ROMÁNICO
VIAJES
Maqueta de un barco, conservada en el Museo Egipcio de Turín, procedente de una tumba del Imperio Nuevo.
La nave es el ingenio con el que el hombre domina un medio hostil, ya sea aéreo (aeronave) o acuático (barco o barca), es decir, dos de los elementos que le suponen una dificultad en sus desplazamientos a causa de su inadaptación física. La nave facilita, por lo tanto, la incursión vital en dos de los elementos –agua y aire–, lo que le permitirá desplazarse más rápido, establecer o practicar el comercio con otros pueblos y, casi como consecuencia de lo anterior, intercambiar cultura y conocimientos. No obstante, y especialmente el agua, tiene un peligro inherente expresamente acentuado en el episodio bíblico del arca de Noé, nave que finalmente fue medio de salvación y supervivencia. Aunque en contrapartida no debamos olvidarnos de la utilización de la nave con fines bélicos, una de las especialidades del humano.
Barca funeraria en uno de los capiteles de la galería porticada de la iglesia de San Ginés, en la localidad soriana de Rejas de San Esteban.
Dicho lo cual, y en lo que concierne al románico, la utilización de naves o barcas tiene siempre un sentido escatológico. Cuando el alma se separa del cuerpo, se ve abocada a realizar un recorrido por el mundo de ultratumba para encaminarse a su morada definitiva. Es bastante habitual que en muchas culturas ese recorrido sea acuático y se realice en una pequeña nave sobre la que se pueden ver varios pasajeros.
Por ejemplo, en el mundo clásico la barca de Caronte cruza la laguna Estigia con el alma del difunto para cruzar las puertas del Hades –según relata Virgilio en la Eneida–, guardadas por el can Cerbero con sus tres cabezas.
Fragmento de la escena del Juicio Final, obra de Miguel Ángel, en la Capilla Sixtina, donde un demonio evacúa a los condenados que transporta en su barca sin miramientos.
En la mitología griega el alma del difunto debe atravesar en barca el río Aqueronte, en el inframundo, y el río Lete, para llegar a los Campos Elíseos o al Tártaro, es decir, al paraíso o al infierno respectivamente.
En Egipto, tal vez inicio de la tradición escatológica fluvial, y particularmente en el Imperio Nuevo y especialmente en el “Libro de las Puertas”, se describe el periplo del faraón difunto en el “más allá”, donde tiene que traspasar doce puertas, asociadas a doce diosas de las cuales debe de conocer el nombre, pues de lo contrario sería arrojado a un lago de fuego donde sería destruido. El viaje se realiza en una barca solar en la que Ra va acompañado por Apuat (“el que abre los caminos”), Sía (“el que piensa”) y Hu (“el que ordena y dispone”). Cada puerta se corresponde con una hora nocturna y en la última Ra renace provocando la salida del sol con la forma del escarabajo Jepri.
Barca de Ra surcando el río subterráneo del inframundo en el sarcófago exterior de Hor, perteneciente a la XXV Dinastía y conservado en el Museo Egipcio de Turín.
En cualquier caso la nave, o barca, siempre es necesaria para la travesía por el mundo subterráneo, una nave escatológica que en Egipto, un país bañado por el Nilo, adquiere una importancia vital porque era imprescindible en la vida real, así que no es de extrañar que eso tuviera consecuencias simbólicas en las representaciones relacionadas con el mundo de ultratumba.
Capitel interior de la iglesia de Santa María en la localidad burgalesa de Siones, en el Valle Mena, con una representación de una barca transportando a tres personajes.
Por lo tanto, en relación con su reflejo iconográfico, no es difícil ver la barca ocupada por varios personajes (dioses, timoneles, remeros y pasajeros), según las distintas culturas, trasportando, sobre todo, las almas de los difuntos a su morada final, ya sea en lápidas funerarias, estelas, sarcófagos, ataúdes y un sinfín de pinturas murales o, en el caso del románico, en capiteles, relieves y miniaturas, todo ello fruto, a su vez, de su reflejo literario ya desde la antigüedad clásica.
La barca de Pedro en el lago de Genesaret en uno de los capiteles del claustro del monasterio de San Juan de la Peña (Jaca, Huesca).
No obstante lo dicho, también hay otros extraordinarios ejemplos de barcas en la iconografía románica como es el caso de la barca de Pedro en el lago Genesaret (Lucas 5, 3-6): «Subiendo (Jesús) a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra; y sentándose enseñaba desde la barca a la muchedumbre. Cuando acabó de hablar dijo a Simón, boga mar adentro y echad vuestras redes para pescar. Simón le respondió: Maestro hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada, pero como tú lo dices, echaré las redes. Y haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban con romperse…»
Pinturas murales del Panteón Real de la colegiata de San Isidoro de León, con la extraordinaria representación del anuncio del nacimiento de Dios a los pastores por parte del ángel del Señor.
La palabra “navidad” viene del latín “nativitas” (nacimiento). La Navidad con mayúsculas hace referencia en el cristianismo al nacimiento de Jesucristo. No hay ninguna certeza ni documento sobre la fecha exacta del nacimiento de Jesús aunque las especulaciones y cálculos son múltiples y variados. Lo cierto es que la fecha oficial del 25 de diciembre fijada para conmemorar este suceso es producto de una serie de circunstancias y acuerdos canónicos en los que las características de religión solar o celeste del cristianismo están en el fondo de la cuestión.
Es evidente que algunas de las estructuras teológicas de carácter solar del Imperio Romano fueron asumidas por el Cristianismo para facilitar el tránsito de los nuevos adeptos provenientes del mundo “pagano”. Pero el Cristianismo no podía aceptar como dioses los propios astros creados por Dios, como es el caso del sol, que había sido deificado y adorado por los romanos como “Sole Invictus”, y cuya fiesta conmemorativa de su nacimiento se celebraba el 25 de diciembre, precisamente el día en que la luz del sol comienza a ganar minutos a la oscuridad de la noche y empezaba a crecer, de modo es que el nacimiento de Cristo, para los cristianos verdadero “Sol Invicto”, fue trasladado oficialmente a ese día como “die natalis Christi”, aprovechando que la luz del astro comienza a vencer simbólicamente a las tinieblas (de la noche-pecado). La designación oficial de esta fecha por parte de la Iglesia (anteriormente se venía celebrando el 7 de enero, sobre todo en las iglesias ortodoxas) se produjo a mediados del siglo IV.
Una de las representaciones más completas del Nuevo Testamento en relación con la vida de Jesús y más concretamente con el Nacimiento, se encuentra en las arquivoltas del arco de la portada de la iglesia de Santo Domingo en la ciudad de Soria. Aquí se pueden ver las escenas del portal de Belén, el anuncio a los pastores y la matanza de los Inocentes en la arquivolta inferior.
El ciclo de la Navidad se representa en el románico en diversas escenas recogidas en el Nuevo Testamento. Son destacables la escena del “portal de Belén” con el “nacimiento” propiamente dicho, “el anuncio a los pastores” por parte del ángel del Señor,” el sueño de los Reyes Magos”, “la matanza de los Inocentes”, la huida a Egipto y en ocasiones “la presentación en el templo”.
En relación con el ciclo navideño las fuentes narrativas se circunscriben a los evangelios de Lucas y, de Mateo. En Lucas (2, 1-20) se rememora el edicto de César Augusto ordenando el empadronamiento a todo el mundo y cómo María y José tienen que desplazarse a Belén para cumplir el trámite. Y fue mientras estaban allí cuando María dio a luz a Jesús, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre porque no había alojamientos disponibles en el lugar.
Detalle del portal de Belén con los animales del pesebre arropando al Niño en la misma iglesia de Santo Domingo de Soria.
En esa misma comarca había unos pastores que cuidaban sus rebaños y los vigilaban por turnos durante la noche. Un ángel del Señor se les presentó y les anunció el nacimiento del Salvador y les informó del lugar donde se encontraba para que fueran a adorarle. Y entonces “una multitud del ejército celestial alababa a Dios diciendo: Gloria a Dios en las alturas y paz a los hombre en quienes él se complace”. Los pastores fueron hasta el lugar que les había indicado el ángel y adoraron al niño recién nacido.
Mateo (1, 18-25), en cambio, refiere los hechos desde el episodio de las dudas de José al ver a su mujer embarazada y su decisión de repudiarla. En un momento dado se le aparece en sueños un ángel del Señor y le informa sobre la causa del embarazo de María, obra del Espíritu Santo, con lo cual se deshace el malentendido y José cumple el mandato del emisario divino.
A continuación pasa de puntillas sobre el nacimiento de Jesús y narra el episodio de los Reyes Magos (2, 1-12), los cuales llegan a Jerusalén, guiados por la estrella, preguntando sobre el paradero del “Rey de los judíos que acababa de nacer”. Esto llegó a oídos del rey Herodes causándole una fuerte inquietud y preguntó, a su vez, a los sumos sacerdotes del templo sobre el lugar del nacimiento del pretendido Rey. Éstos le informaron que se había producido en Belén, como señalaban las escrituras: «Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres la menor entre los principales clanes de Judá, porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel».
La Adoración de los Reyes Magos en una de las arquivoltas de la iglesia de Santo Domingo de Soria.
Herodes llama a los Magos y les envía a Belén para indagar cuidadosamente sobre el recién nacido y comunicarle sobre su paradero con el fin de ir también a adorarle. Los Magos se fueron y, siguiendo a la estrella, llegaron a Belén donde encontraron al Mesías. Y abriendo sus cofres le ofrecieron oro, incienso y mirra, riquezas y perfumes de Arabia en las que los Padre de la Iglesia vieron simbolizados la Realeza (oro), la Divinidad (incienso) y la Pasión de Cristo (mirra). Luego fueron avisados de nuevo por un ángel de las aviesas intenciones de Herodes y se fueron a su lugar de procedencia por otro camino.
La huida a Egipto en el extremo derecho de la segunda arquivolta de la misma iglesia de Santo Domingo.
Y de nuevo el ángel del Señor se apareció a José para conminarle a coger a María y al niño y huir a Egipto porque Herodes pensaba matarle y no volver hasta que fuera avisado, aviso que se produjo a la muerte del jerarca.
Pero Herodes, viéndose burlado por los tres Magos, montó en cólera y dio orden de asesinar a todos los niños de dos años para abajo con el fin asegurar la eliminación del Rey de los judíos. (2,13-23)
La matanza de los Inocentes en una de las arquivoltas de la portada de la iglesia de Santo Domingo de Soria.
Muchos autores han visto en los personajes de los Reyes Magos la representación de las tres edades del hombre, aunque hay disparidad de opiniones en la asignación a cada uno de ellos de las distintas edades según los distintos artistas. Así por ejemplo, en el fresco de Navasa que se conserva en el museo de la catedral de Jaca, Gaspar representa la ancianidad, Melchor la madurez y Baltasar la juventud. En cambio en Santa María de Tahul Melchor es el anciano, Baltasar el hombre maduro y Gaspar el joven. Algo parecido sucede con el color del pelo de los magos. El pelo blanco representaría la ancianidad, el pelo negro a la madurez y el rubio a la juventud.
En cualquier caso la escena de la adoración de los tres Reyes Magos no es más que la simbólica representación de Cristo como dominador del tiempo (cronocrator) a través de las tres edades de los Magos de Oriente y de las cosas (las ofrendas que le hacen cada uno de ellos).
La Adoración de los Reyes Magos en el tímpano de la portada de la iglesia de la Asunción en la localidad burgalesa de Ahedo de Butrón.
Algunos autores también han querido ver, en el rey negro, el interés de los artistas en subrayar la importancia del nacimiento de Cristo por el simple hecho de que vengan a adorarle a su cuna desde los confines más remotos del mundo conocido, lo cual queda patente por la presencia del rey negro, un color de piel no habitual en aquellos tiempos y en aquella zona tan alejada del sur de África donde era habitual. Tampoco debe de extrañarnos el origen de esta escena proveniente de Egipto, ya que es habitual en los relieves de las fachadas de muchos templos ver como una serie de personajes reales rinden pleitesía a Horus niño al que su madre sostiene sobre sus rodillas. Lo cual también es un antecedente iconográfico de la habitual imagen de la Virgen con el Niño.
Capitel del pórtico de la iglesia de la localidad soriana de San Esteban de Gormaz con una nereida de doble cola.
Es necesario aclarar, de entrada, que el nombre de «sirena», que todos asociamos con el híbrido compuesto por cabeza y tronco de mujer con cola de pez, es en realidad la “nereida”, objeto de este epígrafe. La sirena es otro animal fabuloso perfectamente descrito y con origen distinto. Es a partir de finales del siglo VII y principios del VIII, en el «Liber Monstruorum», cuando la descripción de la «nereida» se refleja con el nombre de «sirena». Parte de la confusión puede estar en que ambos híbridos son marinos, aunque hay más razones, pues la relación de las nereidas, oceánidas y náyades con el elemento agua era importante en el mundo clásico –ya que eran las diosas de las aguas, sus guardianas–, elemento básico en los rituales de purificación de todas las culturas anteriores, incluido el mundo clásico.
El problema es que el agua era básicamente telúrico y hasta entonces solo asociado con diosas, y en el cristianismo, como religión solar (dioses masculinos), el elemento femenino no encajaba. Pero el agua era imprescindible para los ritos de purificación que tuvo que adoptar para poder ampliar el número de adeptos provenientes de otras religiones. En consecuencia las nereidas, diosas protectoras de las aguas, pasaron a ser elementos paganos rechazables y asimilados a monstruos de su misma especie, es decir, acuáticos, como también lo eran las sirenas-aves. El agua cristiana se limpiaba así de seres indeseables y se convertía en agua bautismal, aunque los rituales por inmersión eran los mismos de siempre, como se demuestra, por ejemplo, en la iglesia visigótica de San Juan, en Venta de Baños (Palencia).
Hijas de Nereo y Doris, protectoras de los mares, al principio se las representaba como jóvenes mujeres casi siempre rodeadas de delfines, caballos marinos y tritones, deidades masculinas éstas últimas, mitad hombre, mitad pez, de quienes finalmente terminaron adoptando la cola. Vivían en el fondo del mar pero acostumbraban a subir a la superficie para auxiliar a los marineros en peligro, actividad digna de alabanza que luego el cristianismo, como vimos, cambió de signo, es decir, pasaron de salvar del peligro a crearlo.
Nereidas de doble cola en el capitel derecho de la ventana absidal de la iglesia parroquial de la villa segoviana de Perorrubio.
En cualquier caso su procedencia es el mundo oriental y la mitología grecorromana. Eran cincuenta y estaban englobadas en el grupo de las “ninfas”, al que pertenecían las “oceánidas” -que habitaban el océano libre-, las “nereidas” -que vivían en los mares interiores- y las “náyades” -que habitaban en los ríos-. A las primeras se las representaba como jóvenes desnudas muy bellas y con largas cabelleras y las últimas como jóvenes semidesnudas apoyadas sobre un cántaro que derrama agua, en alusión al nacimiento de ríos y manantiales.
Posteriormente encontraremos, en las mitologías germánicas y escandinavas, directamente emparentadas con las “nereidas” -iconográficamente hablando-, a las “ondinas”, las cuales representan un peligro mucho más directo y objetivo. También son ninfas de las aguas, aunque claramente aviesas y nefastas, pues suelen ofrecerse a los viajeros como guías en los cursos de agua, pantanos brumosos e incluso bosques y siempre terminan extraviando y ahogando a sus víctimas. Normalmente arrastran a los incautos al fondo de las aguas para encerrarlos en sus palacios de cristal, donde los años se convierten en horas; y allí, locamente enamorados de sus encantos, sucumben consumidos entre sus brazos. Simbolizan los peligros del amor y la seducción en la que uno se deja envolver sin control. La diferencia con nereidas y sirenas es que las ondinas no utilizan su melodiosa voz como instrumento de engaño, sino sus atributos femeninos.
Nereida de doble cola en un capitel del pórtico de la ermita de Nuestra Señora de las Vegas, en las inmediaciones de la villa segoviana de La Velilla (Pedraza).
La nereida comienza a representarse en el mundo cristiano a comienzos del siglo IX en Italia y desde allí se extendió con fuerza por toda Europa.
En bastantes ocasiones se la ve sujetando un pez en la mano, tal vez simbolizando a una de sus víctimas; o con un peine y un espejo símbolos de la fatuidad y, en otras muchas ocasiones, con una cola doble que suele sujetar con sus manos en una actitud provocativa, aunque tal postura también la debemos achacar al «horror vacui», o necesidad casi imperiosa de llenar toda la superficie disponible para tallar. En cualquier caso, este patrón iconográfico tiene origen en las culturas sasánidas, de donde también parten las leyendas que tienen como protagonista al híbrido, las cuales, modificadas y adaptadas, recalaron en las mitologías europeas.
El «Fisiólogo» habla de las sirenas como aves aunque en su descripción apunta que «su parte superior hasta el ombligo presenta forma humana» que en realidad es la de la nereida, pues la sirena tan solo tiene de humano la cabeza. En todo caso, añade que «son animales marinos mortíferos que atraen con sus voces».
Bestiario de San Petersburgo con una representación confusa de tres nereidas con atributos añadidos de sirenas.
San Isidoro las incluye en sus «Etimologías» y distingue entre sirenas-ave y sirenas-pez, coincidencia parcial de nombres que termina por confundir, a pesar de los matices, a los ilustradores que, en alguna ocasión, como en el Bestiario Morgan o en el de San Petersburgo, hacen una mezcla de cabeza y torso femenino con cola de pez y patas y alas de ave. Tal confusión también debe sumarse a las ya mencionadas.
Algunos bestiarios citan al Fisiólogo casi al pie de la letra y añaden que «su canto es tan dulce y armonioso que hechizan con su melodiosa voz a los hombres que navegan a lo lejos, atrayendo sus naves para sumir en el sueño a los marineros y despedazar luego sus cuerpos»
Capitel interior de la cabecera de la iglesia de San Segundo, en la ciudad de Ávila.
Otros textos apuntan que, en realidad, estos monstruos eran meretrices que habían arrastrado a sus amantes a la indigencia, como en el caso ya visto de las lobas. Y continúan recordando que «desde la cabeza hasta el ombligo son mujeres pero desde ahí para abajo tienen figura de pez»
Todos los bestiarios acaban con un colofón moralizante, recordando que las víctimas de las sirenas (nereidas) son los incautos que «se deleitan con los placeres concupiscentes y lujuriosos del mundo, y quienes se dejan seducir por los actores, comediantes y músicos. Se van sumiendo en un profundo sueño en el que pierden toda su energía y se convierten en víctimas de sus enemigos».
La Virgen con el Niño en una pintura mural del presbiterio de la iglesia de San Pedro de Sorpe en la localidad de Sorpe (Lérida).
La emisión de luz es símbolo que define a las divinidades solares y, por lógica, ilumina a los que se ponen en contacto con ella, sobre todo a los que lo hacen desde posiciones de privilegio, ya sea por su status social, religioso, político o, incluso, mitológico (emperadores, héroes, semidioses santos, apóstoles, profetas, etc.) y les dota de un brillo irradiante y luminoso.
Relieve de «la duda de Santo Tomás», obra del siglo XI situada en la galería occidental (pilar del ángulo noroeste) del claustro inferior de la real abadía de Santo Domingo en la localidad burgalesa de Silos. Se aprecian los nimbos de los apóstoles con el nombre de cada uno inscrito en el borde.
La iconografía universal, religiosa o no, está plagada de ejemplos donde se puede constatar el uso de este simbólico grafismo que, normalmente, consiste en un círculo en el que se inscribe la cabeza del personaje señalado por la iluminación divina. Por ejemplo en la Eneida de Virgilio (libro I, 586-590), cuando Ecates…
«…Hablaba todavía y de repente se desgarra la nube
tendida en torno a ellos y se funde en el aire trasparente.
Quedó Eneas erguido –deslumbraba en la viva claridad–
semejante en la cara y en los hombros a un dios. Pues su madre le había
inhalado un efluvio de gracia en sus cabellos y la lumbre púrpura
de lozana juventud y un vislumbre de gozo en su mirada».
Moneda romana con la efigie del emperador Marco Aurelio Carino (283 – 285 d. C.) en la colección del Museo Romano de Mérida.
O como sucede en muchas monedas romanas con la efigie de algunos emperadores con su cabeza inscrita en un círculo –a veces delimitado por un texto–, por no hablar de la legión de personajes ya mencionados tanto del cristianismo como de otras muchas religiones de carácter solar.
El grafismo circular del nimbo ya se usaba en la India, aunque al cristianismo llega desde la cultura grecolatina y Bizancio, donde normalmente se suelen utilizar los colores amarillo o dorado y el blanco para describir simbólicamente la luz, sin menoscabo de otras posibilidades cromáticas, incluso la transparencia, algo que se observa en algunas imágenes tradicionales de Buda donde el nimbo aparece reducido a un círculo ligeramente velado a través del cual se vislumbra el paisaje del fondo.
Detalle de la pintura de un altar (s. XII) procedente de una iglesia del obispado de Urgel (Cataluña). El nimbo de Cristo se adorna con la cruz.
También en ocasiones la representación del halo se reduce a un simple anillo perfilado por una simple línea dorada que rodea la cabeza del personaje y, en ocasiones, sobre todo cuando se trata de la cabeza de Cristo, adornado con una cruz o con líneas radiantes.
Rebaño de ovejas al atardecer en los campos de la localidad soriana de Torrubia de Soria.
Podríamos decir que la actividad humana relacionada con la supervivencia de la especie –fin último de toda actividad, sobre todo en tiempos de precariedad–, se desarrolla física y conceptualmente en el ámbito de dos sistemas relacionados directamente con las características climáticas y geográficas en las que habitan los distintos colectivos humanos.
Cuando la orografía y la meteorología no facilitan el desarrollo de la agricultura –en regiones frías y con escasa ayuda del sol–, el primer recurso de supervivencia es la ganadería, lo cual implica casi necesariamente, al menos en los comienzos, la búsqueda constante de pastos para alimentar a los animales lo que, a su vez, conlleva el constante movimiento de los pastores y la falta de habitación permanente, dejándose ésta a la providencia de refugios naturales o habitáculos provisionales y transportables como por ejemplo “jaimas”, protector invento de los hebreos durante su estancia por el desierto.
Adán y Eva comiendo el fruto prohibido en uno de los canecillos de la fachada oeste de la iglesia de la abadía de San Quirce, en la localidad burgalesa de Hontoria de la Cantera.
Este tipo de sociedades nómadas se rigen por patriarcados y sus dioses son masculinos y de características solares. Son trashumantes y cuidan su medio de subsistencia, sus rebaños, en vastos territorios por los que se desplazan en busca de pastos. Es el caso de los indoeuropeos y, para lo que nos interesa, también del pueblo hebreo, cuyo dios, Yahveh, cumple todos los requisitos incluido el de ser el único verdadero como todos los demás dioses. Es interesante saber que el término “hebreo” viene del egipcio “apiru”, que significa “pies en movimiento”, lo que define muy bien una de las características del nomadismo.
Caín en otro de los canecillos de la abadía de San Quirce. Lleva en sus manos una gavilla de espigas como ofrenda a Yahveh.
Por el contrario, las comunidades favorecidas por los beneficios que aporta el sol –luz y calor– en toda el área mediterránea, disfrutan del astro rey con abundancia, lo cual les aleja de preocupaciones a causa de su ausencia o, lo que es lo mismo, nadie echa en falta algo que tiene siempre a mano, razón por la cual estas sociedades no tienen dioses con características solares, no tienen necesidad de dirigir sus plegarias o sus ofrendas rituales al sol. Son sociedades regidas por matriarcados y diosas femeninas como la Madre Tierra entre otras.
En la misma abadía de San Quirce, junto al anterior canecillo como corresponde a la narración del Génesis, Abel entrega a Yahveh un cordero. La mano divina señala la ofrenda preferida apuntando directamente sobre la cabeza del animal.
Adán y Eva recorren a sus anchas el territorio que les ha sido entregado por la divinidad, pero cuando cometen el famoso y mítico primer pecado, son expulsados del paraíso y condenados a trabajar y sobrevivir de los frutos de la tierra, como se dice en el Génesis (3, 17-19): «Por haber comido del árbol del que yo te había prohibido comer, maldito sea el suelo por tu causa: Con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida. Espinas y cardos te producirá, y comerás hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo tornarás». Lo que viene a ser “recolectar plantas” y por lo tanto el castigo consiste en vivir de la agricultura. A Eva, el elemento femenino de la trama, se la tiene por inductora del pecado desde el primer minuto de su existencia y, por lo tanto, quedará marcada para siempre como la parte mala de la sociedad.
Caín y Abel realizan sus ofrendas respectivas a Yahveh sobre un altar cubierto con un paño, Abel va vestido con una túnica mientras Caín lleva ropa basta y degradada, detalles que establecen las diferencias morales de cada uno de ellos. Incluso Abel tiene sus rasgos perfectamente conservados mientras Caín muestras huellas de agresión, y no meteorológica precisamente. Desgraciadamente también puede observarse esta «damnatio memoriae» en San Quirce y en otros muchos lugares.
Los descendientes de la pareja original, Caín y Abel, serán los encargados de explicar con sus vidas las preferencias de Yahveh sobre estos dos modos primarios de supervivencia: el “nomadismo/ganadería” y el “sedentarismo/agricultura”.
Como sigue narrando el Génesis (4, 2-5): «Fue Abel pastor de ovejas y Caín labrador. Pasó algún tiempo y Caín hizo a Yahveh una ofrenda de los frutos del suelo. También Abel hizo una ofrenda de los primogénitos de su rebaño y de la grasa de los mismos. Yahveh miró propicio a Abel y su ofrenda, más no miró propicio a Caín y su oblación, por lo cual se irritó Caín en gran manera y se abatió su rostro.
La misma escena de las ofrendas de Caín y Abel en uno de los capiteles interiores de la iglesia de la abadía de San Quirce. En este caso también la «dextera domini» señala a Abel como el elegido.
Hay opiniones sobre si la elección de Yahveh por la ofrenda de Abel se debía no solo a que ésta había sido elegida con el máximo cuidado, y por lo tanto era mejor que la de Caín, sino también porque éste había elegido los frutos de la tierra sin demasiada diligencia, o se había guardado para sí los mejores. Pero lo cierto es que el pasaje bíblico no permite dudar acerca de las preferencias de Yahveh directamente relacionadas con el modo de vida que, no por casualidad, se describe en el Génesis y que muestran que la divinidad solar se decanta por la actividad nómada y pastoril como modo de vida propio de las sociedades patriarcales, como en el caso del pueblo hebreo, y rehúye y paganiza las sociedades matriarcales de carácter telúrico y con divinidades femeninas.
Relieve de la Ascensión en el pilar del ángulo sudeste del lado sur de claustro bajo del monasterio de Santo Domingo de Silos. Jesucristo está ya casi oculto por las nubes. Dos ángeles se encargan de completar la operación cogiéndolas como si de un paño se tratara.
Dentro del patrón iconográfico habitual para visualizar la presencia de la divinidad desde un punto de vista simbólico y espacial, se suele representar una nube, normalmente en forma de líneas ondulantes paralelas, casi el mismo grafismo que para el agua.
La presencia de una nube, de la que habitualmente surge la “dextera Domini”, alude directamente a un nivel superior de carácter celeste, es decir, a la morada de una divinidad solar. Las nubes siempre están por encima de las cabezas –salvo en el caso de la envolvente niebla–, de la misma manera que la referida morada de Yahveh. La nube, por lo tanto, marca un estratificado nivel jerárquico en la disposición de los distintos elementos de la escena, y al mismo tiempo oculta a la mirada lo que el creyente debe conocer a través de la fe.
Relieve de Pentecostés, también en el claustro del Monasterio de Santo Domingo de Silos, concretamente en el pilar sudeste del claustro bajo en el lado este. La «dextera Domini» asoma entre las nubes y dos ángeles.
Detrás de este metafórico símbolo teofánico no deja de estar presente, aunque sea tímidamente, un residuo de aniconismo que impide la representación figurativa de la divinidad en muchas religiones para evitar precisamente el pecado de idolatría.
Yahveh se manifiesta en forma de nube en Israel cuando el pueblo elegido acampa en Etam, al borde del desierto (Éxodo 13, 21): «Yahveh iba al frente de ellos, de día en forma de nube para guiarlos por el camino, y de noche en forma de columna de fuego para alumbrarlos, y no se apartó de ellos ni de día ni de noche»… Y de nuevo (Ex. 19, 16-18) «…Al tercer día, al rayar el alba, hubo truenos y relámpagos y una densa nube sobre el monte y un poderoso resonar de trompeta. Todo el monte Sinaí humeaba, porque Yahveh había descendido sobre él en el fuego. Subía el humo como de un horno y todo el monte retemblaba con violencia»; o en el Libro I de los Reyes, cuando Yahveh toma posesión del templo (Ex 8, 12): «Al salir los sacerdotes del Santo, la nube llenó la casa de Yahveh. Y los sacerdotes no pudieron continuar en el servicio a causa de la nube porque la gloria de Yahveh llenaba la Casa de Yahveh. Entonces Salomón dijo: Yahveh quiere habitar en densa nube. Ha querido exigirte una morada, un lugar donde habitar para siempre».
Ilustración de la Biblia Legionensis conservada en la Real Colegiata de San Isidoro de León. Yahveh entrega las tablas de la ley a Moisés sobre la zarza ardiendo y en compañía de las nubes.
En el evangelio según san Mateo (24, 30), cuando se narra la venida escatológica adornada de tinieblas (luna apagada y precipitación de estrellas), «aparecerá en el cielo la señal del Hijo del Hombre; y entonces se golpearán el pecho todas las razas de la tierra y verán al Hijo del Hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria».
Detalle del relieve del tímpano del monasterio de Santa Fé de Conques con la escena del juicio final. En la imagen los ángeles aparecen entre nubes.
Pero antes, en los Hechos de los Apóstoles (1, 9-11), donde se relata el episodio de la Ascensión de Jesús, y para ordenar la cronología con una cierta lógica, el Mesías debe desaparecer en lo alto: «Y dicho esto, fue levantado en presencia de ellos y una nube le ocultó a sus ojos. Estando ellos mirando fijamente al cielo mientras se iba, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco que les dijeron: “Galileos, ¿Qué hacéis ahí mirando al cielo? Éste que os ha sido llevado, éste mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo».
Por otra parte la nube puede ser entendida en otras culturas no solo como manifestación de teofanías, sino como la aparición velada de Allah, por ejemplo, en el Islám, que envuelve protectora a la divinidad y al tiempo protege a los humanos que perderían la visión por el excesivo fulgor de la revelación física de la divinidad.
En la tradición china la nube representa la disolución sacrificial que debe trasformar al iluminado para trascender y alcanzar la eternidad, es la metamorfosis cambiante como la propia forma sugerente e indefinida de los contornos de la nube que cambian constantemente. Así mismo, en el orfismo, la nube es asociada con todo lo relacionado con el símbolo del agua y por lo tanto de la fecundidad, pero dentro ya de los sistemas más cercanos a lo telúrico.
Capitel de la portada de la iglesia de Santa María de Agramunt (Urgel, Cataluña). Un laberinto de lazos aprisiona a varios personajes y animales.
Básicamente el nudo representa la consolidación de una propiedad. El nudo ata dos cabos de una soga que delimita el objeto y lo asocia a otro objeto o sujeto. Las posibilidades simbólicas y conceptuales del nudo no solo son amplias y matizables en su naturaleza (dependiendo de si los objetos anudados son de naturaleza física o espiritual) sino que además son utilizados por todas las culturas y religiones.
El nudo representa también un compromiso que se adquiere al sellar un pacto, ya sea material, como por ejemplo un pacto de carácter mercantil; o espiritual, que sería el caso de la manifestación del compromiso de fidelidad de un adepto religioso con respecto a sus creencias o a sus dioses; o incluso un contrato afectivo, como sería el caso de una pareja que se une por medio de un contrato matrimonial ante testigos, aunque este último caso de nudo, o enlace matrimonial, no siempre se ha llevado a término por causas de afecto, sino también, y sobre todo, por motivos económicos y patrimoniales.
Varios demonios atan con cuerdas a los pecadores en el cimacio de la portada de la iglesia de San Salvador en Cifuentes (Guadalajara).
Integrado en la propia definición del nudo se encuentra también el concepto de atadura, servidumbre y en ocasiones la pérdida de la libertad, ya sea propia o ajena, física o espiritual: Se ata al reo (trasgresor o pecador) y se le encierra entre rejas o se le condena al fuego eterno. En el plano espiritual, y en el románico en particular, se pueden contemplar infinidad de escenas, como por ejemplo el de las figuras simiescas o distorsionadas atadas con una soga o lazo anudado al cuello, que vienen a simbolizar a los pecadores prisioneros del pecado y ya en manos del demonio.
Detalle de la escena del «Juicio Final» en el tímpano de la abadía de Santa Fe de Conques. Los demonios atan con una soga el cuello del condenado.
No obstante el nudo que aprisiona al pecador y le ata a la servidumbre de sus vicios puede ser desanudado, siempre que no sea condenado al infierno. Para ello el estamento clerical pone a disposición del reo diversas soluciones, entre las que se encuentra la absolución o disolución del nudo por medio del sacramento de la penitencia que conlleva la confesión o reconocimiento de la acción como mala o negativa y gravosa para la vida espiritual, y la aceptación sin condiciones de la penitencia, que viene a ser como el detergente que hace desaparecer la mancha. Todo ello previo pago de su importe, históricamente a veces incluido en la propia penitencia, como se puede ver en los libros penitenciales excepcionalmente, porque normalmente no se suelen establecer precios fijos por los “servicios”, algo que se deja siempre a la “buena voluntad” del consumidor –y confiando en su generosidad–, sobre el que siempre se cierne amenazante la sombra de la divinidad que todo lo ve y a la que no se le escapa detalle. Todo está atado sutilmente, poder que comparte generosamente dicha divinidad con el gremio sacerdotal cuando Jesús le dice al apóstol Pedro (Mateo 16, 19-20) «A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».
Detalle del sarcófago exterior de la tumba de Tutankhamón conservado en el Museo Egipcio de El Cairo. Dos «nudos de Isis» entre dos pilares «dyed».
Hay otro nudo, en este caso en la cultura egipcia, casi de signo contrario. Se trata del nudo de Isis o “tjet”, también conocido como “la sangre de Isis”, el cual terminó siendo un amuleto protector de vida y bienestar. En la fascinante mitología egipcia se narra cómo Set asesina a su hermano Osiris, lo descuartiza y dispersa sus restos por la amplia geografía del país del Nilo para asegurar su destrucción total. Pero Isis, esposa de Osiris, consigue reunir uno a uno sus restos y en un acto mágico devuelve la vida a su esposo anudando con el ceñidor de su vestido los distintos miembros y órganos del dios. Hay opiniones tanto a favor como en contra del significado simbólico del “tjet”, pero es innegable el espíritu de la leyenda relacionado con la acción de atar o fijar la vida al cuerpo sustraído a la muerte y rescatado del mundo de ultratumba.
El libro de los muertos, en su capítulo 156, y refiriéndose al amuleto: «Posee su sangre, Isis, posee su poder, Isis, posee su magia, Isis. El amuleto es una barrera de protección para este único gran ser que expulsará a cualquiera que pudiera realizar un acto contra él». Este amuleto se colocaba sobre el pecho de la momia.
Detalle de uno de los frescos rescatados del palacio de Cnosos y actualmente conservado en el Museo Arqueológico de Heraclión, en Creta. El personaje femenino es conocido como «la Parisina», sacerdotisa de la diosa, y lleva el pelo recogido con el nudo ritual.
Algo parecido a lo que sucedía en Creta con el “nudo sagrado” de la diosa que era utilizado por las sacerdotisas en todas las ceremonias y rituales que, a su vez, estaba relacionado con el de la diosa Inana de Summer.
El hombre es un microcosmos cuantificable frente al que se encuentra el macrocosmos, es decir, el universo. Se trata de una analogía entre los cuatro elementos y su interacción con los signos del Zodíaco con profundas raíces culturales que llegan al Medievo desde el mundo árabe. La miniatura pertenece a un códice que se conserva en el Museo Turco e Islámico de Estambul.
Todo es cuantificable o medible en tanto en cuanto no es eterno, ilimitado o infinito. Todas las cosas tienen un límite prefijado por la materia prima y la forma sustancial. Esta realidad matemática y objetiva siempre dio lugar a establecer o buscar el conocimiento ontológico de los seres vivos o inertes en el número y en la medida, lo cual dio lugar a establecer una relación simbólica, más allá de los límites de la realidad, entre el número y la entidad de las cosas, de tal manera que siempre se le dio al número un carácter casi mágico en la definición objetual y metafísica de todo lo que rodea al ser humano, ya esté relacionado con lo material o lo espiritual.
En todas las culturas la interpretación de las cosas a través del número ha sido considerada en mayor o menor medida como el acceso al conocimiento de máximo nivel. Todo está dispuesto según el número desde el principio, como dijo Pitágoras, y por lo tanto puede deducirse que todas las relaciones armónicas entre lo material (el mundo creado), y lo espiritual (la divinidad), están reguladas por el número, de lo que deduce que no se pueden considerar los números como simples expresiones matemáticas, sino como esencia implícita de las cosas creadas en las que la unidad está en ellas de forma omnímoda, lo mismo que la divinidad representada por el “uno”.
La Torre de los Vientos en Atenas, bajo la Acrópolis. En la parte superior la representación de los ocho vientos que marcan, a su vez, ocho direcciones.
Todo lo cual quiere decir que el número encierra una potencia absoluta de carácter cósmico y universal. De estas creencias más arriba consignadas hay ejemplos en todas las culturas y religiones. Ello ha llevado casi siempre a considerar el número como algo mágico, místico o esotérico de forma a veces un tanto exagerada o desproporcionada y por lo tanto, según las distintas creencias y culturas, no es difícil encontrar contradicciones interpretativas por doquier habida cuenta del exceso de sacerdotes de lo oculto que siempre han buscado tres pies al gato, en gran parte para hacerse respetar a costa de pretendidos conocimientos iniciáticos.
En la Biblia, y más concretamente en el Apocalipsis (21, 15) dice Juan: «El que hablaba conmigo tenía una caña de medir de oro para medir la ciudad –la Jerusalén Celestial–, sus puertas y sus murallas. La ciudad es un cuadrado, su largura es igual a su anchura. Midió la ciudad con la caña y tenía doce mil estadios. Su largura y altura eran iguales. Midió luego su muralla y tenía 144 codos, con medida humana, que no era la del ángel. El material de esta muralla es jaspe y la ciudad es de oro puro semejante al vidrio puro». Luego continúa enumerando los elementos arquitectónicos que consisten en doce asientos de muralla, cada uno de ellos fabricado en materiales preciosos, y 12 puertas «que son 12 perlas cada una, de una sola pieza». Ya nos encontramos aquí con el número 12 que domina la descripción de la Jerusalén Celestial, con su muralla de 144 codos (12 x 12), un número que sirve ya para definir la perfección física y conceptualmente y que tiene antecedente en las doce tribus de Israel, los doce apóstoles y todos los números múltiplos, como los veinticuatro ancianos que rodean el trono del Cordero. Número que encontraremos en el románico con profusión en forma de figuras y objetos geométricos decorativos tallados o pintados en los templos y en los libros. Hay una extensa expresión de contenido simbólico en cada número:
Uno
Representa la unidad, el principio, el centro cósmico del que emana la creación, es decir, la divinidad, el comienzo (alfa) y el final (omega) de todas las cosas.
Dos
Adán y Eva, la mítica pareja con la que se inicia la Biblia, en una de las miniaturas de la Biblia Legionensis conservada en la colegiata de San Isidoro de León.
Es la dualidad, la doble naturaleza, positiva y negativa, de las cosas, la moneda de dos caras, el día y la noche, lo material y lo espiritual, lo positivo y lo negativo, el vicio y la virtud. Sin embargo, a pesar de estas ambivalencias, es origen de la vida en tanto que la unión del hombre y la mujer generan a un nuevo ser, algo que no pasó desapercibido en las culturas orientales en general, que consideraban que la fusión de la pareja se acercaba a la unidad, es decir, a la divinidad, por lo que la actividad sexual estaba considerada como algo positivo y místico, al contrario que en las culturas occidentales, y en particular la cristiana, que disponía de una importante casuística, cuantitativamente hablando, para anatematizar y condenar dichas prácticas carnales como algo negativo, lo cual convenía mucho al estamento clerical, en gran medida porque el control del sexo le reportaba grandes beneficios materiales, a pesar de los enormes perjuicios psicológico causados a los creyentes que no podían disponer de su cuerpo con libertad.
Tres
Se trata de un número importante en casi todas las culturas. En tanto es la suma del uno (la divinidad) y el dos (entre otras cosas la pareja humana), establece un eslabón entre ambas entidades y le confiera la idea de “perfección” y orden cósmico (la divinidad, el hombre y la tierra). Por otro lado, el sistema trinitario en la configuración de la divinidad hace alusión a la familia como célula primordial de supervivencia, ya sea espiritual o material.
Estela funeraria conservada en el Museo Egipcio de Turín con Isis, Osiris y Horus.
En Egipto los dioses se organizaban en tríadas familiares (padre, madre e hijo) que variaban según los distintos territorios o áreas administrativas. Una de las más conocidas es la de Isis, Osiris y Horus. El resto de las tríadas egipcias son variantes de la primitiva.
En el cristianismo esta tradición trinitaria de la divinidad cristaliza en una nueva familia, pero en este caso férreamente marcada por el sistema patriarcal de las religiones celestes. Aquí, por lo tanto, se excluye al elemento femenino y el resultado, tan curioso como antinatural es Padre, Hijo y Espíritu Santo, representado éste último por un ave de la familia de las columbiformes, suponemos que del género masculino, naturalmente, la famosa paloma que simboliza la extraña “unión espiritual” entre el Padre y el Hijo. La Madre queda excluida de la célula divina taxativamente. La cuestión es que como el mundo hebreo había convivido durante más de cuatrocientos años con las tríadas egipcias era muy complicado prescindir de esta estructura teofánica. No obstante, y por esta razón, para no violentar las costumbres culturales ya muy asentadas en el momento del pretendido “éxodo”, no hubo más remedio que incluir al elemento femenino de alguna manera, y para ello se eligió el papel de “Madre de Dios”. No era una diosa, sino simplemente la persona mortal que el Padre elige para encarnar al Hijo en la tierra, eso sí, después de haberla exonerado de la carga del pecaminoso sexo y haciéndole concebir por “obra y gracia del Espíritu Santo”, un humilde palomo con poderes similares a los del halcón (Horus) que infundió vida al cadáver de Osiris y que no era otra cosa que el aliento vital de la diosa Isis. Hay muchos paralelismos y coincidencias entre el mundo egipcio y el hebreo, y este es uno de ellos.
Cuatro
(Ver Cuaternario). En correspondencia con su representación gráfica el cuadrado, polígono equilátero, simboliza la tierra y todo lo terrestre, como ya vimos: Los cuatro puntos cardinales que configuran un territorio, los cuatro elementos que componen lo material, los cuatro ríos del paraíso, las cuatro estaciones del año, etc.
Cinco
Es un número relacionado con la configuración del ser vivo como entidad vital: Cuatro extremidades a las que habría que añadir la cabeza a todo lo que se mueve por la tierra, naturalmente desde un punto de vista genérico del que habría que excluir a los ciempiés, a las arañas y a otro sin fin de excepciones. Digamos que el cinco define la estructura humana en la que se incluyen, además de los cuatro miembros más la cabeza, los cinco sentidos tradicionales.
Seis
Miniatura del Beato de Fernando y Sancha (Apoc. 13, 11-17) en el que describe a la Bestia que sube de la tierra.
Se trata de una cifra relacionada con el mal. En el Apocalipsis (13, 17-18) se dice: «Que el inteligente calcule la cifra de la Bestia, pues es la cifra de un hombre. Su cifra es el 666». Aclaremos que tanto en griego como en hebreo, cada letra del alfabeto tiene un número que se corresponde con su posición. Por lo tanto la cifra de un nombre es la correspondencia del conjunto de sus letras, lo cual quiere decir que el 666 corresponde a César Nerón en el alfabeto hebreo, es decir, referencia directa al poder del Estado. Esto en lo que se refiere al ámbito de lo cristiano, porque en otras culturas camina en dirección contraria o divergente.
Siete
Miniatura del Beato de Fernando y Sancha (Apoc. 13, 1-18) con la adoración de la Bestia de las siete cabezas.
Es tenido por un número perfecto. Deviene de la suma del tres y el cuatro, lo cual implica una relación directa entre el creador y lo creado. Siete son los días de la creación, las siete esferas celestes, los siete órdenes planetarios y los siete días de cada período lunar, sin olvidarnos de los siete días de la semana.
En la Biblia encontraremos la “menorah”, el candelabro de los siete brazos que hace referencia a las siete ramas de la zarza ardiendo del monte Sinaí donde Yahveh entregó las tablas de la ley a Moisés.
En el libro de Josué (6, 3-5) Yahveh le da instrucciones para tomar Jericó: «…todos los hombres de guerra rodead la ciudad dando una vuelta alrededor. Así harás durante seis días. Siete sacerdotes llevarán siete trompetas de cuerno de carnero delante del arca. El séptimo día daréis la vuelta a la ciudad siete veces y los sacerdotes tocarán las trompetas. Cuando el cuerno del carnero suene, cuando oigáis la voz de la trompeta, todo el pueblo prorrumpirá en un gran clamoreo y el muro de la ciudad se vendrá abajo…».
Salomón construye el templo de Jerusalén en siete años. En el Apocalipsis se podría considerar al siete como el símbolo de la totalidad: Hay siete iglesias, siete sellos a romper, siete trompetas a sonar, siete copas a derramar, siete truenos, siete plagas, siete reyes. Un número redondo y universal pues tiene incidencia en todas las culturas, desde Sumeria hasta la cultura islámica, y lo mismo en toda Asia y en las culturas precolombinas de América.
Ocho
Cúpula de la iglesia románica de San Martín de Tours en la localidad palentina de Frómista.
También es número universal. En el cristianismo simboliza la unión de la divinidad con lo terrestre. Lo veremos reflejado, desde un punto de vista arquitectónico, en el octógono sobre el que descansa la cúpula del templo (símbolo de la morada celeste) que, a su vez, descansa sobre el cuadrado de la planta del crucero.
Representa también el equilibrio cósmico, la rosa de los vientos que son los cuatro puntos cardinales y los cuatro rumbos laterales, rosa de la que ya daba cuenta Plinio el Viejo.
Doce
Apostolado sobre la portada de la iglesia de San Juan Bautista en la localidad palentina de Moarves de Ojeda.
Otro de los números con gran incidencia en la iconografía cristiana es el doce. Baste recordar los doce signos del zodíaco, los doce meses del año, los doce apóstoles y los veinticuatro ancianos del Apocalipsis (12+12) que rodean el trono del Cordero, las doce puertas de la Jerusalén Celestial en cada una de las cuales está inscrito el nombre de las doce tribus de Israel, todo ello mencionado más arriba.