamaba Bai y su jeroglífico era un ave con cabeza humana. Si llevaba los dos brazos levantados se consideraba como el doble del difunto. Lo mismo ocurre en las culturas centroasiáticas y en la prehistoria europea, en las que se suele representar dos aves posadas en las ramas del árbol del mundo para simbolizar las almas de los ancestros. En Siria el alma será un águila, de la misma manera que en Roma, donde se soltaba un águila en la pira funeraria de los emperadores en el momento de iniciar la cremación.
En el cristianismo se continúa con esta tradición del ave-alma, aunque otras muchas veces se simboliza por medio de una cabeza, busto o pequeña figura que parece salir del cuerpo del difunto para ascender sobre un paño o cellum sujetado por dos ángeles o incluso transportada por un ave, como en el caso de uno de los capiteles de la parroquial de Castrillo de Onielo, en Palencia.
Página de un Beato conservado en el monasterio de Silos (Burgos) con las almas de los degollados por Cristo en forma de aves.
El ánima, por sus características, es casi sinónimo de aéreo o espiritual, por lo que la representación de ésta por medio de un ave es, podríamos decir, intrínsecamente apropiada.
Escena de la creación de las aves en el Bestiario de Oxford. Manuscrito Ashmole 1511 de la Biblioteca Bodleian.
En cuanto a los bestiarios, casi todos incluyen un apartado genérico para las aves, además del específico, y en él se determinan sus características generales, tan variadas como su aspecto o sus costumbres o tamaños. No obstante muchos de ellos suelen especificar que …se llaman aves a las que vuelan al azar pero no en línea recta. A las que vuelan hacia lo alto y ascienden por su esfuerzo y gracias a sus alas se las llama animales alados y volátiles a aquellas otras que emprenden el vuelo rápidamente, pues volar para ellas es como caminar para los hombres. Sus alas, a las que van fijadas las plumas, son las que les permiten volar. Alado viene de estar suspendido en el aire y, en efecto, los volátiles se abandonan en el aire y se mueven gracias a sus alas… (Etimologías de San Isidoro).
El avestruz. Folio 35 v. del Bestiario de San Petersburgo.
Por desgracia la imagen que ha llegado hasta nuestros días del avestruz es la del ave estúpida que oculta la cabeza en un hoyo o matorral ante la llegada del cazador, creyéndose así invisible.
Pero no siempre ha sido así. En las culturas orientales éste ave estuvo tradicionalmente asociada a lo celeste, pues se consideraba que había sido favorecida por influencias astrales de signo positivo, por lo que no es difícil verla representada junto a grafismos solares.
San Isidoro de Sevilla da cuenta en sus “Etimologías” (XII, 7-20) del origen de su nombre, que proviene del griego “struthio” y añade que “tiene alas pero nunca se eleva sobre la tierra como las demás aves. No se preocupa de incubar sus huevos. Los deposita sobre la arena y deja que el sol los caliente. Cuando llega el momento de la eclosión, regresa, advertida por la estrella Virgilia, y trae a la vida a los polluelos con su ardiente mirada”, razón por la cual, con el tiempo, el avestruz fue comparada con el pecador descarriado que retoma sus obligaciones religiosas y morales, eso sí, inspirado por la gracia de Dios, al igual que el ave es inspirada por la estrella mencionada. Aunque para Guillermo de Normandía es paradigma del hombre de bien que abandona los asuntos terrenales para ocuparse solo del espíritu.
Sin embargo y a pesar de lo dicho, en el Libro de Job (39, 13-18) no se trata con benevolencia a nuestra ave: “En tierra abandona sus huevos / en el suelo los deja calentarse y se olvida de que alguien puede aplastarlos con sus pies / o cascarlos una fiera salvaje. / Es dura para sus hijos cual si no fueran suyos, / por un afán inútil no se inquieta. / Es que Dios la privó de sabiduría y no le dotó de inteligencia. / Pero en cuanto se alza y se remonta se ríe del caballo y su jinete.”
Avestruces en el bestiario de Oxford. Manuscrito Ashmole 1511 de la Biblioteca Bodleian. En ambos casos se aprecia una similitud notable propia de la copia habitual de manuscritos en la época.
Por otro lado, el abandono de los huevos, que para unos es motivo de pereza y despreocupación, para otros es comparación inequívoca del abandono, por parte del monje, de las preocupaciones terrenales entre las que se incluyen no solo las económicas, sino también las familiares, reflejadas en los votos de pobreza, castidad y obediencia.
En cambio, cuando el ave recala en los bestiarios medievales, lo hace con el nombre de Assida ó Strictecamelón para los griegos, o Structio para los latinos, corrigiendo así a san Isidoro de Sevilla. El nombre griego parece derivar de sus patas unguladas, muy parecidas a las del camello.
Por lo demás, suelen insistir particularmente en su lado positivo, ya que si se olvida de sus huevos es porque deja atrás las cosas del mundo para perseguir las celestiales, como quedó dicho. Ya lo apuntó el apóstol sobre sí mismo: “Olvidando lo que queda atrás, trato de alcanzar el premio establecido de la llamada de lo alto”; o Jesús en el evangelio: “Deja que los muertos entierren a sus muertos, pero tú ven y sígueme.”
Se cuentan, además, algunas otras historias que no terminaron de cuajar, sobre todo por las alocadas invenciones zoológicas de algunas mentes calenturientas medievales con excesivo afán moralizante, como aquella que asegura que los polluelos no podían romper los huevos para salir a la luz si no fuera por la ayuda de los padres que reblandecían la cáscara con su propia sangre. Ello desemboca en la típica comparación del avestruz con Cristo, que también derrama su sangre para la salvación de los pecadores y también rompe la piedra del sepulcro para ascender a los cielos y sentarse a la derecha de su Padre.
Hay sólo 1 comentario.
An impressive share, I just given this onto a colleague who was doing a little analysis on this. And he in fact bought me breakfast because I found it for him.. smile. So let me reword that: Thnx for the treat! But yeah Thnkx for spending the time to discuss this, I feel strongly about it and love reading more on this topic. If possible, as you become expertise, would you mind updating your blog with more details? It is highly helpful for me. Big thumb up for this blog post!
http://www.borvestinkral.com/